Hay películas que no envejecen. Cambian los televisores, desaparecen los videoclubes, los VHS terminan en alguna caja olvidada del altillo, pero cuando aparecen otra vez en la pantalla, uno vuelve a sentir exactamente lo mismo. Nazareno Cruz y el Lobo es una de esas joyas. Y si Leonardo Favio fue el mago que convirtió una leyenda popular en una obra inmortal, Marina Magalí fue el rostro que le puso belleza, inocencia y misterio a aquella historia que marcó a millones de argentinos.
Esta semana se conoció la noticia de su muerte, a los 68 años. La confirmó la Asociación Argentina de Actores y Actrices. Y de golpe, como suele pasar con las grandes figuras que eligieron el silencio, la memoria colectiva empezó a hacer lo suyo. Porque hay nombres que quizás las nuevas generaciones no registren de inmediato, pero alcanza con decir Griselda para que a más de uno se le venga a la cabeza aquella rubia de cuento que enamoró a Nazareno… y también al público.
Las vueltas de la vida son caprichosas. Marina Andrea Accoroni, su verdadero nombre, ni siquiera soñaba con ser actriz. Estudiaba para maestra jardinera cuando el destino, que a veces juega mejor que cualquier guionista, la cruzó con Leonardo Favio. Dicen que las oportunidades pasan una sola vez. Ella la agarró con apenas 15 años y terminó entrando por la puerta grande en la historia del cine nacional.
El propio Favio contó años después que fue su hermano Horacio quien se la presentó. Apenas la vio entendió que tenía delante a la Griselda perfecta. No era rubia, pero eso tenía solución. La tiñó especialmente para el personaje y durante el rodaje la protegían del sol con una sombrilla para que conservara esa piel blanca que él imaginaba para su princesa criolla. «Tenía que parecer salida de un cuento de hadas», recordaría el director. Y vaya si lo consiguió.
Cuando Nazareno Cruz y el Lobo llegó a los cines en 1975, explotó todo. Más de cuatro millones de espectadores la convirtieron en uno de los mayores fenómenos de la historia del cine argentino. Durante casi cuarenta años nadie pudo bajarla de ese podio hasta la llegada de Relatos Salvajes. En un país donde cada uno tiene una película favorita, Nazareno sigue ocupando un lugar privilegiado. Es de esas historias que los argentinos vimos en el cine, en la televisión abierta, en el VHS de un tío, en algún canal de cable un domingo lluvioso o en una sobremesa eterna de feriado.
Y claro… ¿quién no recuerda aquella escena de amor entre Nazareno y Griselda? Mientras sonaba «Soleado», esa melodía instrumental que parecía estar en todos los casamientos, cumpleaños y compilados románticos de los años setenta, Favio mezclaba esa música con fragmentos de Rigoletto, demostrando una vez más que era un poeta que filmaba en lugar de escribir versos.
Después del fenómeno llegaron otros trabajos. Compartió pantalla con un joven Ricardo Darín en Juventud sin barreras, se sumó a producciones internacionales como Deathstalker, Wizards of the Lost Kingdom, The Stranger, dirigida por Adolfo Aristarain, y Jailbird Rock. Tenía todo para construir una carrera extensa. Pero eligió otro camino.
Y ahí aparece uno de esos misterios que tanto fascinan al argentino. Porque mientras muchos hacen cualquier cosa por seguir cinco minutos más frente a una cámara, Marina Magalí hizo exactamente lo contrario. Se casó, formó una familia, tuvo dos hijos y desapareció de la escena pública. Sin escándalos. Sin peleas mediáticas. Sin libros de memorias. Sin salir a recorrer programas contando «la verdad». Bajó el telón y siguió viviendo lejos de los flashes.
Su última gran aparición fue en 2010, durante el estreno del musical de Nazareno Cruz y el Lobo en Rosario. El público la reconoció de inmediato y la ovacionó. No hacía falta presentación. Habían pasado más de tres décadas, pero seguía siendo la misma Griselda que había quedado grabada para siempre en el corazón de los argentinos.
Hay actores que hacen decenas de personajes y ninguno queda en la memoria. Otros necesitan uno solo para volverse eternos. Marina Magalí pertenece a esa categoría tan difícil de explicar. Fue la muchacha que Leonardo Favio imaginó como una princesa criolla y terminó convirtiéndose en un símbolo de una época donde el cine argentino todavía tenía aroma a leyenda, a campo, a superstición y a romance imposible.
EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO
Las estrellas de verdad nunca se apagan del todo. Se esconden detrás de una vieja película, de una melodía que vuelve a sonar por casualidad o de una tarde en la que alguien dice: «¿Te acordás de Nazareno Cruz y el Lobo?». Entonces aparece otra vez Griselda, caminando entre los árboles, como si el tiempo jamás hubiera pasado. Porque algunas actrices no envejecen: simplemente se convierten en recuerdo. Y el recuerdo, cuando es verdadero, tiene la extraña costumbre de vivir para siempre.
REVISTA – LA REALIDAD SITIO OFICIAL!


