En la Argentina podrán faltar dólares, sobrar discusiones y aparecer un nuevo impuesto antes del postre, pero hay algo que jamás se negocia: un buen plato de pastas. Este jueves 30 de julio, más de cien restaurantes de la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires se suman a una nueva edición del Día de la Pasta, una jornada con descuentos, promociones, platos a precio fijo y el glorioso 2×1, ese invento capaz de reconciliar matrimonios, amistades y cuñados que no se hablan desde Navidad. Porque, como decía la abuela mientras estiraba la masa con el palo de amasar: donde comen dos, comen tres, siempre y cuando alguno traiga el queso rallado.
La propuesta reúne cantinas, bodegones, restaurantes italianos y templos de la pasta artesanal con un objetivo bastante sencillo, aunque en estos tiempos parezca una hazaña digna de Sandro entrando al Gran Rex: lograr que la gente vuelva a salir a comer sin tener que hipotecar la bicicleta. El plato promocional tendrá un precio de 9.999 pesos en los locales adheridos, una cifra que parece elegida por un vendedor de electrodomésticos, pero que incluye opciones como fideos, ravioles, ñoquis, sorrentinos y otras variedades capaces de hacer llorar de emoción a cualquier argentino con sangre tana, aunque su apellido sea Pérez.
La iniciativa es impulsada por la aplicación Morfy junto a Club del Bajón y se desplegará por buena parte del mapa porteño y bonaerense. Palermo, Recoleta, Belgrano, Caballito, Villa Crespo, San Telmo, Núñez, Chacarita, Almagro y el Microcentro aparecen entre las zonas con mayor cantidad de restaurantes participantes, además de diferentes municipios del conurbano. Es decir, no habrá que cruzar la Cordillera ni pedirle el auto al vecino: seguramente habrá un plato de ravioles esperando a pocas cuadras, como esos amores que uno descubre tarde, cuando ya pidió delivery.
Cada establecimiento podrá sumar sus propias promociones. Habrá platos seleccionados en modalidad 2×1, descuentos para consumir en el salón, menús especiales con bebida o postre y beneficios adicionales para quienes paguen con determinadas tarjetas o billeteras virtuales. Eso sí, cada restaurante decidirá qué variedades entran en la promoción, en qué horarios estará disponible y si será necesario reservar previamente. Porque el argentino puede organizar un asado para veinte personas en media hora, pero ante una promoción gastronómica conviene preguntar antes, no sea cosa que uno llegue con hambre de camionero y le respondan que el 2×1 terminó a las cuatro de la tarde.
La aplicación Morfy contará además con un mapa interactivo para localizar los comercios adheridos y conocer qué beneficio ofrece cada uno. Una brújula moderna para peregrinos del tuco, una especie de Waze del raviol que permitirá encontrar desde bodegones de barrio hasta restaurantes especializados en pasta artesanal. La tecnología, finalmente, puesta al servicio de algo importante. Porque una cosa es mandar satélites al espacio y otra muy distinta es saber dónde sirven sorrentinos con salsa rosa sin cobrarte como si viniera Sophia Loren a atender la mesa.
La celebración no es casual. Las pastas forman parte de la identidad gastronómica argentina desde la llegada de la inmigración italiana, cuando miles de familias desembarcaron con sus valijas, sus dialectos, sus santos, sus recetas y esa costumbre sagrada de discutir mientras se come. Con el paso de las décadas, los tallarines del domingo, los ravioles caseros y los ñoquis del 29 dejaron de ser platos extranjeros para convertirse en una postal nacional, tan argentina como el mate, el colectivo lleno o la frase “poné más pan que falta mucho para el plato principal”.
En cada casa hubo alguna vez una fuente enorme de pastas en el centro de la mesa, una olla de tuco trabajando desde temprano y una madre o una abuela diciendo que había preparado “poquito”, mientras alimentaba a un regimiento entero. Las pastas son parte de esa Argentina familiar donde el almuerzo empezaba al mediodía y terminaba cuando aparecía el café, el flan, la sobremesa, la discusión política y algún pariente ofendido que se iba diciendo que no volvía nunca más. Volvía el domingo siguiente, desde luego. Con una botella de vino bajo el brazo.
El Día de la Pasta busca justamente poner en valor esa tradición y, al mismo tiempo, darle una mano a un sector gastronómico que necesita movimiento. Más de cien restaurantes se sumaron este año, una participación mayor que en ediciones anteriores y una señal de que la pasta sigue teniendo banca popular. Podrán cambiar las modas culinarias, aparecer platos diminutos con nombres franceses y cobrarte una hoja de rúcula como si fuera una joya de la corona, pero cuando llega una fuente de ravioles con abundante salsa, el pueblo argentino recupera la fe.
Y hay algo más. La pasta no es solamente comida. Es recuerdo, refugio y territorio emocional. Es el plato que preparaba la abuela, el almuerzo después del colegio, la comida de fin de mes y también el menú de fiesta. Como diría Tato Bores, la única verdad es la realidad, y la realidad es que frente a un plato de fideos con tuco todos somos un poco más felices y bastante menos revolucionarios. Mientras haya pan para empujar la salsa, habrá esperanza.
La recomendación para quienes quieran aprovechar la jornada es consultar previamente el mapa de restaurantes, verificar horarios, variedades disponibles, métodos de pago y posibles reservas. Porque no todos los locales aplicarán las mismas condiciones y, como dice el refrán, camarón que se duerme se queda sin sorrentinos. Y eso sí que sería una tragedia nacional, de esas que merecen cadena nacional, crespón negro y un minuto de silencio con queso rallado.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
El Día de la Pasta es mucho más que una excusa comercial. Es una celebración de esa Argentina que se construyó alrededor de una mesa, entre inmigrantes, familias numerosas, domingos eternos y ollas que parecían no tener fondo. Es el homenaje a las abuelas que medían la harina a ojo, a los bodegones donde el mozo todavía te llama “maestro” y a los argentinos que, aunque anden contando las monedas, no pierden las ganas de compartir un buen plato. Porque podrán venir las crisis, los ajustes, las billeteras virtuales y las aplicaciones con mapas, pero los ravioles del domingo siguen siendo los ravioles del domingo. Y como diría el inolvidable Alberto Olmedo, si lo vamos a hacer, hagámoslo bien: con tuco abundante, queso hasta que nieve y pan para limpiar el plato. Total, la dieta empieza mañana.
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