LA COPA DEL MUNDO ES MUJER… Y HAY AMORES QUE NUNCA ACEPTAN EL OLVIDO

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El Archivólogo

Hay películas que envejecen.

Y hay otras que, con el paso del tiempo, parecen hacerse más inteligentes.

Wall Street, aquella joya de Oliver Stone de 1987, pertenece a ese segundo grupo. Michael Douglas construyó a Gordon Gekko, un hombre que entendía el dinero, el poder y la gloria como si fueran seres vivos. Como si la fortuna fuera una mujer elegante. Seductora. Caprichosa.

Una mujer que nunca acepta que la den por conquistada.

Porque cuando creés que ya es tuya…

…ella ya está mirando para otro lado.

Y mientras volvía a ver esa película, no pude dejar de pensar en otra mujer.

La más hermosa de todas.

La Copa del Mundo.

Sí.

La Copa también es mujer.

Y el que alguna vez la tuvo entre las manos sabe que jamás deja de pertenecerle del todo.

Los argentinos no la levantamos.

La enamoramos.

No fue una relación de una noche.

Fueron treinta y seis años de cartas sin respuesta.

De promesas.

De lágrimas.

De «la próxima será».

De Italia 90.

De Estados Unidos 94.

De Francia 98.

De Alemania 2006.

De Sudáfrica 2010.

De Brasil 2014.

Y cuando aquella final se escapó en el Maracaná, Lionel Messi dijo una frase que quedó tatuada para siempre.

«Vamos a volver.»

No fue una declaración.

Fue un juramento.

Los juramentos no tienen fecha de vencimiento.

Pasaron ocho años.

Y llegó Qatar.

Entonces ocurrió algo que pocas veces pasa en la historia del deporte.

No solamente ganamos un Mundial.

Fuimos testigos de una historia de amor.

Messi no levantó la Copa como un capitán levanta un trofeo.

La abrazó.

La besó.

La acarició.

La miraba como quien encuentra a alguien que buscó durante toda la vida.

Esa primera noche…

durmió con ella.

Como un chico que teme despertarse y descubrir que todo fue un sueño.

Nunca una imagen explicó tanto sin decir una palabra.

Después vino la locura.

Qatar se convirtió en una esquina de Buenos Aires.

Miles de argentinos cantando.

Desconocidos abrazándose.

Gente llorando.

Otros llamando por videollamada a sus viejos.

Y mientras tanto…

del otro lado del planeta…

cinco millones de personas salían a las calles.

Cinco millones.

Cinco.

No existe una cámara capaz de mostrar semejante abrazo.

Porque aquel día la Argentina no festejó un campeonato.

Celebró una reconciliación con su propia historia.

La Copa parecía feliz.

Y uno tiene derecho a creer que las copas también sienten.

Porque hay objetos que terminan absorbiendo el alma de quienes las levantan.

La Jules Rimet conoció a Pelé.

Esta conoció a Messi.

No es poca cosa.

Ahora cambió de dueño.

Porque así funciona el fútbol.

Y porque ninguna historia dura para siempre.

España ganó legítimamente.

Eso no se discute.

Lo que llamó la atención fue otra cosa.

La forma.

Mientras en Argentina parecía que el planeta entero estaba de cumpleaños…

las imágenes que llegaron desde Nueva Jersey mostraban una celebración mucho más contenida.

Los hinchas abandonaban el estadio con una tranquilidad que, para nosotros, resultaba casi imposible de comprender.

Como quien sale de ver una buena película.

Sin lágrimas.

Sin locura.

Sin perder la voz.

Después apareció otra imagen.

La Copa viajando dentro de una bolsa de plástico.

Y ahí el Archivólogo sintió un pequeño pinchazo en el corazón.

No porque estuviera mal.

Sino porque nosotros…

nosotros jamás hubiéramos podido hacer eso.

Nosotros la hubiéramos sentado en el asiento delantero.

Con cinturón de seguridad.

El argentino desarrolla una relación completamente irracional con la Copa del Mundo.

La bautiza.

Le habla.

Le saca fotos.

Le hace promesas.

