Roberto García Moritán visitó Gastos, Lujos y Polenta, habló de la Selección, Milei, la falta de una oposición, Patricia Bullrich, las pymes, la educación y la inteligencia artificial. Y antes de irse dejó una advertencia con aroma electoral: “Prepárense, porque se van a comer un dolor de cabeza tremendo”.
Hay programas de televisión donde el invitado entra, se sienta derechito, cruza las piernas, toma un vaso de agua y responde como si estuviera rindiendo el oral de Educación Cívica.
Y después está Gastos, Lujos y Polenta.
Ahí la cosa es distinta. Ahí se entra como se entraba a la casa de un amigo un domingo al mediodía: saludando desde la puerta, preguntando qué hay para comer y agarrando confianza antes de que te indiquen dónde está el baño.
Roberto García Moritán llegó al programa conducido por Cristian Iuale y Myriam Verdú, con el doctor Gustavo Delía como uno de los integrantes de la mesa, y rápidamente entendió el código del lugar.
“Llegué, me serví un café y estaba despatarrado ahí atrás en los sillones”, contó entre risas.
Traducido al idioma argentino: estaba como en su casa.
Y cuando un político se siente como en su casa, pueden pasar dos cosas: o se cuida más que arquero con amarilla o se larga a hablar sin el casete puesto. Moritán eligió lo segundo.
La charla arrancó por donde durante esas semanas arrancaban casi todas las conversaciones de los argentinos: el Mundial y la derrota de la Selección en la final.
Porque acá uno puede estar hablando del riesgo país, del precio de la carne o de la inteligencia artificial, pero siempre aparece alguno que pregunta: “¿Y para vos qué pasó en el segundo tiempo?”.
Moritán no se subió al caballo de la tragedia ni salió a buscar culpables con una lupa. Reconoció que el equipo llegó sin piernas y sostuvo que, aun perdiendo, esa Selección había ganado algo mucho más importante que un partido.
“Para mí ganaron igual”, afirmó.
Y explicó que el equipo representaba una forma distinta de liderazgo: sin trampa, sin mala leche, sin estridencias y pensando en conjunto.
Dicho de otro modo, Moritán utilizó a la Selección como metáfora de una Argentina posible.
Una Argentina donde no todo se resuelve a los codazos, donde no hace falta pisarle la cabeza al de al lado para salir primero y donde el éxito no tiene por qué venir acompañado por la avivada.
“Con buena leche, cumpliendo las reglas de juego, siendo honesto, pensando en equipo y en el bien común”, resumió.
En un país donde durante décadas nos hicieron creer que el vivo era el que pasaba por la banquina y el gil el que esperaba en la fila, la reflexión no fue menor.
La Argentina perdió una final, sí. Pero para Moritán aquel plantel seguía siendo una Selección que lo representaba.
Además, consideró que la ampliación del Mundial y la acumulación de partidos habían dejado a varios jugadores agotados. Incluso planteó que, con el viejo formato de competencia, el duelo contra Inglaterra habría tenido prácticamente el peso de una final.
“Llegaron sin piernas”, insistió.
Y ahí nomás, sin pedir permiso, la pelota rodó desde la cancha hacia la política.
Porque en la Argentina todo termina en política. Hasta una discusión sobre un lateral mal tirado puede desembocar en el déficit fiscal. Somos así. Un país donde el mozo te pregunta si querés soda y a los cinco minutos ya estás opinando sobre la Corte Suprema.
El doctor Gustavo Delía puso sobre la mesa la intención de Javier Milei de buscar otros cuatro años en el poder y profundizar su modelo.
Moritán respondió con una pregunta que atravesó buena parte de la entrevista:
“¿Cuál es la alternativa?”.
Para él, ese es el gran problema de la Argentina actual.
