Por Eli B | Para Revista La Realidad
Nos quisieron vender la idea de la media naranja, del “hasta que la muerte nos separe” y de los domingos en pijama mirando series con alguien que ya ni nos calienta… Pero un día dijimos basta, chicas. Se pudrió el rancho. La generación de las decisiones blandas, del “vemos qué onda” y del amor sin etiquetas llegó para quedarse. ¿Y sabés qué? Tiene su encanto, su vértigo… y sus riesgos.
La nueva fauna emocional tiene criaturas extrañas: el parejoide, la pseudo noviecita, el casi algo, el ex que nunca fue, la relación “modo avión”, el “nos hablamos solo si hay lluvia o vacío emocional”.
La consigna es clara: nada de rótulos, todo vibra. Y si no vibra… bueno, siempre está Tinder.
Las parejas intermitentes son la nueva edición limitada del afecto. Vínculos que aparecen y desaparecen como stories de Instagram. Hoy están, mañana se clavan el visto. Y entre “te extraño pero no te amo” y “me hacés bien pero no quiero compromiso”, nos vamos inventando un modelo afectivo a medida… o a los ponchazos.
Un clásico moderno: relaciones sólidas en lo afectivo y erótico, pero con cama afuera. Cada une con su colchón, su gato y su cafetera de cápsulas. ¿Convivir? ¡Qué ordinario!
“Prefiero amarte sin ver tus medias tiradas”, me dijo una amiga que vive enamorada pero no negocia su balcón ni su serie turca de las 3AM.
¿Estamos hablando de libertad o de pánico al roce cotidiano? Spoiler: un poquito de las dos cosas.
Dicen que todo esto es por “autonomía emocional”. Yo digo que muchas veces es puro terror vincular. Porque más que construir la pareja del siglo XXI, estamos aprendiendo a esquivarle al bocho, a la fusión, al compromiso que incomoda.
Como dice la psicóloga Goldberg, hoy cuesta más desnudarse emocionalmente que físicamente. Nos sacamos la ropa, pero no nos bancamos decir: “me gustás posta”.
Y en esa, queridas, a veces nos perdemos. Porque mientras esperamos que el otro “decida qué somos”, se nos pasa la vida entera flotando en una nebulosa emocional con emojis tristes y canciones de Lali.
Aunque estemos todos en plan “open vinculeo”, sin acuerdos no hay magia. Todo vínculo —por más libre, fluido o full contacto visual en el Planetario que sea— necesita una base real. ¿Querés vernos los miércoles? ¿Sos monógamo? ¿Me vas a presentar a tu gato o no pasamos del meme hot?
Se puede negociar la libertad, el tipo de exclusividad, incluso el tono de los audios. Pero hay que hablar, preguntar, mirar a los ojos y —al menos una vez— soltar la frase que más miedo nos da: “¿qué somos?”.
Spoiler 2: si te contesta “somos libres”, pero te stalkea todo y no te deja subir fotos con nadie… no estás en un vínculo libre. Estás en un bondi al despecho sin paradas.
El problema no es que no queramos amar. El problema es que queremos que nos amen sin exponernos. Como si el deseo viniera con delivery sin cargo. Queremos amor sin mosquearnos, intimidad sin riesgo, compañía sin presión. ¿Y sabés qué? No siempre se puede.
Las apps, la ansiedad, los traumas de ex y las mil distracciones que tenemos nos convierten en zombies emocionales con WiFi. Capaz tenés 8 matches y 0 abrazos reales.
Capaz estás durmiendo con alguien que nunca te preguntó cómo estuvo tu día.
Y entonces, claro: te preguntás si esto es amor moderno o apenas una mezcla de ansiedad, miedo y soledad disfrazada de “libertad vincular”.
💄 EL VEREDICTO DE ELI B
¿Estamos mejor que antes? Tal vez. ¿Estamos más perdidos? También.
Porque si bien los vínculos sin rótulos pueden ser un alivio del peso de lo “correcto”, también son una excusa divina para no enfrentar las emociones de verdad.
Mi consejo chic: elegí lo que te haga bien, pero no te conformes con lo que no te nombra. El amor se puede reinventar mil veces, sí, pero sigue siendo eso que te abraza incluso cuando estás hecha bolsa.
Y si no sabés lo que son… preguntá. Y si no te contestan… salí de ahí, maravilla.
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