MURIÓ FRANCO BARESI: EL ÚLTIMO GRAN PATRÓN DEL ÁREA
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Hay jugadores que pasan por un club, otros que dejan una huella y algunos pocos que terminan convirtiéndose en el mismísimo escudo. Franco Baresi pertenecía a esa última categoría, la de los tipos que no necesitaban besar la camiseta porque directamente la llevaban cosida al cuerpo. Este viernes 31 de julio murió a los 66 años uno de los defensores más extraordinarios que dio el fútbol mundial, capitán eterno del Milan, campeón del mundo con Italia y dueño de una elegancia para marcar que hoy parece una pieza de museo. El club rossonero confirmó la noticia y despidió al hombre cuyo ejemplo, integridad y camiseta número 6 quedaron grabados para siempre en su identidad. Dicho en criollo: se fue uno de esos futbolistas que ya no vienen ni encargándolos por catálogo.
El Milan no informó oficialmente la causa de su fallecimiento. En agosto de 2025, durante unos estudios médicos de rutina, a Baresi le habían detectado un nódulo pulmonar. Fue operado mediante una intervención mínimamente invasiva, evolucionó sin complicaciones inmediatas y posteriormente comenzó un tratamiento de inmunoterapia recomendado por especialistas. Había reaparecido públicamente meses después, pero la salud le venía disputando el partido más bravo, ese que no tiene árbitro, VAR ni tiempo suplementario.
Franchino Baresi había nacido el 8 de mayo de 1960 en Travagliato, Lombardía, y llegó a las divisiones inferiores del Milan siendo adolescente. La vida, que a veces escribe guiones con más malicia que un productor de televisión, primero lo hizo probar suerte en el Inter, donde lo consideraron demasiado pequeño y frágil. Su hermano Giuseppe sí quedó en el club nerazzurro. Franco cruzó de vereda y terminó transformándose en la bandera del eterno rival. Como diría cualquier veterano de café: nunca hay que despreciar al petiso callado, porque después te pinta la cara durante veinte años.
Debutó en el primer equipo del Milan en 1978, cuando todavía no había cumplido los 18 años, y rápidamente se ganó un lugar. No era alto, no tenía el físico intimidante de aquellos zagueros que parecían custodios de boliche, pero veía las jugadas antes de que sucedieran. Mientras otros defensores corrían detrás de la pelota, Baresi ya sabía dónde iba a caer. Tenía anticipo, salida limpia, autoridad y una capacidad casi insolente para ordenar la línea defensiva. Era un líbero de los de antes, pero con una modernidad que se adelantó varias décadas. Para los que creen que defender es solamente reventarla a la tribuna, Baresi fue la demostración de que también se puede apagar un incendio vestido de smoking.
A los 22 años ya llevaba la cinta de capitán. Y no la usaba para la foto: la defendió incluso en los peores tiempos del club. Cuando el Milan descendió a la Serie B después del escándalo de apuestas conocido como Totonero, Baresi se quedó. También permaneció durante el segundo descenso, esta vez deportivo. Podría haber aceptado ofertas, buscar otra camiseta y salir corriendo como político cuando aparece una cámara incómoda, pero eligió acompañar al club en el barro. Ganó dos campeonatos de la segunda división y participó del regreso a la elite. Esa fidelidad, en un fútbol donde hoy un representante cambia de opinión antes de terminar un café, lo volvió definitivamente eterno.
Después llegaron Silvio Berlusconi, Arrigo Sacchi y la construcción de uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Baresi fue el jefe de aquella defensa que completaban Mauro Tassotti, Alessandro Costacurta y Paolo Maldini. Una pared humana que achicaba hacia adelante, tiraba el fuera de juego con precisión de relojero y conseguía que los delanteros rivales entraran al área pidiendo permiso. Detrás podía quedar el arquero, pero adelante estaba Baresi señalando, gritando y manejando los movimientos como Gerardo Sofovich acomodando las cámaras de un estudio: acá no se improvisa, muchachos.
Con el Milan disputó 719 partidos oficiales y conquistó seis títulos de la Serie A, tres Copas de Europa, dos Copas Intercontinentales, tres Supercopas europeas y cuatro Supercopas italianas, además de los campeonatos de la Serie B y la Copa Mitropa. Fueron veinte temporadas enteras con una sola camiseta. Su récord de presencias fue superado únicamente por Paolo Maldini, el discípulo que terminó heredando la cinta y prolongando aquella dinastía defensiva.
Baresi también fue parte del seleccionado italiano campeón del mundo en España 1982. Tenía apenas 22 años y no disputó minutos, pero siempre explicó que aquella experiencia había resultado fundamental para su crecimiento. Cuatro años más tarde no participó del Mundial de México por diferencias con el entrenador Enzo Bearzot. Regresó posteriormente a la Azzurra y se transformó en uno de sus grandes líderes: acumuló 81 partidos internacionales entre 1980 y 1994, fue tercero en Italia 1990 y capitán del equipo que llegó a la final de Estados Unidos 1994.
