Hola, soy Alejandro Nízzero, el Decano de la Televisión Argentina, y hoy quiero hablarles de una película singular, injustamente arrumbada en algún estante del cine nacional: Venido a menos. Una comedia amarga sobre esa aristocracia porteña que podía perder la fortuna, rematar los muebles y deber hasta el apellido, pero jamás admitir delante de los vecinos que se había quedado sin un mango.
La película fue rodada en 1981, dirigida por Alejandro Azzano, pero recién llegó a los cines el 11 de octubre de 1984. Tres años de demora por razones políticas: había sido concebida bajo la dictadura y terminó estrenándose con la democracia recién recuperada. Una peripecia que parece escrita para la propia historia: hasta la película había venido a menos antes de llegar a la cartelera.
El protagonista era Fernando Siro, en la piel de Alfredo, un señor de alcurnia venido a pique que se niega a abandonar los modales, los contactos y las ínfulas de gran bacán. Junto con su esposa Beba —interpretada por Fernanda Mistral— y su familia, termina instalándose en la residencia de una tía millonaria, la formidable Mimí Vermet, encarnada por Irma Córdoba. Todos fundidos, pero conservando esa costumbre tan nuestra de almorzar fideos blancos y describirlos como “pasta al burro”.
Alfredo no sabe adaptarse a la nueva realidad. Puede faltar la guita, pero no el whisky; puede caerse el techo, pero el saco debe estar bien cortado. Vive pendiente del qué dirán, esa institución argentina que ha provocado más desastres que la inflación y los malos matrimonios juntos.
Su proyecto para salir del pozo es tan delirante como revelador: asociarse con un norteamericano para emprender un negocio de inseminación de ganado. Pero durante el traslado desde Estados Unidos muere la vaca destinada al procedimiento y a estos iluminados se les ocurre inseminar un burro. El resultado es, como podrán imaginar, un despelote ganadero de proporciones bíblicas. Parte de los exteriores se filmó en el Castillo Pando Carabassa, sede de la Asociación Argentina de Polo, en Pilar, una locación perfecta para retratar aquel universo de estancias, apellidos ilustres y cuentas sin pagar.
El reparto era de una categoría difícil de reunir en estos tiempos: Silvia Folgar, Sebastián Larreta, Fernando Madanes, Elena Cruz, Marita Ballesteros, Augusto Larreta, Javier Portales, Graciela Gramajo, Laly Cobas, Stella de la Rosa, Amadeo Ronco y Mario Savino. La música pertenecía al exquisito baterista de jazz Pocho Lapouble, la fotografía era de Diego Bonacina y la dirección de arte y el vestuario estuvieron a cargo de Jorge Ferrari.
Hay una perlita extraordinaria detrás de cámara: entre los asistentes de dirección se encontraban Gabriel Arbós y Alberto Lecchi, dos jóvenes que tiempo después construirían sus propias trayectorias como directores. A veces los créditos finales son como una vieja fotografía escolar: uno mira con atención y descubre, escondidos en la última fila, a quienes todavía no sabían que iban a hacer historia.
El guion fue escrito por Azzano junto a Camilo Cappelletto, Carlos Defilippis Novoa, Daniel Fernández y Bernardo Nante. Cinco guionistas para una película que recibió críticas bastante poco caritativas. Algunos periodistas celebraron su tema, pero cuestionaron el desarrollo y consideraron que aquella sátira sobre la decadencia social no había llegado hasta el fondo. Es decir: los críticos también fueron a comer y, cuando llegó el café, sacaron el facón.
Sin embargo, vista hoy, Venido a menos tiene otro valor. Retrata a una clase que se derrumba sin saber acomodarse la corbata para caer. No se burla solamente de la pobreza repentina, sino de la desesperación por mantener las apariencias. Alfredo no teme tanto quedarse sin dinero como dejar de ser invitado a los lugares donde todavía creen que lo tiene.
Y si hablo con especial cariño de Fernando Siro, es porque no fue únicamente un gran actor para nuestra familia. Fue amigo de mi padre, Alejandro Anderson, otro señor del cine argentino. Fernando venía muchas veces a comer asados a casa. Llegaba con esa presencia suya, elegante y expansiva, y en pocos minutos se apropiaba de la cabecera sin necesidad de que nadie se la ofreciera. Mi padre disfrutaba mucho de sus historias. Eran hombres de una generación en la que los actores podían discutir de cine, política, teatro y caballos durante horas, pero jamás revelaban quién había pagado la última botella.
Siro se llamaba en realidad Francisco Ángel Luksich y había comenzado como actor antes de convertirse también en guionista y director. Su primera película detrás de cámara, Nadie oyó gritar a Cecilio Fuentes, obtuvo reconocimiento en el Festival de San Sebastián. Trabajó en cine popular, teatro, televisión y también dirigió ciclos prestigiosos como Alta comedia. En 1997 llegó a ocupar la dirección artística de Canal 9. No era un improvisado con oficina: conocía el oficio desde el polvo del escenario hasta la luz roja del estudio.
En una de aquellas sobremesas me dejó un consejo que nunca olvidé: “Para hacer televisión no mires solamente la cámara; mirá a la persona que está sola del otro lado. Si lográs hablarle a ella, tenés un programa. Si hablás para demostrar cuánto sabés, tenés apenas una audición”.
Después agregó algo todavía más sencillo: “En televisión hay que entrar preparado, escuchar a todos y saber irse antes de cansar. El público perdona un decorado pobre, pero nunca perdona que lo aburran”. Fernando podía ser filoso, orgulloso y tremendamente discutidor, pero conocía como pocos la intimidad de la pantalla. Sabía que la televisión no se hace para un aparato: se hace para alguien que nos permite entrar a su casa.
Hoy, cuando buena parte de la sociedad argentina continúa haciendo equilibrio entre lo que tiene y lo que pretende mostrar, Venido a menos conserva una vigencia casi insolente. Cambiaron los apellidos, las estancias ahora tienen redes sociales y el whisky puede pagarse en cuotas, pero el qué dirán sigue sentado a la mesa, picando una aceituna y mirando cuánto servimos.
Fernando Siro murió en 2006. Pero cada vez que vuelve a aparecer en una película, también regresan aquellas sobremesas, las conversaciones con mi padre y esa manera antigua de entender el oficio: estudiar, llegar a horario, respetar al compañero y no confundir notoriedad con talento.
Quizá todos podamos venirnos a menos alguna vez. Puede acabarse la fortuna, cerrarse un canal o apagarse una marquesina. Lo único verdaderamente imperdonable es venirse a menos como artista y como persona.
Fernando nunca lo hizo.
Alejandro Nízzero
El Decano de la Televisión Argentina
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