En la televisión argentina hubo sociedades artísticas que parecían matrimonios: se querían, se necesitaban, se peleaban, se reconciliaban para la foto y después volvían a sacarse los ojos en camarines. La de Jorge Porcel y Gerardo Sofovich fue una de las más poderosas, rentables y explosivas. Juntos hicieron reír a un país durante casi veinte años, pero también protagonizaron una ruptura tan feroz que, según las crónicas de la época, terminó con insultos, sacos arrojados al piso, amenazas de renuncia y golpes en plena grabación. Porque donde hubo fuego, cenizas quedan; y donde hubo dos egos monumentales, más vale esconder los ceniceros.
Para entender aquella batalla hay que retroceder hasta abril de 1967, cuando Porcel y Sofovich comenzaron a hacer capote con Operación Ja-Ja. El ciclo de Canal 13 alcanzaba un promedio de 26,5 puntos de rating, mientras Canal 11, su competidor inmediato, marcaba 18,6. Hoy un canal consigue cinco puntos y descorcha como si hubiera recuperado las Malvinas; aquellos tipos medían más de veinte y todavía discutían porque el remate de un sketch había caído medio segundo tarde. Eran otros tiempos: había tres canales, un televisor en cada living y la familia entera se sentaba a mirar el mismo programa, incluso el tío que protestaba pero no se perdía ninguno.
Porcel fue una pieza fundamental en el universo de los hermanos Sofovich. Estuvo en Operación Ja-Ja, se incorporó a aquella mesa de café que terminaría transformándose en Polémica en el bar y encabezó La peluquería de Don Mateo, personaje pensado especialmente para él a comienzos de los años setenta. Su físico, su velocidad para el remate y esa capacidad de hacer reír antes de pronunciar una palabra lo convirtieron en uno de los grandes capocómicos argentinos. Gerardo lo sabía. Por eso podía pelearse con él, insultarlo, jurar que no volverían a trabajar juntos y, semanas después, aparecer abrazándolo en una revista. Negocio mata enojo, como se decía en los pasillos de la vieja televisión.
Sofovich y Porcel se proclamaban amigos de fierro. Aunque, a juzgar por cómo terminó la cosa, el fierro quizá fuera el que tenían ganas de darse por la cabeza. El vínculo estaba construido sobre una combinación peligrosa: talento, dinero, dependencia, orgullo y rencor. Gerardo era el autor, productor y director obsesivo que podía detener una grabación porque una pausa no había salido como él quería. Porcel era una estrella popular, consciente de que el público lo seguía a él y de que su nombre llenaba teatros, cines y tandas publicitarias. Uno sentía que había fabricado al monstruo; el otro sabía que el monstruo ya caminaba solo.
Cada tanto, el Gordo intentaba abrirse del paraguas de Sofovich y encarar sus propios proyectos. Uno de esos ciclos fue Porcelandia, emitido por Canal 13 en 1984. Según la crónica que reconstruyó el enfrentamiento, el programa no había funcionado como se esperaba. Aquello quedó guardado en el arsenal de Gerardo, listo para ser usado el día en que hiciera falta pegar donde más dolía. Porque Sofovich podía perdonar una equivocación técnica, pero jamás desperdiciaba un dato hiriente. Tenía memoria de elefante, lengua de bisturí y la delicadeza de una patada en la puerta.
A pesar de las idas y vueltas, volvieron a trabajar juntos en 1985 en Operación Porcel, por Canal 11. El ciclo era escrito y dirigido por Gerardo y encabezado, naturalmente, por Jorge. La sociedad seguía funcionando, pero debajo de la escenografía había cables pelados. Ese año, según las versiones de entonces, Sofovich atravesaba dificultades económicas con sus producciones. Se hablaba de bajos ingresos publicitarios, gastos elevados y un esquema en el que el productor asumía parte importante de los costos. Cuando la plata escasea, hasta el remate más inocente empieza a sonar como una provocación.
La explosión habría ocurrido durante una grabación de Operación Porcel, un martes 4 de 1985. La nota publicada entonces no precisaba el mes, pero sí reconstruía el clima del estudio. Porcel estaba engripado y se había levantado para cumplir con el programa. La emisión anterior había rondado los 26 puntos, una barbaridad incluso para aquella época. El equipo trabajaba desde el mediodía y, cerca de las siete de la tarde, el cansancio ya caminaba entre las cámaras con documento propio. El Gordo no conseguía enganchar correctamente el remate de un sketch y Sofovich lo corrigió varias veces. A la tercera, el fósforo cayó sobre la nafta.
