Hay historias que no envejecen: se oxidan. Y la de Carlos Monzón y Susana Giménez es una de esas. Una historia que el tiempo no suavizó, apenas la dejó más áspera, más incómoda, más argentina. Porque acá el amor nunca es prolijo, y cuando se cruza con el poder, la fama y los silencios cómplices, termina siendo un cóctel peligroso. “Explota por donde menos lo esperás”, diría Tato Bores.
Todo empezó el 8 de marzo de 1974, en uno de los salones del Sheraton Hotel. Lugar de trajes caros, whiskies importados y sonrisas de compromiso. Ahí los productores Tomaszewsky y Cervantes Luro hicieron lo que mejor sabían hacer: juntar dos mundos que no tenían por qué mezclarse. El campeón invicto del ring con la diva en ascenso del espectáculo nacional. La excusa fue la película “La Mary”, dirigida por el ya mítico Daniel Tinayre, recién desaparecido por esos días, pero omnipresente en el ADN de la TV argentina.
Dicen que fue amor a primera vista. O deseo. O destino. O todo junto, como pasa siempre. El propio Monzón lo diría años después, con una frase que quedó grabada a fuego:
“Ese día comenzó para mí una nueva vida”.
Una frase que hoy suena premonitoria, casi maldita.
Durante meses, el romance fue secreto a voces. En camarines, en mesas de café, en fiestas donde el champán corría más rápido que los rumores. La colonia artística lo sabía todo, pero nadie se animaba a publicarlo. ¿Por qué? Porque Monzón era casado. Y porque Susana, en ese momento, negaba todo con una sonrisa que decía mucho más que cualquier desmentida.
Era otra Argentina. La de los códigos tácitos, la de “mejor no meterse”, la de mirar para otro lado. “El que calla no siempre otorga, a veces se cuida”, podría haber dicho Borges si hubiese frecuentado más el mundo del chimento.
Cuatro años duró ese romance tórrido, intenso, cinematográfico. Como si Tinayre hubiese seguido dirigiéndolos fuera de cámara.
El tiempo pasó. El amor se rompió. La historia se volvió oscura. Y llegó lo inevitable. Alicia Muñiz murió. Monzón terminó encarcelado. El ídolo cayó. El campeón quedó solo, sin ring y sin público.
Y fue ahí, desde la cárcel, cuando soltó otra frase imposible de ignorar:
“Susana fue el gran amor de mi vida”.
Como si eso no alcanzara, agregó algo que todavía hoy incomoda:
“Todavía me ratoneo con ella”.
Una frase brutal, descarnada, sin filtro. Tan Monzón como sus derechazos. Tan Argentina como nuestras contradicciones: amar al ídolo y condenar al hombre. Separar al campeón del femicida. Intentar, sin éxito, que la memoria no duela.
Lo de Monzón y Susana no fue solo un romance. Fue un espejo de época. De un país que perdonaba más de lo que debía. De una prensa que callaba lo que hoy sería tapa en letras rojas. De una sociedad que aplaudía fuerte y preguntaba bajito.
Como decía Discépolo: “El siglo veinte es un despliegue de maldad insolente”. Y esta historia, con glamour, tragedia y silencios, es parte de ese despliegue.
Hoy, releer estos archivos no es nostalgia. Es advertencia. Porque el amor puede ser hermoso, sí, pero cuando se mezcla con violencia, poder y negación, deja de ser romance y se convierte en tragedia.
Y el Archivólogo, que ya vio demasiadas películas repetidas, lo sabe:
en la Argentina, las historias de amor nunca terminan… simplemente cambian de tono.
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