EL GRITO QUE DESPERTÓ A MÉXICO

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EL GRITO QUE DESPERTÓ A MÉXICO

Hay noches que terminan cuando sale el sol y otras que se quedan viviendo para siempre en la memoria de un pueblo. La del 15 de septiembre pertenece a esas últimas. Cuando el reloj empieza a arrimarse a la medianoche, México se viste de verde, blanco y rojo, las plazas revientan de gente y una palabra viaja de punta a punta del país: libertad.

Detrás de los mariachis, el tequila, los tacos, las banderas y los fuegos artificiales existe una historia brava. Porque la independencia mexicana no cayó del cielo ni llegó envuelta para regalo. Costó años de guerra, miles de vidas y el sacrificio de hombres y mujeres que se animaron a enfrentar un imperio cuando lo más cómodo hubiese sido agachar la cabeza y seguir la corriente. Pero ya sabemos: el que no llora no mama y el que no se planta termina viviendo de rodillas.

La madrugada del 16 de septiembre de 1810, en el pueblo de Dolores, Guanajuato, el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla hizo sonar la campana y convocó al pueblo a levantarse contra el dominio español. Aquel episodio pasó a la historia como el Grito de Dolores y encendió una revolución que ya nadie pudo apagar.

Hidalgo decía que había llegado el momento de la emancipación y que sin patria ni libertad era imposible alcanzar la verdadera felicidad. No estaba vendiendo humo ni recitando una frase para quedar bien en la foto. Se jugaba la sotana, la libertad y la vida. Y la pagó cara: fue capturado y fusilado en 1811. Sin embargo, el hombre murió, pero la idea siguió caminando. Como tantas veces ocurre en la historia, quisieron apagar el incendio y terminaron desparramando las brasas.

Entonces apareció José María Morelos y Pavón, otro sacerdote que tomó la posta y le puso letra política a aquella música revolucionaria. En sus célebres Sentimientos de la Nación pidió abolir la esclavitud, terminar con la división de castas y reconocer la igualdad entre las personas. También propuso que cada 16 de septiembre se recordara el día en que México había abierto la boca para reclamar sus derechos.

Morelos se definía como “Siervo de la Nación”. Una expresión que hoy debería venir impresa en el escritorio de más de un funcionario. Porque servir a la patria no es servirse de ella, ni confundir la caja del Estado con la billetera propia. Como decía Balbín, aunque fuera muchos años después y bien lejos de México: “El que rompe paga y el que ordena romper paga”. La patria siempre termina pasando factura.

Durante mucho tiempo, los manuales contaron las guerras como si las mujeres apenas hubiesen estado cosiendo banderas y esperando que regresaran los hombres. Pero la historia verdadera es otra. Josefa Ortiz de Domínguez, la Corregidora, avisó a los insurgentes que la conspiración había sido descubierta. Rodeada y vigilada, encontró la manera de hacer llegar la advertencia. Fue, en términos porteños, una mujer con más agallas que una comisaría.

A ella se le atribuye una frase que conserva una vigencia tremenda: “No se debe premiar a quien sirve a la patria, sino castigar a quien se sirve de ella”. Una sentencia que parece escrita ayer, porque en todos los países siempre aparece algún vivo queriendo quedarse con la parte del león. Cambian las pelucas, los uniformes y los discursos; la avivada, lamentablemente, suele ser la misma.

También estuvo Leona Vicario, quien aportó dinero, información y recursos a la causa insurgente. Cuando intentaron reducir su compromiso a una historia romántica, respondió que las mujeres también eran capaces de sentir entusiasmo por la gloria y la libertad de la patria. Dicho sin vueltas: Leona no había ido detrás de ningún hombre; había ido detrás de sus propias convicciones.

Y junto a ellos quedaron nombres como Ignacio Allende y Vicente Guerrero, el hombre de la frase inmortal: “La patria es primero”. Cuatro palabras. Cortitas, sencillas y capaces de desnudar a más de uno. Porque decirlas en un acto es fácil; sostenerlas cuando hay poder, dinero o intereses en juego es harina de otro costal.

La guerra iniciada en 1810 no terminó de un plumazo. Duró once años y recién en 1821 se consumó la Independencia de México. Hidalgo y Morelos no llegaron a verla. Fueron fusilados antes del triunfo, pero la semilla ya estaba plantada. Podían matar a los revolucionarios, pero no mandar la revolución nuevamente a boxes.

Cada noche del 15 de septiembre, las autoridades recrean el Grito de Dolores, hacen sonar la campana y nombran a los héroes de la independencia. Desde las plazas más multitudinarias hasta la casa más humilde, millones de voces contestan con un “¡Viva México!” que retumba como un trueno.

No es una celebración cualquiera ni otra fecha pintada de rojo en el almanaque. Es un pueblo recordando que hubo hombres y mujeres que dejaron todo para que las generaciones siguientes pudieran vivir en una nación soberana. Es la historia saliendo del museo, sacudiéndose el polvo y volviendo a caminar por la calle.

México se reconoce en sus rancheras, en su cine de oro, en Cantinflas, María Félix, Pedro Infante, Chavela Vargas y Vicente Fernández. Se reconoce en sus colores, en su comida y en esa manera tan particular de convivir con la alegría y la tragedia. Como decía Chavela: “Los mexicanos nacemos donde se nos da la gana”. Porque México no es solamente un territorio: también es una manera de sentir.

Y cuando llega el Grito, no importa si uno está en Guadalajara, Monterrey, Buenos Aires, Madrid o del otro lado del mundo. El mexicano escucha la campana y el corazón vuelve derechito a casa. Sin escala, sin visa y sin pagar exceso de equipaje.

Por eso, esta madrugada, cuando las voces vuelvan a juntarse, no será solamente para recordar una batalla del pasado. Será para renovar una pertenencia. Para decir que la libertad se conquista, se cuida y se defiende todos los días. Porque, como advertía José Hernández en nuestro Martín Fierro, “los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera”.

Que repiquen las campanas, que suenen los mariachis y que nadie se quede sentado.

¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Vivan Josefa Ortiz y Leona Vicario! ¡Vivan los héroes que dieron patria y libertad!

¡Y que viva México, carajo!

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