“Esto es un desastre, viejo”, habría gritado Gerardo desde la dirección. “A mí no me grités”, habría respondido Porcel. Y entonces llegó el temido “paren la grabación”, esa frase que en un estudio de televisión equivale a cuando el árbitro empieza a tocarse el bolsillo de la tarjeta roja. Nadie respira, el camarógrafo mira el piso y hasta el utilero que entró hace quince minutos entiende que se viene el estallido.
Sofovich habría abandonado la dirección y se habría acercado al actor. Le reprochó su desempeño y, según la crónica de entonces, le lanzó una frase de una crueldad quirúrgica: si seguía trabajando de esa manera podía volverse a Porcelandia, aquel programa que él consideraba un fracaso. No le pegó en la cara: le pegó en el currículum. Y para un artista, pocas trompadas resultan más dolorosas que recordarle un traspié profesional delante de todo el equipo.
Porcel no se quedó atrás. Le habría contestado que con Porcelandia había ganado tres premios Martín Fierro, algo que, según su respuesta, no había conseguido con los programas “mediocres” de Sofovich. Allí se terminó el castellano académico. Gerardo le habría indicado, con ubicación anatómica incluida, dónde podía guardarse las estatuillas. El Gordo respondió con un lunfardo digno de un marinero de La Boca que acaba de descubrir que le afanaron la billetera.
Entonces Porcel se sacó el saco.
En la vieja televisión, cuando un hombre se quitaba el saco en medio de una discusión, no era porque había aumentado la calefacción. Era la señal universal de que la diplomacia acababa de retirarse del edificio. Porcel habría adoptado posición de pelea, dispuesto a clavarle un golpe a Sofovich. La escena parecía escrita por los propios protagonistas: el capocómico corpulento frente al productor de menor estatura, con una discapacidad motriz pero con experiencia en boxeo y un orgullo más grande que el estudio.
Gerardo tampoco retrocedió. Según quienes reconstruyeron la escena, hubo empujones, intentos de golpe y una trifulca general en la que varios colaboradores intervinieron para separarlos. No existe una filmación pública conocida que permita revisar el combate con cámara lenta, relato de Carlos Monzón y tarjeta de los jurados. La fuente principal es la crónica publicada por la revista Somos en 1985, basada en testimonios del estudio y escrita en potencial. Es decir: la pelea fue relatada como real por los medios de la época, aunque los detalles exactos quedaron en manos de quienes estaban allí.
Después del escándalo, cada uno marchó hacia la dirección del canal. Porcel fue a hablar con las autoridades. Sofovich, todavía vociferando, habría anunciado que la relación personal y artística estaba terminada. Incluso habría advertido a sus colaboradores que buscaran trabajo porque estaba dispuesto a retirar todas sus producciones si el canal no lo respaldaba. Cuando Gerardo amenazaba con levantar todo, no hablaba de llevarse una maceta: manejaba varios programas y una estructura que movía actores, técnicos, publicidad y mucho dinero.
La discusión, entonces, quizá no haya sido solamente por un chiste mal rematado. Detrás de las trompadas asomaba una crisis económica. Sofovich financiaba parte de sus ciclos y dependía de los avisadores para completar los costos. Las pérdidas, la escasez publicitaria y la tensión con el canal podían haberlo convertido en una olla a presión. Porcel fue el que estaba adelante cuando saltó la válvula. Como dice el refrán: “La culpa no era del chancho, sino del que le estaba debiendo plata a media producción”.
Porcel, al hablar con la prensa, eligió la calma. Dijo que simplemente había existido una discusión de trabajo y que Sofovich, como dueño del programa, había decidido terminar la relación. Aseguró que él era un contratado y negó haber insultado a Gerardo. También sostuvo que no quería entrar en detalles porque no era su estilo. Esa frase fue un cross directo al mentón. No lo acusó abiertamente, pero dejó flotando la idea de que el otro sí había perdido las formas. En la Argentina, cuando alguien dice “yo no voy a hablar porque tengo códigos”, ya habló durante media hora sin abrir la boca.
Sofovich también dio por terminada la relación. “Creo que nunca más haremos ningún programa, ni similar ni diferente”, fue la sentencia atribuida al productor. Se acababa así una sociedad que había marcado una época. El autor que conocía el mecanismo exacto de Porcel y el actor que podía convertir una pausa en una carcajada parecían haber llegado al punto de no retorno. No se rompía solamente una amistad: se rompía una fábrica.
