Hay invitados que llegan a un estudio con un currículum; Carlos Lionel Traboulsi llegó a Gastos, Lujos y Polenta prácticamente con una vida paralela escondida bajo el saco. En el programa conducido por Cristian Iuale y Myriam Verdú, la política podía esperar unos minutos porque apareció algo muchísimo más irresistible: antes de abogado, dirigente y hombre obsesionado con mirar hacia el mar, Traboulsi fue actor profesional. Y no de esos que hicieron un bolo perdido y cuarenta años después agrandan la anécdota como sábana de dos plazas: su propio currículum registra actividad artística entre 1966 y 1981, en cine, radio, televisión, teatro, publicidad y doblaje. Él fue todavía más gráfico en el estudio: contó que empezó a los seis años, que cantaba, tocaba la guitarra y que durante veinte años trabajó en prácticamente todos los formatos que podía ofrecer el espectáculo argentino. De pronto, el político había desaparecido y en la mesa apareció un pedazo viviente de aquella televisión nacional donde una tira convocaba a medio país y los actores se cruzaban entre Canal 13, radioteatros, estudios de cine y avisos publicitarios. Como diría Mirtha en uno de esos almuerzos donde alguien largaba una bomba sin querer: “¡Qué momento!”.
Y si había una figurita difícil en ese álbum era ésta: Traboulsi trabajó con Alberto Olmedo y Jorge Porcel en Los turistas quieren guerra. Lo contó con una memoria que convirtió el estudio en camarín. Su personaje era un joven gaucho medio opa al que los protagonistas pretendían explicarle cómo funcionaba un grabador durante una secuencia filmada en el campo. Pero el recuerdo más desopilante llegó fuera de libreto: durante una escena a caballo, a Olmedo se le rompió la bombacha de gaucho y la jefa de vestuario fue a buscar la de Carlos. Traboulsi tenía unos 18 años, estaba esperando dentro de un micro junto a las modelos del elenco y terminó entregando la prenda para salvar la filmación. Después, encima, se la devolvieron para que siguiera trabajando. El muchacho quedó en paños menores, rodeado por aquellas mujeres que comenzaron a cargarlo y tirarle onda, mientras él, según recordó entre risas, se moría de vergüenza. También definió a Olmedo y Porcel como tipos simpáticos y recordó a Olmedo haciendo bromas permanentemente incluso cuando las cámaras estaban apagadas. Es esa Argentina cinematográfica irrepetible donde, como decía el Negro, “si lo vamos a hacer, lo vamos a hacer bien”, aunque para hacerlo bien hubiera que sacarle el pantalón a otro actor en medio del campo.
Pero quedarse solamente con Olmedo y Porcel sería hacerle precio a una historia bastante más grande. Traboulsi recordó trabajos con Luis Sandrini, a quien describió como una estrella enorme capaz de acercarse a un chico y explicarle con humildad cómo debía resolver una escena; mencionó sus cruces con Arnaldo André, y repasó participaciones en ficciones fundamentales de aquella televisión, desde Pobre diabla hasta Rolando Rivas, taxista, producción en cuyo elenco efectivamente figura acreditado. En el programa también evocó trabajos junto a Natán Pinzón y Augusto Codecá en sketches de La Revista Dislocada, radioteatro en Las dos carátulas de Radio Nacional y encuentros profesionales con nombres como Cacho Fontana. A eso se agregan sus recuerdos publicitarios: el comercial de Peñaflor en el que aparecía sentado en el umbral de un almacén leyendo historietas y anunciaba la llegada del camión, y otro para Pitagorina, aquella tabla mecánica para aprender las operaciones matemáticas que hoy parece arqueología escolar premium. Lo encantador es que él mismo admite que muchos de esos materiales hoy le llegan desde el exterior, recuperados por gente que los encuentra viendo viejas películas argentinas. Acá cabe una de las leyes fundamentales de este país: nadie es profeta en su tierra, pero siempre aparece un canal de cable a las tres de la mañana para recordarte quién fuiste.
