me podes hacer por favor una portada de la revista la Realidad por los 13 años de la muerte de Diulio Marzio el actor de argentina te paso la nota para que saqueas las ideas Hay hombres que entran a una habitación haciendo ruido, repartiendo codazos y preguntando dónde está la cámara. Y hay otros que apenas cruzan una puerta y, sin levantar la voz, consiguen que todos se acomoden el saco.
Duilio Marzio pertenecía a esa segunda raza.
A la raza de los actores que parecían haber nacido sabiendo dónde colocar las manos, cómo mirar a una mujer y de qué manera decir una frase sin necesidad de gritar como si estuvieran vendiendo medias en el tren. Fue uno de los grandes galanes del cine argentino de los años cincuenta, pero también fue mucho más que una cara elegante, un traje bien cortado y ese aire de hombre que jamás hubiese salido a la calle con la camisa arrugada.
Este 25 de julio se cumplen trece años de su muerte, ocurrida en 2013, cuando tenía 89 años. Y recordarlo es volver a una Argentina donde ir al cine todavía era una ceremonia, los programas se entregaban en la entrada y las estrellas no necesitaban mostrar hasta el último rincón de su vida para demostrar que existían.
Porque Duilio no era famoso por hacerse el famoso. Era famoso porque actuaba.
Había nacido el 27 de noviembre de 1923 con un nombre que parecía una formación completa del Ferrocarril Roca: Duilio Bruno Perruccio La Stella. Largo, distinguido y bastante difícil de acomodar en una marquesina sin que se terminara el cartel.
Su primer amor artístico no fue el teatro, sino la música. Su padre tocaba en las orquestas que acompañaban las películas mudas en salas como el Grand Splendid y el Palace, cuando el cine todavía necesitaba músicos de carne y hueso porque el sonido no venía incluido. Duilio estudió clarinete y piano en el Conservatorio Manuel de Falla, tocó en una banda militar y formó parte de la San Francisco Jazz Band.
Para esas presentaciones eligió un seudónimo digno de detective norteamericano: Alan Warren.
Mirá vos. Antes de convertirse en uno de los galanes más argentinos del cine nacional, Duilio Marzio andaba por ahí con nombre de protagonista de policial de trasnoche.
Al mismo tiempo estudiaba Derecho y trabajaba en un estudio jurídico. Su padre, inmigrante siciliano, quería que el muchacho tuviera una profesión seria. Abogado, doctor, alguien que pudiera poner una chapa de bronce en la puerta y no depender de que un productor se levantara de buen humor.
Pero el destino, que cuando quiere es más insistente que una tía preguntando cuándo te vas a casar, le puso adelante al maestro Antonio Cunill Cabanellas.
Duilio se anotó en sus clases de teatro y ahí se pudrió todo, para felicidad del cine argentino.
Le faltaban solamente ocho materias para recibirse de abogado, pero Cunill lo miró y le lanzó una sentencia que terminó siendo más efectiva que cualquier título universitario:
“Tú eres galán. Tú, de abogado, nada”.
Listo. Partido terminado.
Hay frases que te entran por un oído y salen por el otro. Y hay frases que te cambian la vida. Duilio guardó los códigos, dejó los expedientes y se fue detrás de esa pasión que le picaba por dentro. Como diría cualquier madre argentina ante semejante decisión: “Este chico está loco”. Pero bendita locura.
Su padre temía que se muriera de hambre con la actuación. Y Duilio, por las dudas, tomó una precaución muy particular: decidió cambiarse el apellido para no comprometer el nombre familiar si el experimento teatral terminaba como el rosario de la aurora.
Pensó en Marcio, por el rey romano Anco Marcio, pero como sabía que la gente probablemente lo pronunciaría mal, le cambió la letra y se puso Marzio, con zeta.
Y así nació un apellido que parecía inventado especialmente para ocupar la marquesina de un cine de la calle Lavalle.
Debutó en teatro en 1949 y llegó al cine en 1953 con Fin de mes, dirigida por Enrique Cahen Salaberry. Después apareció Leopoldo Torre Nilsson, uno de esos directores que no elegían actores porque quedaban lindos en una foto, sino porque veían algo más profundo.