No afirmó que todo estuviera resuelto ni que el modelo hubiera entregado ya los resultados prometidos. Al contrario: sostuvo que todavía faltaba tiempo para evaluar las reformas, consolidar el superávit fiscal, recuperar la confianza en el peso y desarrollar plenamente áreas como la minería y los hidrocarburos.
Pero, al mismo tiempo, planteó que enfrente no aparecía una propuesta consistente.
“No hay oposición”, señaló.
Según su análisis, el kirchnerismo conserva un piso electoral importante, pero llega cargando el peso de la pobreza, la corrupción y la destrucción de la cultura del trabajo.
Moritán consideró que buena parte de ese poder todavía se sostiene en estructuras estatales y territoriales, especialmente en la provincia de Buenos Aires.
Para decirlo en criollo: el muerto todavía mueve la pata.
También remarcó que dentro del Estado continúan enquistadas personas que responden a una lógica donde la caja pública es tratada como una alcancía personal.
Aquella vieja costumbre argentina de creer que lo público no es de todos sino del que llegó primero y encontró la llave.
“La Argentina todavía está sufriendo las consecuencias de años de robo, corrupción y mala praxis política”, afirmó.
Sin embargo, Moritán tampoco le extendió un cheque en blanco al oficialismo.
Frente a la pregunta de por qué el Gobierno no avanzaba sobre determinados espacios estratégicos del Estado, reconoció que podía existir una combinación de falta de cuadros, necesidad de recurrir a personas que conocen el funcionamiento interno y decisiones políticas de no tocar ciertas estructuras.
El planteo fue incómodo, pero realista: para gobernar no alcanza con tener un discurso, una motosierra o una cuenta activa en las redes sociales. Hace falta gente que sepa dónde están los expedientes, cómo gira la rueda y qué botón no hay que apretar porque explota todo.
Y ahí apareció el 2027.
La mesa comenzó a mencionar reuniones, movimientos internos, reagrupamientos y nombres que ya calientan antes de tiempo.
Porque en la política argentina nunca terminó una elección cuando ya empezó la siguiente. Es como ese pariente que todavía no levantó los platos de Navidad y ya está preguntando dónde pasamos Año Nuevo.
Moritán sostuvo que los argentinos no quieren más peleas entre dirigentes que, en teoría, comparten el mismo rumbo general de país.
Su lectura es que el PRO no debería presentar un candidato propio que termine fragmentando el espacio.
Para él, lo más razonable sería una convergencia entre Milei, Mauricio Macri y Patricia Bullrich, ya sea mediante un acuerdo, una interna o algún mecanismo electoral común.
“Sería un error que el PRO fuera con candidato propio”, afirmó.
Sobre Patricia Bullrich, destacó su vocación de poder y su capacidad política, aunque también recordó que la disputa interna con Horacio Rodríguez Larreta le había resultado costosa.
Aun así, la consideró una figura con condiciones para integrar una fórmula presidencial.
“Es la mejor compañera de fórmula por lejos”, expresó sobre una eventual candidatura junto a Milei.
En cambio, se mostró menos preocupado por el armado político de Victoria Villarruel.
No negó que pudiera representar un peronismo de derecha o convertirse en una figura incómoda, especialmente en la provincia de Buenos Aires, pero no la vio con fuerza suficiente como para alterar el rumbo general del oficialismo.
“Villarruel no me hace ruido”, resumió.
La entrevista avanzaba con nombres, versiones y armados, como una de aquellas mesas de café donde alguno siempre bajaba la voz y decía: “Esto no lo podés publicar, pero…”.
Sin embargo, el momento más contundente llegó cuando la conversación se trasladó a la Ciudad de Buenos Aires.
Ahí Moritán dejó de hablar como analista y empezó a hablar como jugador.
Reconoció que camina la Ciudad, que conoce sus barrios y que tiene vocación de competir. Destacó que, a diferencia de muchos dirigentes, sabe lo que significa levantar la persiana de un comercio, generar empleo y sostener una pyme.