La historia de cómo dejó todo aquello quizá fue el momento más áspero y más humano de la charla. Traboulsi contó que, siendo todavía joven, acompañaba a su madre a cobrar a la sede de la Asociación Argentina de Actores y veía allí a intérpretes que habían sido figuras, ya mayores, esperando un bolo y confesando que no podían pagar una pensión. Su número de asociado era el 4824, dato que coincide con el currículum que publica la Fundación Argentina Azul. Aquella imagen le pinchó el globo del glamour: mientras su madre veía estrellas, él veía gente angustiada porque el teléfono había dejado de sonar. “La pinta pasa muy rápido”, recordó haber pensado. Y ahí tomó una decisión brutalmente práctica: terminó Derecho en la UBA, se recibió de abogado en 1985 y volcó su vida profesional hacia el derecho penal, la gestión pública y finalmente la política. Dicho en criollo, entendió temprano aquello de “más vale prevenir que curar”. Lo notable es que no renegó de la actuación: cuando le preguntaron si se arrepentía, fue tajante. Cree que cada etapa tuvo su destino y dejó abierta una frase hermosa para cualquiera que alguna vez cambió de vida: todavía siente que tiene “carretel para cosas mayores”.
Y entonces sí apareció el Traboulsi político. Actualmente fundador y presidente de la Fundación Argentina Azul, abogado, dirigente democristiano y autor del modelo de desarrollo que lleva ese mismo nombre, convirtió la segunda mitad de la charla en una exposición sobre algo que viene sosteniendo desde hace años: Argentina vive mirando demasiado la tierra y demasiado poco el mar. Su propuesta pretende incorporar el territorio marítimo a la matriz productiva mediante pesca, industria naval, energía, puertos, acuicultura, recursos estratégicos, investigación y planificación a largo plazo. En Gastos, Lujos y Polenta lo explicó con una metáfora bastante efectiva: la política argentina vive con “la sábana corta”, tapa la cabeza y descubre los pies o viceversa; él propone crear, directamente, “una fábrica de sábanas” mediante nuevas fuentes de producción. Habló de recuperar marina mercante, desarrollar puertos, generar ciudades autosustentables sobre la costa, aprovechar mejor los recursos pesqueros y convertir el mar en fuente de trabajo. Muchas de las cifras económicas que mencionó son proyecciones del propio proyecto, no resultados comprobados, pero muestran la dimensión de su apuesta: Traboulsi imagina una planificación de veinte años y sostiene que Argentina Azul podría generar millones de empleos y multiplicar la producción nacional. En términos políticos, su mensaje es bastante menos rebuscado que cualquier paper de quinientas páginas: si siempre hacés lo mismo, después no llores porque obtenés lo mismo.
El cierre fue perfectamente Gastos, Lujos y Polenta: después de recorrer medio siglo de espectáculo argentino, hablar de soberanía marítima, pesca extranjera, defensa, empleo y desarrollo productivo, apareció Gonza Guardia, El Archivólogo, con sus arcanos. Traboulsi no preguntó por una frivolidad sino precisamente por aquello que atraviesa hoy su proyecto político: quiso saber si Argentina Azul llegará a ponerse en marcha. Las cartas devolvieron El Loco y El Sol, una combinación que Guardia leyó como impulso, comienzo, decisión y posibilidad de éxito, y el estudio terminó prácticamente transformado en comité de campaña cuando varios alrededor de la mesa empezaron a regalarle votos anticipados. Allí estaba, en definitiva, el personaje completo: el chico que arrancó casi de casualidad frente a una cámara, el adolescente que compartió sets con monstruos sagrados, el joven que eligió cambiar las candilejas por Derecho y el dirigente que ahora quiere convencer al país de mirar hacia el Atlántico. De ponerse la bombacha de gaucho de Olmedo a discutir cómo recuperar la marina mercante hay una distancia considerable, incluso para los estándares argentinos. Pero como decía Tato Bores, otro de aquellos nombres que Traboulsi cruzó en sus años de espectáculo, en este país pasan cosas tan extraordinarias que lo verdaderamente temerario sería asegurar que algo es imposible.
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