Hasta sospecho que alguno le preguntaría si tiene frío.

Sí.

Estamos completamente locos.

Y menos mal.

Porque el amor verdadero siempre tiene algo de locura.

España seguramente la disfrutará a su manera.

Cada pueblo ama distinto.

Eso también hay que entenderlo.

Pero desde este rincón del Río de la Plata no podemos evitar pensar una sola cosa.

Cuidámela.

No la rayes.

No la dejes sola.

No la olvides arriba de una mesa.

Porque ella tiene memoria.

Y las mujeres que tienen memoria…

también recuerdan quién las hizo felices.

Ya empezó el Operativo Retorno.

La primera pelota va a rodar en nuestra tierra.

Después el Mundial seguirá viaje.

España.

Portugal.

Marruecos.

Y entonces habrá que ir a buscarla.

No por revancha.

Por amor.

Porque hay amores que nunca terminan.

Simplemente esperan.

Hace unas horas, Nico Paz dijo que va a hacer todo lo posible para devolver la Copa a la Argentina.

Escucharlo fue inevitablemente recordar aquella promesa de Messi después de perder con Alemania.

«Vamos a volver.»

Volvimos.

Porque los sueños, cuando los promete un capitán de verdad, no siempre llegan rápido…

…pero llegan.

VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO

La Copa del Mundo nunca pertenece completamente a nadie.

Ella elige dónde quedarse.

Y tengo la sensación de que, mientras hoy duerme en otra casa…

de vez en cuando abre un ojo.

Mira hacia el sur.

Escucha un bombo lejano.

Un «Muchachos…»

Un banderazo.

Un mate compartido.

Y sonríe.

Porque sabe que hay un pueblo entero esperándola.

No con ansiedad.

Con amor.

Y las mujeres…

las de verdad…

siempre terminan volviendo al lugar donde alguna vez fueron inmensamente felices.

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Y COMO SIEMPRE… EL BAR DEL ARCHIVÓLOGO

La noche ya había ganado la pulseada.

El humo del café dibujaba espirales en el aire y, en una mesa del fondo, dos parroquianos discutían como si el tiempo no existiera.

Alejandro Dolina revolvía lentamente el café.

El Negro Fontanarrosa jugaba con un escarbadientes.

Negro… —dijo Dolina—. ¿Vos dónde guardarías la Copa del Mundo?

Fontanarrosa ni lo dudó.

—En mi pieza.

—¿En una caja fuerte?

—No… al lado de la cama.

Dolina sonrió.

—¿Por seguridad?

—No, Alejandro… por cariño. Hay cosas que no se guardan. Se acompañan.

Silencio.

—¿Y si alguien la quiere robar?

El Negro tomó un sorbo de vino.

—Que venga nomás… pero primero le va a tener que explicar a todo un barrio por qué se lleva la felicidad de millones.

Dolina acomodó los anteojos.

—Yo creo que la Copa escucha.

—¿Escucha?

—Claro… escucha las canciones.

Escucha los abrazos.

Escucha los llantos.

Los objetos importantes también tienen memoria.

Fontanarrosa soltó una carcajada.

—Entonces ya sabe hablar argentino.

—Y un poco de rosarino también.

—Seguro.

Otra pausa.

—¿Y vos qué harías para volver a ganarla?

El Negro miró por la ventana.

—Nada raro.

Volvería a enamorarla.

Porque las mujeres no vuelven por obligación…

Vuelven cuando se acuerdan de cómo las hacían sentir.

Dolina levantó la taza.

—Brindo por eso.

Fontanarrosa chocó su vaso.

—Y por una sola cosa más.

—¿Cuál?

—Que en 2030…

cuando la volvamos a traer…

esta vez nadie la meta en una bolsa de plástico.

Los dos estallaron en una risa cómplice.

Afuera, Buenos Aires seguía despierta.

Y quién sabe.

Tal vez, en algún rincón del mundo, la Copa también sonreía. Porque algunas historias de amor no se terminan cuando alguien se va. Simplemente quedan esperando el momento perfecto para escribir un nuevo capítulo.

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