Por Gonzalo Guardia| Revista La Realidad
Cuando el reloj de la historia marca las horas más insólitas de la Argentina, siempre hay alguien que se anima a contarlas. Esta vez fue Prime Video, que tiró toda la carne al asador con Menem, la serie que promete ponerle cara, voz y carne a uno de los presidentes más controversiales del siglo XX. Pero el verdadero plato fuerte es Leonardo Sbaraglia, quien no solo lo interpreta… lo encarna, lo canaliza, lo convierte en un espejo tremendo del alma argentina.
Sí, el Turco volvió. Pero en HD, con estética pop, montaje filoso y dirección quirúrgica de Ariel Winograd, que ya nos había volado la peluca con Coppola, el representante. Acá repite fórmula, pero con más riesgo, más peso histórico y más profundidad. Y lo logra.
Sbaraglia se carga la serie al hombro con una entrega que bordea lo místico. Se preparó seis meses, trabajó con foniatra para encontrar la voz nasal y seductora de Menem, bajó la estatura con técnica corporal, estudió el aura del personaje, su andar, su mirada y —sobre todo— su magnetismo. “Fue una experiencia top tres de mi carrera”, dice el actor. Y se nota.
Pero ojo, no es una imitación, no es archivo con patas. Es una construcción dramática que toma distancia justa para no caer en el panfleto ni en la beatificación. Sbaraglia no juzga: entiende. Y desde ahí, transforma.
Menem no viene a blanquear a nadie. Ni es “light”, ni es revisionista edulcorada. La serie muestra lo que fue: la ostentación, la Ferrari roja, las privatizaciones, los atentados, el Pacto de Olivos, los parripollos, la desindustrialización, la pizza con champagne y la bomba que explotaba en cámara lenta bajo la alfombra.
Y todo eso está ficcionado, sí. Pero con la potencia del buen arte. Como diría Spinetta, “la verdad no está en un solo sueño, sino en muchos sueños”. Acá hay uno que pega fuerte.
¿Esto pasó tal cual? No. ¿Importa? Tampoco. Acá lo que vale es entender que estamos frente a una obra audiovisual de alto vuelo, que juega con licencias narrativas, que mezcla sátira, política, estética noventosa, ritmo vertiginoso y escenas que rozan lo teatral.
La serie no viene a educar, viene a provocar. Viene a hacernos mirar ese espejo en el que, con dolor, seguimos viendo nuestra historia repetir sus peores coreografías.
Griselda Siciliani se calza el traje de Zulema Yoma y le pone humanidad, dureza y una cuota exacta de absurdo a una mujer que fue símbolo de una época. Acompañan Juan Minujín, Campi como Cavallo, Agustín Sullivan como Carlitos Jr. y Cumelén Sanz como Zulemita, todos con actuaciones que rozan lo quirúrgico.
Pero sí, lo repetimos: la serie es Sbaraglia. Es su show, su desafío y su obra maestra.
El propio Sbaraglia lo dijo sin vueltas: “La serie se hace cargo de esta Argentina sangrante, la de ese momento y la actual”. Porque sí, el debate está servido. ¿Es Menem el antecedente político de Milei? ¿Es la serie un aviso, una advertencia, un testamento? ¿O es simplemente arte?
Cada espectador lo sabrá. Pero lo que nadie puede negar es que Menem, la serie, no pasa desapercibida. Porque el que quiera oír, que oiga.
🧠 El Veredicto de El Archivólogo
“Esto no es un documental ni un homenaje. Es una obra. Y como toda obra valiente, incomoda, fascina y deja pensando. Sbaraglia no solo hace de Menem, hace de Argentina. De la que fuimos, de la que somos, y —ojalá no— de la que podríamos volver a ser.”
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