Aquello tenía lógica dentro del carácter de los protagonistas. Ambos eran hombres talentosos, exigentes y rencorosos. Gerardo no olvidaba una desobediencia profesional. Porcel no toleraba que lo trataran como a un principiante después de haberse convertido en estrella. Se conocían demasiado. Sabían dónde estaban las heridas y tenían puntería para meter el dedo justo ahí. Como en los matrimonios largos, no discutían por lo que acababa de pasar: discutían por los últimos veinte años.
La ruptura, sin embargo, no fue tan definitiva como anunciaron. En 1991, Porcel se instaló en Miami para conducir A la cama con Porcel por Telemundo. Más adelante abrió el restaurante A la pasta con Porcel, ubicado en la zona de Collins Avenue, decorado con fotografías, afiches y caricaturas de su carrera. El propio cómico lo definía como una especie de consulado argentino, un lugar donde los compatriotas podían comer, recordar Buenos Aires y encontrarse con aquella figura que habían visto durante décadas por televisión.
Fue en Miami, lejos de los estudios, de los contratos y de las discusiones por el rating, donde los viejos socios volvieron a encontrarse. Según la historia relatada años después, Gerardo visitó la ciudad, se cruzó con Porcel y ambos terminaron abrazándose. Con el paso del tiempo, las trompadas se habían convertido en anécdota. Ya no estaban peleando por un programa, un remate o tres estatuillas. Eran dos hombres mayores contemplando los restos de una época que ellos mismos habían construido.
La reconciliación tuvo también una confirmación pública. En marzo de 1997, Porcel volvió a participar de Polémica en el bar junto a Sofovich y Javier Portales. Allí habló de su vida en Miami y de su restaurante, mientras compartía nuevamente la mesa creada por Gerardo. No parecía el regreso de dos enemigos irreconciliables, sino el reencuentro de dos veteranos que, después de haberse tirado con todo, comprendieron que una parte esencial de sus vidas estaba ligada al otro.
Porcel siguió viviendo en Estados Unidos. Se acercó profundamente a la fe evangélica, revisó con dureza parte del humor que había realizado y atravesó serios problemas de salud. Murió en Miami el 16 de mayo de 2006, a los 69 años, después de años de luchar contra la obesidad, la artrosis, el Parkinson y otras complicaciones. Su cuerpo fue trasladado a la Argentina y enterrado en el Panteón de Actores de la Chacarita.
Gerardo, pese a las peleas, nunca dejó de reconocer la dimensión artística de su viejo socio. Lo consideraba uno de los grandes cómicos argentinos. Y tenía razón. Porcel podía ser difícil, contradictorio, hiriente y temperamental, pero delante de una cámara tenía un don que no se aprendía en ninguna escuela. Sofovich también podía ser autoritario, filoso y despiadado, pero sabía escribir el traje exacto para cada comediante. Juntos se potenciaban y se destruían con la misma intensidad.
Aquella pelea no fue solamente una trifulca entre dos famosos. Fue el estallido de una manera de hacer televisión. Una industria artesanal, feroz y verticalista, en la que los productores arriesgaban su dinero, los elencos grababan durante horas y una estrella podía sostener o hundir toda una programación. No había redes sociales ni teléfonos capaces de filmar el escándalo. Lo que ocurría detrás de las cámaras quedaba en la memoria de técnicos, asistentes y periodistas. Hoy habría doce videos verticales, un comunicado del canal, un pedido de disculpas escrito por un abogado y una encuesta preguntando “¿Team Porcel o Team Sofovich?”. En aquel entonces, había que esperar a que saliera la revista.
Y quizá por eso la escena todavía conserva cierto misterio. Podemos imaginar a Porcel arrojando el saco, a Gerardo avanzando sin achicarse, a los técnicos corriendo para separarlos y a alguien cuidando que no se rompiera una cámara, porque el canal podía perdonar una piña, pero jamás un equipo importado. Alrededor, una producción agotada observaba cómo dos gigantes convertían un ensayo en una pelea de fondo.