Para los argentinos, su figura también quedó asociada a las batallas memorables contra Diego Maradona. Se enfrentaron con Milan y Napoli en una Serie A que durante los años ochenta reunía a los mejores futbolistas del planeta. También estuvieron frente a frente en la semifinal del Mundial de 1990, disputada justamente en Nápoles, cuando la Argentina eliminó a Italia por penales. Eran duelos de alto vuelo: el genio que inventaba caminos contra el defensor que parecía conocerlos de memoria. Baresi no necesitaba pegar una patada para hacerse respetar y Maradona no necesitaba espacio para fabricar una obra de arte. Aquello sí era fútbol, y no esta ceremonia moderna donde uno sopla cerca del rival y aparecen seis cámaras buscando una tragedia griega.
Pero la imagen que terminó de convertirlo en leyenda ocurrió en el Mundial de Estados Unidos. El 23 de junio de 1994 se lesionó la rodilla durante el partido contra Noruega. Dos días después fue operado del menisco. Todo indicaba que su torneo estaba terminado, pero Baresi protagonizó una recuperación que todavía desafía a la lógica: apenas 22 días después disputó los 120 minutos de la final frente a Brasil en el Rose Bowl de Pasadena. Sin ritmo, recién salido del quirófano y con 34 años, jugó un encuentro monumental. Cortó, ordenó y sostuvo a Italia hasta el empate sin goles. Un tipo operado hacía tres semanas se plantó frente a Romário y Bebeto como quien dice “de acá no pasa nadie”.
Después llegó la tanda de penales y el golpe más recordado. Baresi ejecutó el primero de Italia y mandó la pelota por encima del travesaño. Más tarde fallaron Daniele Massaro y Roberto Baggio, y Brasil se consagró campeón. La televisión repitió hasta el cansancio la imagen del capitán de rodillas, tapándose el rostro. Sin embargo, reducir aquella final a su penal sería una injusticia de proporciones bíblicas. Baresi había jugado 120 minutos perfectos cuando, por calendario médico, todavía debería haber estado caminando con cuidado por un pasillo. Como decía Juan Manuel Fangio, las carreras no se ganan en la primera curva, pero se pueden perder. Baresi perdió aquella copa desde los doce pasos, aunque su actuación previa lo hizo todavía más grande.
En 1989 quedó segundo en la votación del Balón de Oro, detrás de su compañero Marco van Basten. Que un defensor alcanzara semejante reconocimiento en tiempos dominados por delanteros y mediocampistas explica la dimensión de su juego. En 1997 anunció el retiro y el Milan tomó una decisión inédita en su historia: retirar la camiseta número 6. Desde entonces nadie volvió a usarla. No era solamente una casaca, era una especie de escritura sagrada. La 10 puede heredarse, la 9 puede cambiar de dueño, pero la 6 del Milan quedó clausurada para siempre.
Después del retiro continuó ligado al fútbol. Tuvo un breve paso como director deportivo del Fulham inglés, trabajó en las divisiones juveniles del Milan y terminó ocupando el cargo de vicepresidente honorario del club. En 2026, cuando la institución celebró sus 50 años de vínculo con el rossonero, fue incorporado como miembro honorario de su Salón de la Fama. Medio siglo dentro de la misma casa. Ni los matrimonios de las novelas de Alberto Migré duraban tanto.
Su muerte provocó homenajes en toda Italia y en buena parte del mundo futbolero. No se fue solamente un campeón, sino una manera de entender el juego. La del defensor que mandaba sin vender humo, la del capitán que acompañaba al club cuando las papas quemaban y la del profesional que podía ganar sin agrandarse y perder sin buscar excusas. En épocas de videítos motivacionales, marcas personales y declaraciones armadas por asesores, Baresi representaba algo mucho más difícil de fabricar: autoridad verdadera.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
Franco Baresi fue uno de los últimos defensores que parecían salidos de una película italiana: serio, elegante, sufrido y con una dignidad que no se negociaba ni por toda la lira del Banco de Italia. No medía dos metros, no necesitaba levantar al delantero por el aire ni festejaba un cruce como si hubiera conquistado Normandía. Le alcanzaba con mirar la jugada, adelantarse medio segundo y sacarle la pelota al rival con la naturalidad del que retira una ficha de dominó.
Hoy se habla mucho de liderazgo, pero Baresi lo explicó sin dar conferencias. Se quedó cuando el Milan cayó, lo condujo cuando volvió a levantarse y terminó alzando las copas más importantes de Europa. Fue campeón del mundo, perdió una final con el alma rota, convivió con la gloria y con el fracaso, y jamás dejó que ninguna de las dos cosas le cambiara el gesto.
Como hubiera dicho Tato Bores, “vermouth con papas fritas y… good show”, aunque esta vez el espectáculo terminó con las luces bajas. El fútbol perdió a uno de sus grandes caballeros y el Milan quedó sin su capitán eterno. Pero cada vez que un defensor anticipe limpiamente, levante la cabeza y salga jugando sin rifar la pelota, habrá un pedacito de Franco Baresi todavía patrullando el área.
Porque los grandes jugadores se retiran, los hombres finalmente se van, pero las leyendas, qué vachaché, se quedan marcando para siempre. 🖤❤️⚽