Por Gonzalo Guardia
Revista La Realidad
Notas Silvana Gonzalez/Kevin Armijo
Si viniste buscando una película cómoda, ponete otra campera: PUTAS no es para tibios. Demian —sí, Demian— entrega con esta ópera prima una bomba de tono poético y crudeza callejera que te tambalea los prejuicios y te deja mirando el asiento del cine como si fuera un espejo roto. Y en el ojo del huracán está Esmeralda Mitre: su actuación es lo primero y lo que más pega. Punto.
Esmeralda Mitre: una actuación que se queda
Mitre abre la película y, sin misericordia, te gobierna la pantalla. Su Rubí —la prostituta VIP que queda embarazada por un cliente— atraviesa la pantalla con una mezcla de dignidad rota y furia contenida que cuesta creer que sea una primera lectura para muchos. No es un solo gesto: es una galaxia de microdecisiones actorales: la forma en que suspira antes de decir una mentira, cómo intenta ceder ante el debate moral que la atraviesa y, sobre todo, cómo se deja mostrar frágil y peligrosa al mismo tiempo. Es una actuación que podría ganarse portadas y resistencias por igual: te enamora, te incomoda y te obliga a pensar.
Si alguien duda de que Esmeralda tenga aguante dramático —y hay muchos que se hacen los distraídos— con Rubí les queda clarito: se come la película sin empujones, con velocidad de tango pegado al lomo.
PUTAS despliega seis historias que se entrelazan como pasamanos en un edificio viejo: cada una es un minuto de verdad, a veces poesía, a veces patada en la boca.
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RUBÍ (Esmeralda Mitre): VIP, embarazada, cruzada por el debate moral. (La gran apertura: todo lo demás queda en segundo plano.)
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ALMA (Vanesa González): La visita un cliente (Carlos Belloso) que llega con bombones y buenas intenciones. Él se enamora; ella evita sumar problemas. Un encuentro tierno pero marcado por la distancia de lo imposible.
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AMOR (Florencia Geréz): contratada por la madre de Gerardo Chendo para acompañar a su hijo con problemas mentales. La escena en la pileta es un juego erótico que deriva en un desenlace precioso, duro y sorpresivo; la madre —interpretada por la gran María Rosa Fugazot— aporta una potencia dramática de antología.
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GIGI (Carolina Mazzitelli): prostituta de pasillo, fuma paco, la vida hecha trapo, y sueña con ser actriz y arriba del escenario hacer stand up. Mazzitelli y Roly Serrano entregan una de las historias más salvajes y tristes: contraste brutal entre la fantasía y la realidad.
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La historia trans (Mariana A): una prostituta trans se enamora de un cliente casado: el amor parece mutuo pero se desata una furia celosa impactante. Actuación valiente de Mariana A, que se anima al desnudo total —un hito en la pantalla latinoamericana por su honestidad y riesgo— junto a Fabián Vena, que explota en celos y se come las escenas.
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ESTRELLA (Celeste Muriega): VIP con familia: marido, hijos, doble vida. Se dedica al trabajo sexual para sostener la casa y tiene una performance magnética en un boliche; sensualidad que duele y se vuelve decisión práctica.
Cada historia tiene su pulso y su nombre en pantalla: Rubi, Alma, Gigi, Amor, Carla y Estrella. Juntas forman un mosaico que no busca sermonear: muestra y exige respuestas personales del espectador.
Que esto sea ópera prima del director —uno que comenzó con la obra performática del mismo nombre y que tardó cinco años entre reescrituras y producción— es casi un insulto a la industria. La película está tan cuidada técnicamente que parece obra de alguien con quince años de oficio. Fotografía medida, planos que respiran, montaje que no perdona y una mezcla musical que sostiene sin aplastar. La producción corre por cuenta de Las Pulsiones de Yamyla, una productora nacida en una fábrica recuperada que conoce el under porteño y le gusta meter el dedo en la llaga.
Demian Alexander — lo dice con honestidad: la idea nació en pandemia, no se pudo presentar la obra y la película demoró cinco años. “Fue mucho trabajo, mucha dedicación, mucho esfuerzo. Hacer cine es el proceso más difícil del arte, porque se mezclan todas las demás artes… Pero lo que queda es eterno. Yo me voy a morir y la película va a seguir existiendo”, contó el director. Esa devoción se nota en cada encuadre.
No hay una sola estrella: hay constelaciones. Esmeralda Mitre domina la primera línea, pero las demás actuaciones acompañan con riesgos reales: Vanesa González y Carlos Belloso encuentran un tono íntimo y sencillo; Florencia Geréz y Gerardo Chendo regalan ternura y desconcierto; Carolina Mazzitelli se juega hasta los huesos en un papel que podría haber caído en lo efectista y lo salva con verdad; Mariana A desafía barreras sociales y cinematográficas con una entrega absoluta; y Celeste Muriega ofrece sensualidad cotidiana y una escena de club que se queda pegada en la memoria.
La banda sonora y la dirección musical acompañan como latido. Con música original de Diego Frenkel, dirección y mezcla musical de Mariano Holiva, la partitura empuja sin adoctrinar. Dirección de sonido a cargo de @ko.post; color grading por @juanmagrama; asistente de producción @f10rencia.gimenez. Dirección de producción: Las Pulsiones de Yamyla. Son detalles que, sumados, levantan una película que por momentos parece un ejercicio de precisión quirúrgica en lo emocional.
Créditos que no podemos dejar pasar:
Producción: Las Pulsiones de Yamyla
Música original: @diegofrenkel
Asistente de producción: @f10rencia.gimenez
Director de sonido: @ko.post
Color Grading: @juanmagrama
Dirección y mezcla musical: @marianoholiva
Ph: @fedelorenzo_df
Sonido: @ko.post
¿Por qué puede ser película de culto?
Porque tiene riesgo estético y moral a la vez. Porque no pide permiso para ser fea, bella o detestable. Porque mira a sus protagonistas sin la condescendencia de la compasión paternalista: las muestra complejas, con decisiones, culpas, boxeos con la vida y una belleza salvaje. Es indie con ambición de clásico. Si la recepción acompaña, va a pegar fuerte en ciclos, festivales alternativos y en la memoria de quienes la vean sin prejuicios.
Estreno: 13 de noviembre en muchas salas. Si sos de los que va al cine para que le cambien el humor o para discutir hasta la madrugada, anotate la fecha.
PUTAS es una película incómoda y necesaria: para algunos será provocación barata; para otros, una de esas miradas que remueven costras viejas. Entre ambas posturas, queda lo más importante: una actuación de Esmeralda Mitre que merece tinta y debate, y un primer filme que demuestra que el cine joven argentino todavía tiene ganas de jugar fuerte.
Cerrá los ojos un segundo: si el cine es una máquina de empatía, PUTAS la desafía a ser honesta. Y si la pantalla te deja pensando, ya hizo su trabajo.
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