EL SILENCIO QUE APAGA A LAS PAREJAS: POR QUÉ EL AMOR NO TERMINA, PERO A VECES DEJA DE HACERSE NOTAR
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Antes de que nadie se escandalice, conviene decir una verdad incómoda: no todas las crisis de pareja llegan con un portazo. Algunas aparecen en silencio. Se instalan de a poco, casi sin pedir permiso. Un día todavía se besan en la cocina. Al siguiente, hablan solamente de quién compra el detergente, de la cuota del colegio o de si hay que sacar la basura. Y cuando menos lo esperan, descubren que comparten la misma cama… pero viven como dos excelentes compañeros de departamento.
No hay gritos. No hay infidelidades. No hay escenas de película. Apenas una rutina prolija que, sin hacer ruido, fue apagando el deseo. Lo curioso es que muchas veces nadie sabe exactamente cuándo ocurrió. Simplemente un día dejan de abrazarse porque sí, dejan de buscarse con la mirada, dejan de sorprenderse. La pareja sigue funcionando como una empresa perfectamente organizada, pero el corazón ya no ocupa el lugar de gerente.
La buena noticia es que, según coinciden terapeutas de pareja y sexólogos, eso no significa necesariamente que el amor se haya terminado. Muchas veces quedó escondido debajo del peso de las obligaciones cotidianas. El trabajo, los hijos, las responsabilidades económicas, el cansancio y la sensación de que «mañana habrá tiempo» terminan ocupando todos los espacios. Y cuando finalmente llega ese mañana, el romance hace rato que quedó archivado en algún cajón.
Existe una idea bastante injusta sobre las relaciones largas: creer que la pasión debería mantenerse intacta durante veinte o treinta años, como si el tiempo no existiera. La realidad es mucho más humana. El enamoramiento intenso tiene una duración biológica limitada. Después llega otra etapa mucho más profunda, donde aparecen la confianza, la complicidad, la admiración y la construcción de un proyecto compartido. El problema comienza cuando esa estabilidad termina convirtiéndose en monotonía y la comodidad empieza a reemplazar la ilusión.
Es ahí cuando muchos describen una sensación tan frecuente como dolorosa: «Lo quiero muchísimo, pero siento que vivimos como compañeros de cuarto». Una frase que se escucha cada vez más en los consultorios y que no necesariamente anuncia el final de una historia. En realidad, suele ser una alarma. Un llamado de atención para volver a mirar aquello que durante años se dio por sentado.
Los especialistas coinciden en un detalle que suele sorprender. La mayoría espera volver a sentir deseo para recién entonces acercarse al otro. Sin embargo, el mecanismo funciona exactamente al revés. Primero aparece el acercamiento. Después regresa el deseo. Esperar que la pasión vuelva sola es como esperar que una planta florezca sin volver a regarla. El amor necesita pequeños gestos cotidianos mucho más que grandes demostraciones esporádicas.
Y esos gestos comienzan con algo que parece sencillo, aunque no siempre lo es: volver a conversar de verdad. Muchas parejas hablan durante horas todos los días, pero hace meses que no tienen una conversación genuina. Hablan de cuentas, del trabajo, de los chicos, del supermercado, del mecánico o de la próxima reunión familiar. Sin embargo, hace muchísimo que ninguno pregunta: «¿Cómo estás de verdad?», «¿Qué necesitás de mí?» o «¿Qué extrañás de nosotros?». La intimidad emocional suele ser el primer puente para recuperar la intimidad física.
Los terapeutas también suelen proponer algo que parece casi ingenuo, pero que da resultados sorprendentes: volver a tener citas. No aniversarios. No cumpleaños. No cenas familiares. Una cita. Como cuando todavía existía el deseo de impresionar al otro. Elegir un restaurante, caminar sin mirar el reloj, arreglarse un poco más de lo habitual, dejar el celular guardado y permitirse recordar por qué se eligieron. Porque el romance también necesita tiempo reservado en la agenda.
Otro aspecto importante tiene que ver con el contacto físico. No todo abrazo tiene que terminar en sexo ni toda caricia debe tener un objetivo. Dormirse abrazados, tomarse de la mano mientras caminan, rozarse al pasar por la cocina o simplemente permanecer unos minutos cerca del otro ayuda a reconstruir una conexión que muchas veces el cuerpo también extraña. Los sexólogos explican que el deseo suele reaparecer cuando el cuerpo vuelve a reconocer al otro como un lugar seguro y agradable.
También recomiendan romper la rutina con pequeñas novedades. No hace falta planear un viaje al otro lado del mundo. A veces alcanza con cambiar el recorrido de una caminata, cocinar algo diferente, dormir un fin de semana en un hotel cercano, descubrir un café nuevo o compartir una actividad que ninguno haya hecho antes. El cerebro disfruta de las experiencias nuevas y esas emociones compartidas muchas veces reactivan sensaciones que parecían dormidas.
Quizá uno de los mayores mitos sea creer que el deseo siempre aparece espontáneamente. La evidencia muestra otra realidad. En las relaciones de muchos años, el deseo suele construirse. Se alimenta con humor, con complicidad, con conversaciones, con miradas, con paciencia y con ganas de seguir descubriendo a esa persona que, aunque creemos conocer de memoria, todavía guarda aspectos que pueden sorprendernos.
Y si el desgaste ya es profundo, pedir ayuda tampoco debería vivirse como un fracaso. Durante mucho tiempo acudir a un terapeuta de pareja fue interpretado como el último recurso antes de una separación. Hoy los profesionales sostienen exactamente lo contrario. Las parejas que buscan ayuda antes de que el resentimiento se vuelva irreversible suelen tener muchas más posibilidades de reconstruir el vínculo. Porque nadie nace sabiendo amar durante toda una vida. El amor, como cualquier otro lenguaje, también necesita seguir aprendiéndose.
La Mirada de Victoria Ferrer
Hay una escena que se repite mucho más de lo que imaginamos. Dos personas cenando frente a frente. Cada una con su celular. Comparten la mesa, el apellido y hasta la contraseña de Netflix. Pero hace rato que dejaron de compartir la curiosidad por el otro.
Y quizá ahí esté la verdadera diferencia entre una pareja que sobrevive y una que sigue enamorada.
El amor no siempre se termina. A veces simplemente deja de ser prioridad. No necesita fuegos artificiales todos los días, ni promesas imposibles, ni escenas dignas de una película romántica. Necesita presencia. Tiempo. Un gesto inesperado. Una conversación sin apuro. Una risa compartida. La decisión consciente de volver a elegir a la persona que tenemos enfrente, incluso cuando la rutina insiste en volverla invisible.
Porque las grandes historias de amor no son las que nunca atravesaron una crisis. Son las que, aun cuando parecían haberse acostumbrado demasiado una a la otra, encontraron el coraje para volver a mirarse con los mismos ojos… o quizá con unos todavía mejores, porque ahora saben todo lo que costó llegar hasta ahí.