SONRISAS EN EL CONGRESO, DUDAS EN LA CALLE: LA LEY QUE ABRIÓ UNA HERIDA
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La política argentina tiene memoria selectiva. Se acuerda de lo que conviene y olvida lo que incomoda. Y a veces el archivo —ese bicho terco— aparece justo cuando alguien levanta una copa en el palco.
La escena fue quirúrgica: 135 votos a favor, 115 en contra y la reforma laboral aprobada en la Cámara de Diputados de la Nación Argentina. En el recinto, discursos largos, caras tensas, calculadoras invisibles. En el palco, celebración. Una postal que ya es parte del álbum político de este tiempo.
Entre los que festejaban estaba Manuel Adorni, hoy jefe de Gabinete, hombre de micrófono afilado, tono didáctico y sonrisa que suele aparecer cuando el gobierno logra lo que busca. Nada raro en política. Lo raro es el archivo.
Porque antes del poder, hubo expediente. Antes del discurso sobre modernización laboral, hubo reclamo laboral. Antes de explicar por qué las indemnizaciones deben cambiar, hubo una indemnización propia.
El archivo cuenta que durante casi quince años trabajó en una concesionaria vinculada al universo Renault Argentina. El final no fue amable: carta documento, discusión sobre ausencias, reclamo por salarios no registrados, fecha de ingreso discutida. La liturgia clásica del conflicto laboral argentino.
La demanda llegó a la Justicia del Trabajo. Hubo audiencias, tensiones, acusaciones cruzadas y finalmente acuerdo extrajudicial. Resarcimiento económico homologado. Más de 60 mil dólares al cambio de aquel momento. El sistema que hoy se cuestiona… fue el sistema que entonces protegió.
No es ilegal. No es escandaloso. Es humano. Lo incómodo es el contraste.
La política tiene un mecanismo silencioso: cuando alguien cruza de vereda, cambia también el relato sobre su propia historia. Lo que antes era derecho pasa a ser costo. Lo que antes era reparación se convierte en obstáculo. El poder no borra el pasado, pero intenta reinterpretarlo.
Hay algo en esa escena del palco que explica mucho. Celebrar una ley que reduce el peso de las indemnizaciones mientras el archivo recuerda haber cobrado una es una contradicción que no grita: murmura. Y el murmullo suele ser más potente.
Como decía Arturo Jauretche, “nada hay más peligroso que un zonzo con iniciativa”. El archivo no acusa, pero ilumina. Y cuando ilumina, incomoda.
En la política moderna el lenguaje es central. Se habla de eficiencia, de competitividad, de reglas claras. Palabras limpias para decisiones ásperas. La comunicación construye clima. El clima habilita reformas. Y la distancia emocional hace el resto.
Ese mecanismo —tan estudiado en el comportamiento humano— funciona así: primero se instala una narrativa de crisis, después la necesidad de cambio y finalmente la idea de inevitabilidad. Cuando la decisión llega, ya parece lógica. No porque todos estén convencidos, sino porque muchos se resignaron.
El festejo en el palco entra en esa lógica. No es solo alegría política: es confirmación de control. La sensación de que la historia se mueve en la dirección deseada. El problema aparece cuando el archivo recuerda que esa misma historia, alguna vez, se vivió desde el otro lado del mostrador.
Roberto Fontanarrosa decía que la coherencia es una virtud difícil cuando la realidad cambia. En Argentina, más todavía. Acá todos fuimos algo antes de ser lo que somos ahora. El tema no es el cambio: es la memoria del cambio.
El gobierno de Javier Milei celebra la aprobación como un paso estructural. Parte del electorado también. Otra parte siente que perdió. Esa fractura es el clima de época: reformas que entusiasman a unos y angustian a otros.
El Archivólogo mira la escena y reconoce un patrón viejo. Funcionarios que alguna vez fueron trabajadores. Dirigentes que usaron herramientas que después cuestionaron. Discursos que cambian más rápido que los recuerdos.
No se trata de juzgar trayectorias personales. Se trata de entender símbolos. Y el símbolo de un funcionario celebrando una reforma que reduce aquello que alguna vez reclamó tiene potencia narrativa. Porque expone algo profundamente argentino: la dificultad para sostener la empatía cuando cambia la posición.
Como decía Diego Maradona, “el que no salta…”. La política suele dividir la tribuna. El problema es cuando alguien olvida en qué tribuna estuvo.
La ley ya está aprobada. El debate seguirá. Los números quedarán. Pero el archivo también. Y el archivo, en este país, siempre vuelve.
Porque el poder puede explicar. Puede justificar. Puede celebrar. Lo que no puede hacer es borrar la memoria.