Antes de que existieran los memes, las redes sociales o los audios de WhatsApp, Buenos Aires ya fabricaba frases que sobrevivían al paso del tiempo. Algunas nacieron en un café, otras en una cancha y muchas en la calle, esa enorme universidad porteña donde se aprende mirando. Hay expresiones que repetimos desde chicos sin preguntarnos jamás de dónde salieron. Una de ellas es, sin dudas, «quedé en Pampa y la vía». Todos sabemos lo que significa. Quedarse sin un mango. Fundirse. Estar más seco que lengua de loro. Estar «al horno con papas», como diría cualquier vecino del barrio. Pero muy pocos conocen la historia extraordinaria que esconde esa frase. Y créanme, vale la pena contarla. Porque Buenos Aires tiene esa costumbre maravillosa de esconder pedazos de su historia debajo del asfalto. Como decía Tato Bores, «en este país pasan cosas tan increíbles que si las contás en serio, parecen un chiste». Y esta es una de ellas.
Retrocedamos hasta 1887. Donde hoy se levanta el Monumental, donde cada quince días decenas de miles de personas cantan por River y donde la Selección Argentina escribió algunas de sus noches más gloriosas, alguna vez hubo otra pasión que paralizaba a los porteños: un hipódromo. El Hipódromo Nacional, también conocido como Hipódromo de Belgrano. Sí, aunque hoy parezca imposible imaginarlo, donde actualmente se mezclan camisetas, parrillas, vendedores de choripanes y familias caminando rumbo a la cancha, durante casi cuarenta años galoparon los mejores caballos del país. Y hay un detalle que todavía sigue escondido a simple vista. Si uno camina con atención por la calle Victorino de la Plaza, va a notar una curva extraña. Parece un capricho del urbanismo, una decisión rara de algún ingeniero. Pero no. Esa curva conserva exactamente el dibujo que hacía uno de los codos de la antigua pista del hipódromo. Es como si Buenos Aires hubiera decidido dejar una cicatriz para que la historia nunca terminara de borrarse.
A fines del siglo XIX llegar hasta Belgrano no era un paseo de veinte minutos ni mucho menos. Era casi hacer una excursión al campo. El barrio terminaba donde empezaban los descampados. No existían las avenidas llenas de autos, ni los edificios, ni las torres, ni el Monumental. Había tierra, vías, molinos, carros y caballos. Pero justamente allí, en medio de ese paisaje casi rural, se reunían miles de fanáticos del turf. Los famosos burreros. Había de todo. Señores de galera, comerciantes, empleados públicos, compadritos, políticos, atorrantes simpáticos y trabajadores que durante toda la semana soñaban con una sola cosa: pegar un batacazo que les cambiara la vida. Porque el argentino siempre tuvo una relación muy especial con la esperanza. Hoy compra un Quini, un Loto o juega una apuesta deportiva. Hace ciento treinta años apostaba por un pura sangre. Cambian las épocas… las ilusiones siguen siendo las mismas. Como diría Roberto Galán, «si se puede, se puede». Y el burrero siempre creía que esta vez sí se podía.
Pero el turf tiene una ley que jamás cambió. Por cada uno que volvía cantando de alegría, había cientos que regresaban mascando bronca. Como diría el Coco Basile, «una cosa es hablar antes del partido… después la pelota siempre acomoda las ideas». En el hipódromo pasaba exactamente igual. El caballo que parecía una fija terminaba entrando cuarto. El dato infalible se caía antes de largar. Y el que juraba que esa tarde volvía lleno de plata terminaba contando las monedas para comprarse un café. Ahí aparece el verdadero corazón de esta historia.
Las empresas tranviarias de la época entendían perfectamente lo que ocurría cada fin de semana. Sabían que miles de personas viajaban hasta el Hipódromo Nacional. Pero también sabían algo todavía más importante: una enorme cantidad iba a perder hasta el último centavo. Entonces organizaron un servicio especial. Un tranvía lanzadera que llevaba gratuitamente a los apostadores desde el hipódromo hasta el cruce de La Pampa y las vías del Ferrocarril Central Argentino, el actual Ferrocarril Mitre, muy cerca de donde hoy se encuentra la estación Belgrano C. Era una especie de acto de misericordia empresarial. Una mano tendida para que el tipo no quedara abandonado en medio de los descampados. Los cronistas de la época cuentan que ese viaje de regreso parecía un velorio sobre rieles. Nadie hablaba. Nadie discutía. Nadie hacía chistes. Los tipos iban mirando el piso, repasando una y otra vez la carrera perdida. «¿Para qué cambié de caballo a último momento?», «Si hubiera jugado el número cuatro…», «Otra vez me pasó lo mismo». Era el silencio de los bolsillos vacíos.
