LUTO EN EL CINE: MURIÓ LUIS PUENZO, EL PADRE DE “LA HISTORIA OFICIAL”

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LUTO EN EL CINE: MURIÓ LUIS PUENZO, EL PADRE DE “LA HISTORIA OFICIAL”

“Todo concluye al fin, nada puede escapar…” y esta vez no es una canción de fogón ni un cassette gastado en el Fiat 147: es la sensación amarga de que se fue Luis Puenzo, uno de esos tipos que no venían a hacer ruido… venían a dejar marca. Y vaya si la dejó. A los 80 pirulos, en Buenos Aires, bajó el telón sin escándalo, como los grandes, pero con una filmografía que todavía hace eco. Porque hay gente que pasa, y hay gente que te deja pensando. Puenzo era de los segundos.

Dicen que el cine es mentira… pero este tipo te la contaba tan bien que te dolía como verdad. En un país experto en mirar para otro lado —“no te metás”, ¿te suena?— apareció él con La historia oficial y te dijo: “sentate, mirá y bancate lo que ves”. Y ahí estábamos todos, medio incómodos, medio con un nudo en la garganta, entendiendo que no era solo una película: era un espejo. Uno de esos que no perdonan.

El 24 de marzo del ‘86, mientras acá todavía estábamos acomodando los muebles de la democracia, el tipo se subió al escenario de los Oscar y tiró una frase que no fue acting ni speech armado por un yankee de traje caro. Fue memoria pura. De la que pesa. De la que no se negocia. Y ahí Argentina, por una vez, no fue noticia por el quilombo sino por el talento. Primer Oscar. Primer cachetazo elegante al mundo. Como diciendo: “sí, venimos del barro… ¿y qué?”.

Pero ojo, que Puenzo no era solo “el del Oscar”. Venía de antes, de la publicidad, de esa escuela donde aprendés a contar mucho en poco tiempo. Aunque él no quería venderte shampoo: quería sacudirte la cabeza. En los 70 ya estaba metido en el barro creativo, cuando el país era una caldera. Y después del bombazo, cruzó a Hollywood sin pedir permiso, dirigió a pesos pesados como Jane Fonda y Gregory Peck, laburó con William Hurt y Robert Duvall… pero nunca perdió ese aire de tipo que toma café en Corrientes y te discute de cine como si fuera la final del ‘86.

Después le tocó otra película, más ingrata y sin glamour: la de gestionar. Como presidente del INCAA en tiempos de Alberto Fernández, se metió en ese barro donde todos opinan y pocos hacen. Y ahí no hay aplausos ni alfombra roja, hay presupuesto que no alcanza y críticas que sobran. Pero bueno, como diría la abuela: “el que se quema con leche ve una vaca y llora”… y en Argentina, gestionar cultura es vivir con el extinguidor en la mano.

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Puenzo no fue un director cómodo. No vino a hacerte reír livianito ni a llenarte de efectos. Vino a tocarte donde duele. A recordarte que hubo una historia que algunos quisieron borrar. Y que el cine, cuando se pone serio, puede ser más filoso que cualquier editorial. Porque sí, maestro, “la única verdad es la realidad”… y vos la filmaste como pocos.

Hoy el aplauso es largo, de esos que no sabés bien cuándo terminan. Se fue un tipo que entendió que contar también es una forma de pelear. Y en un país donde muchas veces el silencio fue cómplice, él eligió hablar. Con cámara, con actores, con historias.

Y ahora que la sala queda en penumbras, uno se queda pensando… qué pocas veces el cine argentino fue tan valiente sin gritar, tan político sin panfleto, tan humano sin golpes bajos. Puenzo hizo eso. Y no es poco.

Porque al final del día, como decía el Diego, “la pelota no se mancha”… y el cine de Puenzo tampoco. 🎬

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