Mirá vos qué curioso: se anda diciendo en los pasillos que el INCAA tiene superávit. Y alguno que otro se llena la boca, como si estuvieran en el living de Mirtha, diciendo: “Qué bien, estamos ahorrando”. Pero pará la moto: porque no siempre ahorrar es de prolijo, a veces es de amarrete.
El INCAA no es una vaquita de San Antonio para meterla en la alcancía. El guita que entra —ese diez por ciento de la entrada del cine, lo que largan las plataformas, lo que se recauda del cable— no es para hacer caja y sacar chapa de contable prolijo. Es para hacer películas, bancar a los festivales, dar laburo a miles de técnicos, actores, guionistas, iluminadores, hasta el tachero que lleva al director a la avant premiere.
En el 2024 y lo que va de este año, lo que hicieron fue clavar la persiana. La guita entró, pero no salió. Como decía Tato Bores: “La plata está, lo que no se sabe es dónde”. Y mientras tanto, los sets apagados, las escuelas de cine aguantando con cinta scotch, y los pibes con sueños de cámara en mano que se van a hacer delivery porque no hay rodajes.
Claro, los números cierran. Pero como decía Bilardo: “Se gana como se puede”. ¿Y qué ganamos si se cierra a costa de dejar en banda a toda una industria que además de cultura es laburo y movimiento? El cine mueve hoteles, restaurantes, transporte, turismo. Una peli en rodaje es una ciudad en miniatura. Y eso, hermano, también es economía.
Hoy el gobierno lo vende como si fuera un gol de media cancha: “No gastamos, entonces ahorramos”. Pero la jugada es tramposa. Porque el INCAA no es gasto público como para decir “achicamos el déficit”. Es un fondo específico, que se tiene que reinvertir en lo que le corresponde. Si no, es como tener la heladera llena y dejar a la familia con el estómago vacío.
El Veredicto del Archivólogo
Escuchame bien, lector: el superávit del INCAA es como cuando en la mesa de los domingos alguien se guarda el último pedazo de asado y no lo comparte: no es ahorro, es egoísmo. Sin cine no hay identidad, no hay memoria, no hay espejo donde vernos como argentinos.
El INCAA es más que un edificio: es hoteles llenos en Mar del Plata, es gastronomía rebalsando cuando hay festival, es técnicos de sonido que pagan la cuota del club gracias a una serie, es una cámara que prende y enciende la imaginación de un país.
Y como decía Carlitos Balá, con su flequillo eterno: “Un gestito de idea”. El gestito, hoy, es darse cuenta que si el cine no rueda, la Argentina se frena.
Porque, hermano, sin cine nacional no hay patria que aguante.
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