Hasta que el tranvía frenaba. Las puertas se abrían. Y ahí terminaba toda la generosidad. El apostador bajaba. Miraba alrededor. Se palpaba los bolsillos. Nada. Ni una moneda. Ni diez centavos. Ni para pagar otro tranvía. Ni para subir al tren. Ni para un café. Ni para un cigarrillo. Ni para volver a su casa. Estaba solo, lejos del centro, sin un mango y con un problema mucho más grande que haber perdido la apuesta. Ahora había que regresar caminando o esperar un milagro. Imagínese la escena. No existían colectivos. No existían taxis como los conocemos hoy. No existían celulares. No existía una billetera virtual ni un alias para pedir ayuda. Era caminar kilómetros enteros o rezar para cruzarse con algún ganador generoso que le prestara unas monedas. Algunos tenían suerte. Algún paisano aflojaba un par de monedas. Otros emprendían una caminata larguísima, mascullando bronca y prometiéndose que nunca más volverían a apostar. Promesa que, por supuesto, duraba menos que un suspiro. Porque el burrero siempre creía que la próxima era la vencida.
Y fue justamente esa imagen la que quedó inmortalizada para siempre. El pobre infeliz parado en Pampa y la vía, con las manos en los bolsillos vacíos, mirando para todos lados sin saber cómo regresar al centro de Buenos Aires. Esa fotografía cotidiana terminó convirtiéndose en una frase que atravesó generaciones. «Quedé en Pampa y la vía». Es decir: me fundí. Me quedé sin un peso. Estoy seco. Estoy liquidado. Más seco que una plaza en enero. Más fundido que televisor de tubo después de un rayo. Más complicado que arquero con la barrera mal armada. Como diría Luis Sandrini, «la suerte es grela». Y cuando decidía darte la espalda, te dejaba exactamente ahí.
El tiempo siguió corriendo. En 1926 el Hipódromo Nacional cerró definitivamente sus puertas. Los caballos desaparecieron. Los terrenos comenzaron a urbanizarse. Nació el Barrio River. Décadas después apareció el estadio Monumental. Las calles cambiaron para siempre. Pero la frase sobrevivió. Los abuelos se la enseñaron a sus hijos. Los hijos a los nietos. Y nosotros la seguimos usando sin saber que detrás de esas cuatro palabras se escondía una historia maravillosa de la Buenos Aires de fines del siglo XIX. Como habría escrito Bernardo Neustadt, «la Argentina cambia de gobiernos, cambia de monedas, cambia de nombres… pero hay cosas que permanecen porque pertenecen al sentido común de la gente». Y tenía razón. Porque el idioma no lo construyen los diccionarios. Lo construye Doña Rosa. El tachero. El diariero. El mozo del café. El vecino que vuelve del supermercado mirando el ticket como si hubiera visto una película de terror. Todos ellos fueron manteniendo viva una expresión que ya no necesitaba explicación.
Y todavía queda una última ironía. En 2019 se inauguró el Viaducto Mitre. Las vías fueron elevadas y el histórico paso a nivel desapareció para siempre. Hoy la calle La Pampa pasa por debajo del ferrocarril. Ya no hay barreras. Ya no hay cruce. Ya no existe físicamente aquella esquina que dio origen a una de las frases más famosas del lunfardo porteño. Sin embargo, el lugar sigue existiendo. No en los mapas. Existe en nuestra memoria. Porque cada vez que alguien paga la tarjeta y queda temblando hasta fin de mes, cada vez que un jubilado mira la billetera después de hacer las compras, cada vez que un amigo pierde una apuesta, cambia el auto o vuelve de vacaciones completamente desplumado, aparece inevitablemente la sentencia: «Quedé en Pampa y la vía». Y nadie pregunta qué significa. Porque todos entendemos perfectamente de qué se está hablando.
EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO
Las ciudades no solamente conservan edificios. También conservan palabras. Y muchas veces una expresión popular guarda más historia que un museo entero. «Quedé en Pampa y la vía» no habla únicamente de un apostador sin plata. Habla del Buenos Aires de los tranvías, de los burreros, de los descampados de Belgrano, del viejo Hipódromo Nacional, de la solidaridad entre desconocidos y de esa maravillosa costumbre argentina de ponerle humor incluso a las desgracias. Como decía Discepolín, «el mundo fue y será una porquería…», pero el porteño siempre encontró una manera de sonreír mientras se acomodaba el saco y seguía caminando. Quizás por eso la frase sobrevivió más de un siglo. Porque, seamos sinceros, todos alguna vez estuvimos en Pampa y la vía. Aunque el viejo hipódromo haya desaparecido. Aunque las vías ya no estén donde estaban. Aunque los burreros ahora jueguen desde el celular. Cambiaron los escenarios. Cambiaron las épocas. Lo único que nunca cambió fue esa sensación tan porteña de palparse los bolsillos, largar un suspiro y decir, con resignación y una sonrisa de costado: «Bueno… quedé en Pampa y la vía.»
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