Por Simón Baguear Smith
Hay fotos que dicen todo sin abrir la boca. Y después está esta: uno con cara de “me cortaron las piernas” y otro revoleando un gato como si fuera un peluche de kermesse. El fútbol, esa “dinámica de lo impensado” que decía Panzeri, a veces se transforma en una tragicomedia que ni el mejor guionista de Poné a Francella se animaría a escribir.
Brasil, señores… Brasil. El país que nos vendía “jogo bonito” como si fuera exportación premium, hoy parece un equipo que juega con manual europeo, GPS táctico y psicólogo en el banco. Todo muy ordenadito… pero sin alma. Como diría la abuela: “mucha pinta, poco guiso”.
Porque seamos honestos: algo se rompió. Y no fue ayer.
Hubo una época —no tan lejana— donde Brasil tenía tipos que parecían salidos de un asado eterno. Ronaldo con la panza feliz, Ronaldinho que jugaba como si estuviera en la canchita del barrio y Rivaldo con cara de pocos amigos pero una zurda que te apagaba la luz.
¿Disciplina? Sí, más o menos.
¿Talento? Todo.
Y ahí estaba la magia: el desorden creativo. El potrero elevado a arte. El “segurola y Habana” pero con gambeta. Te bailaban, te sonreían, te vacunaban… y se iban de joda. Y vos, mirando la tele, decías: “Que bien que lo hacen”…Y estos te la hacían desaparecer.
El Mundial 2002 fue eso: la última gran fiesta. Después… silencio.
Hoy el panorama es otro. Jugadores atléticos, profesionales, cero alcohol, dieta balanceada… todo perfecto. Pero cuando hay que meter la pata fuerte, aparece el temblor.
Antes te pisaban y te decían “levantate”. Ahora te miran con culpa.
Y ahí es donde el hincha, ese que lleva frases tatuadas en el alma, suelta:
“Jugamos como nunca y perdimos como siempre.”
Brasil dejó de ser Brasil para convertirse en una versión prolija de Europa. Y ya sabemos cómo termina eso… “Si queremos que las cosas cambien, no podemos seguir haciendo lo mismo”. Bueno, parece que no escucharon.
Y después está lo otro. Lo que no entra en Excel ni en pizarras tácticas.
El famoso episodio del gato en Qatar 2022.
Un felino aparece, se posa tranquilo… y de repente, ¡zas! Lo agarran del lomo y lo tiran. Un gesto que en otro contexto sería una anécdota menor, pero no ahí. No en una cultura donde los gatos son casi sagrados.
Desde ese instante… caída libre.
Eliminación con Croacia.
Derrotas históricas.
Entrenadores que van y vienen.
Neymar lesionado.
El Maracaná tomado por el rival.
Como si alguien allá arriba hubiera dicho:
“A vos no te va tan mal, gordito… pero ahora vas a aprender.”
Y el fútbol, que siempre tiene algo de mística, empezó a susurrar: la maldición del gato.
Brasil hoy corre, mete, presiona… pero no enamora. Y sin esa chispa, sin ese atrevimiento casi insolente, pierde su esencia.
Porque el fútbol brasileño no era solo ganar. Era hacerlo con estilo. Con desparpajo. Con esa mezcla de potrero, samba y rebeldía que te hacía decir: “estos juegan a otra cosa”.
Hoy, en cambio, parece que alguien les bajó línea:
“Dentro de la ley, todo; fuera de la ley, nada.”
Y claro… sin desorden no hay magia.
La pregunta queda flotando como pelota en el área:
¿Brasil necesita volver a tener un “loco lindo”? Un distinto. Un fiestero. Un irreverente. Alguien que rompa el molde.
Porque como decía el viejo axioma del tablón:
“Ganar no es lo más importante, es lo único”… pero si encima jugás lindo, sos eterno.
Hoy Brasil ni gana… ni seduce.
Y mientras tanto, el fantasma del gato sigue caminando por el Maracaná, mirando de reojo, como diciendo:
“Yo les avisé…” 🐾
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