“No sé cuántos candidatos alguna vez dieron trabajo directamente”, disparó.
La frase tocó uno de los nervios históricos de la Argentina.
El del comerciante que abre aunque llueva.
El del tipo que paga sueldos antes de pagarse a sí mismo.
El del que escucha que “hay que apoyar a las pymes” desde hace treinta años, pero cada mañana se encuentra con un impuesto nuevo pegado en la puerta.
Moritán defendió a la pequeña y mediana empresa no sólo como motor económico, sino como una verdadera escuela de vida.
“La pyme es la mayor educadora de la cultura del trabajo”, aseguró.
Según su visión, dentro de una empresa familiar se aprende a cumplir horarios, asumir responsabilidades, convivir con otros y entender que detrás de cada sueldo hay esfuerzo, riesgo y organización.
Para Moritán, esa red de pequeñas empresas fue la que permitió construir durante décadas una clase media fuerte, preparada y con aspiraciones de progreso.
Esa vieja Argentina donde alguien empezaba de cadete y podía terminar poniendo su propio negocio.
Donde estudiar un oficio era tener una llave.
Donde el padre le decía al hijo: “Aprendé algo, que el saber no ocupa lugar”.
El problema, explicó, es que la destrucción del salario y la falta de crecimiento terminaron quitándole sentido al esfuerzo.
Si no existe demanda de trabajo, el trabajo pierde valor.
Si no se agranda la economía, las pymes no pueden contratar.
Y si contratar a una persona implica poner en riesgo todo el negocio por un sistema laboral imprevisible, el comerciante baja la persiana antes de empezar.
En ese punto, Moritán cuestionó duramente el modelo que enfrentó al trabajador con el empresario.
“El patrón es el enemigo”, ironizó al describir el relato que, según él, se instaló durante años.
Para el dirigente, el sistema terminó perjudicando a ambos lados: agobió al sector privado con impuestos, burocracia y riesgos laborales, pero tampoco logró que docentes, médicos, enfermeros, policías o integrantes de las Fuerzas Armadas vivieran dignamente.
Es decir: hicieron la ensalada, rompieron la fuente y encima nadie comió.
Moritán sostuvo que la pobreza y el enojo fueron utilizados políticamente.
“Los necesitan pobres, inquietos y dispuestos a salir a pelear por ellos”, afirmó.
La educación ocupó otro tramo central de la charla.
Recordó que, durante su paso por la Legislatura porteña, acompañó una modificación para que los docentes pudieran mejorar su salario no solamente por antigüedad o ascenso jerárquico, sino también a través de la capacitación.
La idea parecía sencilla: el maestro que estudia, se perfecciona y mejora sus capacidades debería ser recompensado.
Pero, según relató, la propuesta encontró una resistencia feroz.
“Prendían fuego la Legislatura porque no querían que pasara”, recordó.
Moritán interpretó esa reacción como parte de una resistencia al mérito y al progreso individual.
En la Argentina, cada vez que alguien pronuncia la palabra “mérito”, se arma una batahola. Algunos la presentan como una virtud; otros, como si fuera una mala palabra escrita en la puerta de un colegio.
Sin embargo, el invitado fue más allá del debate salarial y planteó que el sistema educativo necesita una transformación profunda debido al avance tecnológico.
Ahí apareció el tema que cambió completamente el clima de la conversación: la inteligencia artificial.
Moritán contó que trabaja en regulaciones para las llamadas DAO, organizaciones autónomas descentralizadas.
Su propuesta apunta a que en la Ciudad puedan instalarse empresas cuyos directorios estén integrados por inteligencia artificial y que operen, por ejemplo, vehículos autónomos.
La imagen parecía sacada de una película de ciencia ficción de los años ochenta, de esas en las que uno esperaba que en el año 2000 los autos volaran y las heladeras hablaran.
Bueno, las heladeras todavía no opinan de política, pero falta poco.