Con él trabajó en Días de odio, La Tigra y más tarde en La caída. También filmó El amor nunca muere con Zully Moreno, El jefe con Alberto de Mendoza, El candidato con Alfredo Alcón y Olga Zubarry y En la ardiente oscuridad junto a Mirtha Legrand.
Era una época de apellidos pesados. Zully Moreno, Olga Zubarry, Torre Nilsson, Tinayre, Alcón, De Mendoza. Una cartelera de esas que hoy uno mira y piensa: “Muchachos, acá no sobraba nadie”.
Duilio estaba ahí, en el medio de todos ellos, sin pedir permiso.
Después vendrían Paula cautiva, Un guapo del 900, La Raulito, Plaza Huincul, Pobre mariposa, Guerreros y cautivas, La peste, Las manos y hasta ¿De quién es el portaligas?, dirigida por Fito Páez. Su trayectoria atravesó generaciones, estilos y modas sin convertirse jamás en una pieza de museo.
Porque algunos galanes envejecen peleándose con el espejo. Duilio envejeció transformándose en actor de carácter. No quiso seguir haciendo de muchacho joven cuando ya no correspondía. Entendió algo que a muchos les cuesta horrores: cada edad tiene su personaje.
A fines de los años cincuenta se produjo uno de los grandes giros de su carrera. Lee Strasberg, el célebre maestro del Actor’s Studio, vio a Duilio actuar en El sirviente. Al terminar la función se acercó y le dijo:
“Usted tiene adentro suyo cosas que ni imagina”.
¿Y qué iba a hacer Duilio después de semejante frase? ¿Irse a tomar un café y seguir como si nada?
Se marchó a los Estados Unidos para estudiar con Strasberg. Allí tomó cientos de clases y se perfeccionó en un método que por entonces parecía llegado de otro planeta. Mientras acá muchos todavía creían que actuar era poner voz engolada y mirar al horizonte, Marzio buscaba entender qué pasaba por dentro de un personaje.
Fue un adelantado. Un hombre que no se conformó con ser fachero y caer simpático. Quería aprender. Quería saber. Quería encontrar esas cosas que, según Strasberg, llevaba adentro sin imaginarlo.
Y en una de aquellas clases ocurrió una escena que parece escrita por algún guionista con demasiada imaginación.
Hacía calor. Duilio se quitó el pulóver y lo dejó apoyado sobre una silla. Al rato vio una mano que acariciaba la prenda. Levantó la vista y descubrió que aquella mujer era Marilyn Monroe.
Sí, Marilyn.
No una imitadora de un programa de variedades. No una rubia de una publicidad de jabón. Marilyn Monroe, la mujer más famosa del planeta.
Duilio la recordó como una mujer bellísima. Y seguramente se quedó mirándola con esa elegancia suya, sin lanzarse encima, sin pedirle una foto ni andar después contando que eran íntimos amigos. Porque todavía existía una palabra casi extinguida: discreción.
También llegó a trabajar en producciones con figuras como Robert Duvall, William Hurt, Barbra Streisand, Sally Field y Leslie Caron. Incluso se cuenta que intentó convencer a Bette Davis para que viniera a filmar a la Argentina, pero ningún productor local tomó la propuesta.
Bette Davis dispuesta a venir y los productores mirando para otro lado.
Después uno se pregunta por qué algunas oportunidades pasan de largo. Como dice la frase popular: Dios le da pan al que no tiene dientes y proyectos internacionales al productor que no atiende el teléfono.
Pero la grandeza de Duilio no estaba solamente arriba de un escenario.
Entre 1964 y 1968 condujo la Asociación Argentina de Actores, y volvió a ocupar responsabilidades gremiales años más tarde. Defendió a quienes recién empezaban y hablaba de una profesión en la que, detrás de las luces, también había injusticias, malos tratos y trabajadores peleando por cobrar.
No se limitaba a defender su propia quinta. Entendía que el actor famoso y el que esperaba una oportunidad en un pasillo pertenecían al mismo oficio.
