DE UNA PIZZERÍA AL OSCAR Y HARVARD: NATALIE PORTMAN, LA CHICA QUE NUNCA QUISO SER SÓLO UNA ESTRELLA
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Hay vidas que parecen escritas por un guionista al que alguien le dijo “metele de todo”. Una pizzería de Nueva York, Hollywood, Harvard, Star Wars, un Oscar, fútbol femenino y hasta leche de avena valuada en miles de millones. Pero detrás de Natalie Portman hay algo bastante más interesante que una enumeración de éxitos: una mujer que desde chica pareció entender que la fama podía ser maravillosa, pero también bastante berreta si uno no tenía algo más para poner sobre la mesa.
Natalie Hershlag nació el 9 de junio de 1981 en Jerusalén y llegó a Estados Unidos con su familia cuando tenía apenas tres años. Después de pasar por Washington y Connecticut terminaron instalándose en Long Island. Y entonces ocurrió la escena que hoy parece inventada para una película: con unos 11 años estaba en una pizzería cuando un representante de Revlon reparó en ella y le propuso dedicarse al modelaje. Natalie escuchó la oferta, pero aquello de posar no la entusiasmó demasiado. Ella quería actuar. Como diría cualquier vieja sabia de barrio: cuando el de arriba reparte las cartas, por lo menos hay que saber jugarlas.
Poco después apareció Léon: The Professional, de Luc Besson, estrenada en 1994. Allí, junto a Jean Reno y Gary Oldman, aquella nena se convirtió en Mathilda y dejó medio Hollywood preguntándose de dónde había salido. Para proteger la privacidad familiar comenzó a utilizar Portman, el apellido de su abuela, como nombre artístico. Sus padres, además, vigilaban cada paso de aquella carrera precoz y hasta discutieron aspectos del guion que consideraban excesivos para una chica de su edad. No era precisamente aquello de “la nena trabaja y después vemos”. Había familia marcando la cancha.
Y mientras cualquiera hubiera pensado “listo, tenemos estrella infantil, que siga la máquina”, Natalie hizo algo bastante poco hollywoodense: estudió. Entró en Harvard en 1999 y se graduó en Psicología en 2003. Años después volvió a esa universidad para hablarle a los estudiantes y reconoció que cuando ingresó sentía que quizás no era suficientemente inteligente para estar allí y que debía demostrar que no era simplemente “una actriz tonta”. La inseguridad, parece, tampoco pide documento en Harvard.
Hay además una frase suya que circula desde hace décadas y, cosa rara en Internet, es auténtica. En 1994 declaró que prefería ser inteligente antes que una estrella de cine. La idea volvió a aparecer cuando decidió priorizar la universidad aun a riesgo de afectar su carrera. Y acá cabe uno de esos refranes que nuestras abuelas resolvían sin una charla TED: el saber no ocupa lugar. Portman podía tener contratos, flashes y alfombras rojas, pero entendía que cuando se apaga la cámara hay que seguir siendo alguien.
Después vino todo lo demás. Star Wars la convirtió en la reina Amidala para varias generaciones, llegaron Closer, V for Vendetta, Jackie y decenas de personajes, pero el golpe definitivo fue Black Swan. Su bailarina Nina Sayers le dio en 2011 el Oscar a Mejor Actriz, además del Globo de Oro y el BAFTA. El Oscar no es leyenda de Facebook ni exageración del tío orgulloso: está oficialmente registrado por la Academia. Y cuando la piba que habían descubierto comiendo pizza recibió la estatuilla, el círculo resultaba demasiado perfecto hasta para Hollywood.
Pero la historia tiene otra vuelta que me encanta como Archivólogo porque rompe con el clásico “actor famoso que invierte porque le sobra plata”. En 2020 Portman fue una de las cofundadoras de Angel City FC, el club femenino de Los Ángeles que compite en la NWSL. Lo armó junto a Julie Uhrman y Kara Nortman, rodeándose además de deportistas, actrices y empresarias. La institución adoptó un sistema peculiar: destina el equivalente al 10% de sus acuerdos de patrocinio a programas comunitarios. No es una frase bonita para poner sobre una foto de Instagram: el propio club mantiene ese modelo actualmente.
Y después aparece la famosa leche de avena. Portman formó parte del grupo de inversores que en 2020 puso dinero en Oatly, junto con nombres como Oprah Winfrey, Roc Nation de Jay-Z y Howard Schultz. En aquella operación la compañía quedó valuada alrededor de US$2.000 millones. Un año después salió a Bolsa. Acá hay que corregir un poquito el relato viral: no es simplemente que “Natalie apostó por una empresa y llegó a valer US$10.000 millones”. Oatly buscaba una valuación de ese orden antes de la IPO y, tras debutar en Wall Street en mayo de 2021, su capitalización llegó incluso a rozar los US$13.000 millones. Es decir, el cuento original se queda corto, aunque Internet haya conseguido contarlo de la manera más imprecisa posible.
Ahora, cuidado con otro dato que anda dando vueltas: eso de que “sus inversiones ayudaron en conjunto a recaudar más de US$600 millones” no encontré una fuente suficientemente sólida que permita presentarlo como una cifra comprobada. Y sabés cómo funciona esto: una cifra sin respaldo es como aquel tío que aseguraba haber jugado en la reserva de Racing. Mientras nadie pregunte demasiado, fenómeno.
Lo fascinante de Portman no es que haya acumulado casilleros en un currículum. Es que a los 11 pudo haber aceptado simplemente ser “la chica linda descubierta en una pizzería” y eligió otra cosa. Fue actriz infantil sin abandonar los estudios, estrella mundial sin renunciar a Harvard, ganadora del Oscar y después empresaria e impulsora del deporte femenino. No puso todos los huevos en la misma canasta, para decirlo como lo hubiera explicado cualquier comerciante del barrio mucho antes de que apareciera la palabra “portfolio”.
Y quizá ahí está la verdadera perlita de su historia.
A Natalie Portman la descubrieron comiendo pizza. Hollywood le abrió una puerta. Pero después, como suele pasar en las buenas historias, la puerta era apenas el comienzo.
Porque una cosa es que la suerte te encuentre sentado en una mesa.
Otra bastante distinta es saber qué hacer cuando llega la cuenta. 🎬🍕