Iliana entra al estudio como si entrara a una platea que ya la conoce: sonrisa amplia, pelo rizado que parece un estandarte de verano en la costa, y esa manera de mirar que te dice “ya hice esto antes”. Hija del gran Juan Carlos Calabró, trae en la voz la familiaridad de quien creció entre bastidores, un poco traviesa y mucho laburante. No es una celebrity de sobremesa, es heredera de un oficio y de una historia que huele a polvo de escenario, a mate y a temporada en Mar del Plata.
En la charla con El Colo Vila en Nadie nos conoce —esa mesa de amigos que se arma en Loop TV donde cualquiera termina contando la vida— Iliana se largó a recordar con ternura: los veranos en la costa mientras su viejo hacía temporadas de teatro, las noches en camarines y el amor del padre que le dio herramientas para bancarse el medio. Habló del abrazo de Juan Carlos y de su “disciplinita” —esa mezcla de ternura y exigencia que forja artistas— y de cómo ese arrastre familiar la empujó a subirse al escenario desde piba.
Contó también la primera vez que actuó en teatro —una experiencia con Darío Vittori que la marcó— y cómo esa primera paliza de nervios la convirtió en una mina que ya no dejó. El teatro, dijo, le enseñó a decir la verdad con cuerpo y a hacerse un lugar en un rubro que no regala nada: del sainete a la revista, de la comedia al drama; todo fue escuela. No es poca cosa: en tiempos donde la tele te come y te escupe, Iliana eligió el teatro como eje, y eso la hizo prestigiarse entre el público y en la temporada porteña y costera.
La charla tuvo de todo: el periodista Pablo Tiburzi, que vino con sus preguntas laseras desde el deporte —y con una mirada que mezcla admiración y piquete de periodista— la mandó al frente con temas que rozan lo íntimo; y Claudio Rico, el humorista, hizo de vendaval con sus preguntas filosas, arrancando risas y anécdotas por doquier. Sumándole además toda la frescura de Nicole Salas el diálogo tuvo ese tono de mesa de café donde cualquiera termina contando lo que guarda.
Televisión, canto y película: Iliana fue haciéndose a codazos. Participaciones en ciclos, realities de canto como Cantando por un Sueño (donde la historia la tuvo como protagonista en 2006 y otras ediciones), pasos por ficciones y una larga lista de nombres en su CV que muestran que supo moverse por la tele sin perder la trastienda teatral. Ganadora, participante, jurado: la tele la vio de todas las maneras. Y en cine tuvo sus chapuzones, esas participaciones que suman un sello más al currículum de una actriz que no se queda quieta.
También habló de la familia: la relación con su mamá —la Coca— y con su hermana Marina; de esos lazos que no son el viento sino cemento. Ahora, con la noticia de que pronto será abuela, Iliana se permite soñar distinto: la emoción de la abuela que viene la tiene con la guardia baja, como toda mujer que vio pasar generaciones. No pierdan esto: cuando una actriz de su talla anuncia que va a ser abuela, el país se detiene un segundo a mirar la foto familiar completa.
Si hay algo que quedó claro en esa mesa, es que el teatro fue su norte. Contó cómo se impuso para quedarse con personajes importantes, cómo laburó la voz, los detalles de movimiento, hasta la picardía de una mirada que te clava. “El escenario te enseña a vivir”, parecía decir cada anécdota. Y es cierto: en la Argentina del espectáculo, donde hay más sombras que reflectores, quedarse es un mérito que tiene olor a esfuerzo.
Cerramos como corresponde: Iliana no es solo “la hija de” ni “la que ganó ese reality”. Es una mujer con nombre propio, con la marca de una época y la valentía de quienes hacen del arte un laburo de resistencia. En tiempos donde la fama se mide en likes y trending topics, ella nos recuerda otra cosa: que hay oficios que se heredan en el alma, que el abrazo de un padre puede ser brújula, y que el teatro es una escuela que no admite atajos.
Como buen argentino, nos vamos con una frase que viene a cuento: “No hay mejor tribuna que la de la vida real.” Y en la vida de Iliana, la tribuna la hizo ella, desde la costa, los veranos, los camerinos y las tablas. Que la nieta (o el nieto) que viene se cruce con ese legado: que tenga Alfonsina para correr si hace falta, y su vieja escuela para aplaudir. Al fin y al cabo, como diría el viejo del barrio: lo que no se hace con el corazón, no dura en el escenario ni en la vida.
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