Según explicó, estas empresas podrían generar rentabilidad, pagar impuestos y distribuir beneficios a través de un concepto que llamó “dividendo universal”.
Para Moritán, la discusión futura no será únicamente cómo conseguir trabajo o dinero.
La gran pregunta será otra:
“¿Por qué nos levantamos todas las mañanas?”.
El dirigente imaginó un escenario donde la automatización pueda resolver buena parte de las necesidades económicas básicas y obligue a las personas a buscar un propósito más profundo.
Una idea tan fascinante como inquietante.
Porque una cosa es que una máquina te haga el trámite del registro y otra muy distinta es despertarte un martes y descubrir que el algoritmo también trabaja, administra y maneja mejor que vos.
En ese mundo, sostuvo Moritán, las carreras tradicionales perderán peso y serán cada vez más importantes la creatividad, el pensamiento crítico y las llamadas habilidades blandas.
También propuso abandonar un sistema educativo uniforme que trata a todos los estudiantes como si aprendieran de la misma manera y al mismo ritmo.
Mencionó un modelo donde cada chico avanza de acuerdo con sus intereses, capacidades y compromiso, sin que el que aprende más rápido deba frenarse ni el que necesita más tiempo quede marcado como el último orejón del tarro.
La conversación volvió luego a los problemas concretos de la Ciudad: basura, seguridad, diferencias entre barrios y falta de controles.
Moritán evitó atacar directamente a quienes habían sido sus compañeros de gestión, pero dejó claro que imagina una Ciudad distinta.
Una Ciudad más moderna, con mayor control, una economía basada en la innovación y un sistema educativo preparado para un mundo que ya llegó, aunque muchos todavía estén buscando el manual de instrucciones.
Y cuando el programa entraba en tiempo de descuento, llegó la definición que convirtió toda la entrevista en una especie de lanzamiento anticipado.
Le preguntaron cómo se veía políticamente rumbo a 2027.
Moritán no confirmó formalmente una candidatura, pero tampoco hizo falta llamar a un traductor.
“A todos los que tienen intención de jugar a jefe de Gobierno, prepárense porque se van a comer un dolor de cabeza tremendo”, lanzó.
Y agregó:
“Tengo un equipo que va a hacer sacudir el día electoral”.
Más claro, echale agua.
Roberto García Moritán entró a Gastos, Lujos y Polenta, se sirvió un café, habló de la Selección, defendió a las pymes, cuestionó al kirchnerismo, pidió unidad entre Milei, Macri y Bullrich, imaginó empresas gobernadas por inteligencia artificial y terminó avisando que quiere dar pelea por la Ciudad.
Como decía aquel viejo latiguillo televisivo, “esto recién comienza”.
Porque en la política argentina nadie se baja definitivamente, nadie se retira del todo y nadie visita un programa solamente para tomar café.
Y Moritán, antes de irse, dejó la pelota picando frente al arco.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
Moritán entendió algo que muchos políticos todavía no aprendieron: antes de hablarle al electorado hay que hablarle a la gente.
No llegó con un discurso de escribano ni con una carpeta llena de números que nadie recuerda. Habló de fútbol, de su hija, de las pymes, de los docentes, de los comerciantes y de esa Ciudad que cambia de cara según el barrio donde uno baje del colectivo.
También dejó contradicciones, interrogantes y proyectos que necesitarán mucha explicación. Porque una empresa manejada por inteligencia artificial y un dividendo universal suenan bárbaro hasta que alguien pregunta quién programa la máquina, quién controla al que la programa y quién paga cuando el robot se manda una macana.
Pero hubo una certeza.
Moritán no fue al programa a recordar glorias pasadas.
Fue a avisar que sigue en carrera.
Y cuando un político mira a cámara y les dice a sus posibles rivales que se preparen para un dolor de cabeza, no está dando una opinión.
Está tocando el timbre.
Ahora falta saber quién le abre la puerta.
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