CrowdFarming.Wine, la compañía nacida en Mendoza en 2018, acaba de dar uno de esos pasos que tienen algo de vértigo, algo de elegancia y bastante de audacia: empezó a elaborar sus propios vinos en la Toscana italiana y ya los importa a la Argentina.
Suena sofisticado, y lo es. Pero detrás de la etiqueta, el terroir y la copa de cristal fino hay una historia bastante más de barrio: arrancar con una idea, remarla, conseguir clientes, abrir puertas y tratar de que el sueño no termine convertido en ese famoso “algún día lo hacemos” que tantas veces queda juntando polvo al lado de la máquina de hacer pastas de la abuela.
En menos de ocho años, CrowdFarming.Wine pasó de trabajar puertas adentro de Mendoza a tener presencia en diez países: Argentina, Estados Unidos, Brasil, México, Ecuador, Colombia, Canadá, Francia, España y Alemania. Sus vinos llegaron además a más de cien puntos de venta premium, incluyendo restaurantes con estrellas Michelin y hoteles Five Star. Dicho así parece una postal de lujo, pero la velocidad impresiona: casi ayer estaban armando el proyecto y hoy andan descorchando botellas entre sommeliers europeos.
“Arrancamos en 2018 con la idea de acompañar y potenciar la transformación en la forma de consumir vino en el mundo”, explica Francisco Evangelista, fundador y CEO de la compañía. El corazón del modelo es sencillo de contar y bastante más complejo de ejecutar: ayudar a emprendedores a convertir una idea en una marca de vino propia, brindando desde Mendoza el soporte necesario para desarrollar el producto.
Hasta ahí, muy siglo XXI. Pero este año decidieron subir la apuesta.
La novedad se llama Programa Toscana y representa la primera producción de CrowdFarming.Wine fuera de la Argentina. En alianza y bajo la dirección enológica de Roberto Cipresso, uno de los nombres reconocidos de la vitivinicultura italiana, la firma comenzó a elaborar vinos Super Tuscans en Val d’Orcia, principalmente sobre base de Sangiovese.
Y acá aparece la perlita que rompe un poco el tablero.
Durante décadas, la escena habitual fue ver al vino argentino buscando hacerse un lugar en Europa. Ahora CFW hizo el camino inverso: produce vino en Italia y lo trae a la Argentina. Una suerte de boomerang vitivinícola, pero con bastante más glamour y menos aerolínea low cost.
Es, de algún modo, la globalización entrando al bodegón de la esquina.
Porque mientras algunos todavía discuten si el vino tiene que venir con soda, si el blanco va con pescado o si al Malbec hay que dejarlo respirar quince minutos, una empresa mendocina ya está pensando el negocio sin fronteras. Mendoza, Toscana, Buenos Aires, Madrid, Miami. Todo empieza a quedar peligrosamente cerca.
Y ahí aparece esa sensación tan argentina de mirar el progreso con fascinación y un poquito de nostalgia.
Uno piensa en aquellas botellas que estaban sobre la mesa familiar los domingos, la damajuana, el sifón azul, el abuelo diciendo “servime un culito nomás” mientras alguien cortaba el tuco con pan. Nada sabía de terroirs ni de Super Tuscans. Pero sabía perfectamente cuándo un vino era bueno.
Hoy la industria habla otro idioma. Habla de autor, de identidad, de experiencias, de marcas privadas y de consumidores que quieren conocer la historia que hay detrás de cada etiqueta. El vino dejó de ser solamente una bebida para transformarse también en relato, diseño, viaje y pertenencia.
CrowdFarming.Wine entendió esa mutación temprano.
Por eso su crecimiento internacional no consiste únicamente en mandar cajas de botellas de un continente al otro. La apuesta es construir un ecosistema donde una marca pueda nacer en Mendoza, crecer en América, producirse en Italia y terminar descorchándose en cualquier rincón del mundo.
Una locura hermosa si uno piensa que, no hace tantas décadas, para muchos argentinos “vino importado” era esa botella intocable que algún tío guardaba arriba del modular para una ocasión especial que jamás llegaba.
Ahora el mapa cambió.
CFW exporta marcas propias, produce en Europa e importa a nuestro país vinos elaborados por su mismo equipo en la Toscana. El país de origen deja de funcionar como una frontera y empieza a ser apenas otro dato dentro de la historia de cada botella.
Será el progreso. Será la época. Será eso de que “el que no corre, vuela”.
Pero hay algo particularmente atractivo en imaginar que una empresa nacida al pie de los Andes hoy también camina entre viñedos italianos.
Mendoza mirando a la Toscana.
La Toscana mirando a Mendoza.
Y en el medio, una botella viajando miles de kilómetros para terminar sobre una mesa argentina.
Porque cambian los negocios, cambian las modas, cambian las etiquetas y hasta cambia el mapa del vino.
Pero al final del día seguimos siendo bastante parecidos a aquellos tipos del barrio que levantaban la copa y decían simplemente:
“Bueno, muchachos… salud.”
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