Juan Leyrado lo recordó como un hombre único y valiosísimo. Ambos compartieron Los cien días de Ana, pero una de las imágenes más fuertes ocurrió fuera de los estudios. Junto a Osvaldo Laport fueron disfrazados de Reyes Magos a la cárcel de mujeres de Ezeiza para visitar a los chicos que vivían allí junto a sus madres.
Por un rato no fueron actores conocidos. Fueron tres tipos vestidos de reyes intentando regalarles algo de alegría a esos nenes.
Y ahí aparece el verdadero tamaño de una persona.
Porque cualquiera queda bien iluminado por un reflector. El asunto es ver cómo se comporta cuando la cámara se apaga.
Jorge Marrale también compartió con él Los cien días de Ana y años después Las manos, de Alejandro Doria. Lo recordó generoso, inteligente, íntegro y siempre dispuesto a colaborar. Contó que viajaban juntos desde Caballito hasta el viejo ATC y que durante esos trayectos compartían largas conversaciones.
Qué tiempos aquellos en los que dos actores se subían a un auto, iban a trabajar y charlaban de la profesión. Hoy probablemente irían cada uno mirando el teléfono, grabando una historia y preguntando si el camarín tiene buena conexión a internet.
En televisión, Duilio pasó por Alta comedia, Malevo, Los cien días de Ana, Una voz en el teléfono y Corazones de fuego, entre muchos otros ciclos. En teatro protagonizó obras como La gata sobre el tejado de zinc, Gigi, My Fair Lady, Trampa para un hombre solo, Mi adorado embustero y El último encuentro, junto a Hilda Bernard.
Después de un período alejado de las tablas, regresó con Borges y Perón. La obra le dio algunos de los premios más importantes de su carrera y confirmó algo que a esa altura ya sabía todo el mundo: Duilio Marzio no era solamente el galán de unas fotografías en blanco y negro. Era un señor actor.
Trabajó hasta sus últimos años. Sin andar anunciando retiros definitivos para volver seis meses después. Sin convertir su pasado en una mercancía. Sin vivir explicando que antes todo era mejor.
Lo demostraba trabajando.
Murió el 25 de julio de 2013. Había sido sometido poco antes a una operación cardíaca y finalmente sufrió un paro cardiorrespiratorio. Sus restos fueron llevados al Panteón de Actores del Cementerio de la Chacarita.
Se fue uno de esos hombres a los que la palabra “señor” les calzaba como un traje hecho a medida.
Hoy, trece años después, su nombre quizás no aparezca todos los días en las tendencias. Tampoco hace falta. Las tendencias duran un rato. El talento verdadero tiene otra medida del tiempo.
Duilio Marzio fue músico, galán, actor, dirigente, alumno incansable y compañero generoso. Conoció a Marilyn Monroe, estudió con Lee Strasberg, trabajó con las figuras más grandes y pudo haber sido abogado. Pero un maestro lo miró a los ojos y le dijo que su destino estaba en otro lado.
Por suerte, le hizo caso.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
Duilio Marzio perteneció a una Argentina donde un galán no era solamente un señor pintón. Tenía que saber hablar, caminar, escuchar, leer un texto y bancarse el silencio sin mover las manos como un molinete.
Fue de los que entendieron que la elegancia no se compra con un traje caro. Se lleva puesta.
Cambió un apellido interminable por otro que entraba justo en la marquesina, dejó ocho materias de Derecho por un escenario y terminó acariciando la eternidad. Marilyn le tocó el pulóver, Strasberg le abrió una puerta y el público argentino le reservó para siempre una butaca en la memoria.
Como decía la abuela: lo que se hereda no se roba y lo que se hace con talento no se olvida.
Trece años después, Duilio sigue ahí. En alguna película en blanco y negro, en una repetición de Alta comedia, en el recuerdo de un compañero o en la mirada de quien todavía sabe distinguir a una celebridad de un verdadero artista.
Y cuando vuelva a aparecer en la pantalla, habrá que hacer lo que corresponde: bajar un poco la voz, acomodarse en el sillón y dejar actuar al caballero.
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