Alejandro Nízzero, dueño de Diucko Digital y uno de esos hombres que conocen la televisión no por los libros sino por haberla caminado desde adentro, recuerda a Jorge Porcel y a Gerardo Sofovich con una mezcla de afecto, respeto y nostalgia. A Porcel lo trató de cerca y siempre destaca no solamente al capocómico enorme que hacía reír con una mirada o con un silencio, sino también al hombre sensible que había detrás del personaje, al tipo que podía ser explosivo, contradictorio y temperamental, pero que tenía una nobleza que no siempre llegaba a verse cuando se encendían las cámaras. De Gerardo, con quien mantuvo una amistad profunda, Nízzero habla como se habla de los grandes: reconociendo su carácter fuerte, su exigencia casi obsesiva y esa inteligencia televisiva fuera de serie que le permitía entender antes que nadie dónde estaba el remate, dónde había que cortar y qué necesitaba el público. Para Alejandro, los dos fueron gigantes a su manera, dos animales de la televisión que podían enfrentarse con furia y, sin embargo, seguir unidos por algo mucho más fuerte que una discusión: el talento compartido, los años de trabajo y una historia que ya pertenecía a la memoria popular.
Nízzero suele decir que detrás de los gritos, los portazos y las broncas había cariño verdadero, porque nadie se pelea con tanta intensidad con alguien que le resulta indiferente. Y cuando habla de ellos no elige un bando, porque conoció al hombre detrás del Gordo y al amigo detrás del Ruso. Por eso los recuerda con gratitud, convencido de que ambos fueron indispensables para construir una época en la que la televisión tenía oficio, personalidad y tipos capaces de poner el cuerpo, el bolsillo y hasta el alma para que el público se riera. Como dice el viejo refrán, “los pingos se ven en la cancha”, y Porcel y Sofovich, con todas sus luces y todas sus sombras, fueron dos pura sangre de una televisión que ya no vuelve.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
Jorge Porcel y Gerardo Sofovich fueron como esos matrimonios que pasan veinte años anunciando el divorcio y terminan envejeciendo juntos, aunque cada uno duerma en una habitación distinta. Se amaron artísticamente porque se necesitaban. Se odiaron porque se conocían. Y se pelearon porque los dos creían ser el dueño de la risa.
Gerardo pensaba que sin sus textos Porcel era apenas un cuerpo gracioso buscando un remate. Porcel sabía que sin una estrella como él los libretos de Gerardo podían quedar prolijamente escritos y perfectamente mudos. Uno tenía la partitura; el otro hacía que el público bailara. El problema comenzó cuando cada uno quiso demostrar que podía tocar solo.
La pelea de 1985 fue la consecuencia de años de broncas acumuladas, intentos de independencia, problemas económicos y egos que ya no entraban en el mismo estudio. El chiste fallido fue apenas la chispa. El incendio venía avanzando desde hacía tiempo por detrás de las escenografías.
¿Hubo trompadas? Las crónicas contemporáneas describieron una trifulca y un intento de irse a las manos, aunque no existe una filmación pública que permita determinar cuántos golpes llegaron realmente a destino. Pero hubo algo incluso más fuerte: se dijeron exactamente aquello que sabían que el otro no podía soportar. Sofovich le recordó a Porcel su fracaso. Porcel le respondió llamando mediocres a sus programas. Las piñas pueden esquivarse; ciertas frases quedan clavadas para siempre.
Sin embargo, los años hicieron lo que los productores del canal no habían conseguido aquella tarde: separaron la bronca del cariño. En Miami se reencontraron, se abrazaron y recompusieron el vínculo. No hubo cámaras esperando el abrazo ni tapas anunciando la reconciliación, porque el perdón vende menos que una trompada. Miserias del espectáculo: para el escándalo siempre hay primera fila; para la paz, apenas queda un cronista distraído.
Porcel murió en 2006. Sofovich se fue en 2015. Los programas permanecen en el archivo, los chistes siguen circulando y aquella pelea se convirtió en leyenda. Al final, ninguno consiguió librarse del otro. Decir Porcel obliga a recordar a Gerardo, y nombrar a Sofovich conduce inevitablemente hacia el Gordo.
Como habría dicho Minguito, “hay que tener cuidado con la amistá, porque un amigo puede conocé tus secretos”. Y estos dos se conocían todos: los artísticos, los económicos y los personales. Se pegaron porque fueron humanos, se reconciliaron porque fueron viejos y quedaron unidos para siempre porque, cuando las luces se encendían, eran televisión en estado puro.
La conclusión es sencilla, aunque a ellos les haya llevado media vida comprenderla: se puede romper un contrato, se puede levantar un programa y hasta se puede tirar una trompada, pero no se puede borrar una historia compartida. Porque el rencor hace ruido, sí; pero el talento, cuando fue verdadero, termina teniendo la última palabra.
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