Hay actrices que pasan por la televisión y hay otras que quedan viviendo adentro del aparato, aunque el aparato ya no exista, aunque el televisor haya perdido la perilla, aunque el canal cambie de dueño siete veces y aunque algún gerente moderno crea que la memoria popular puede borrarse apretando “eliminar”. Cristina del Valle pertenece a esa segunda especie. Es de esas mujeres a las que una generación reconoce apenas escucha la voz, la carcajada o una frase de El groncho y la dama. Pero detrás de aquella actriz elegante, de la señora paqueta que se cruzaba con el personaje de Hugo Arana y terminaba empapada por el barro del barrio, hubo una mujer que conoció el éxito, el amor, la maternidad y también una sucesión de golpes que a cualquiera lo habrían dejado tirado en la banquina.
Hablar de Cristina del Valle es hablar de una carrera inmensa, pero también es inevitable pronunciar dos nombres: Claudio Levrino y Un mundo de veinte asientos. Uno fue el gran amor de una etapa de su vida. El otro fue la novela que convirtió a Levrino en ese colectivero romántico que parecía manejar no solamente un interno de línea, sino también las ilusiones de medio país. Entre ambos quedó tejida una historia hecha de cámaras, marquesinas, familias ensambladas, una muerte trágica y una mujer que durante décadas debió contestar una misma pregunta: qué ocurrió aquella madrugada de enero de 1980.
Cristina del Valle nació en Buenos Aires el 29 de marzo de 1942 y se formó en actuación, entre otros maestros, con Lydia Lamaison. Su trayectoria cruzó el teatro, el cine y la televisión, con una facilidad especial para la comedia, aunque su recorrido fue mucho más amplio que los personajes humorísticos por los que todavía la recuerdan en las repeticiones. Participó en obras como Los días felices, Las tres hermanas, La novia de arena, Flores de acero, Acaloradas y El groncho y la dama, además de integrar ciclos televisivos que forman parte del álbum familiar argentino.
Antes de convertirse en aquella dama desopilante de la televisión, Cristina ya había transitado escenarios importantes y protagonizado producciones populares. En el material acercado para esta nota, ella recuerda especialmente Nino, junto a Enzo Viena, y cuenta que el éxito fue tan grande en Perú que terminaron actuando en una plaza de toros porque el teatro había quedado chico. También sostiene que fue una de las primeras actrices dramáticas en ocupar una marquesina del Teatro Maipo cuando ese escenario estaba asociado casi exclusivamente a la revista porteña.
Eran los años en que una novela podía detener la sobremesa. No había teléfono en la mano, ni plataforma para adelantar capítulos, ni un ejército de usuarios contando el final antes de que aparecieran los títulos. La familia se sentaba delante del televisor y el actor entraba a la casa sin tocar timbre. Claudio Levrino era uno de esos rostros. Tenía la sonrisa del galán bueno, un aire de muchacho de barrio y esa clase de popularidad que no necesitaba estadísticas porque se medía en cartas, llamados y gente esperando en la puerta del canal.
En 1974, Cristina del Valle y Claudio Levrino se casaron. Ella venía de una relación anterior y ya era madre de Patricio; más tarde, junto a Levrino, tuvo a Federico. La familia quedó unida también en lo artístico y en la exposición pública, porque cuando dos figuras populares se enamoraban en aquellos años no existían las redes, pero estaban las revistas, las tapas, los fotógrafos y las preguntas repetidas hasta el cansancio. Levrino y Cristina fueron pareja durante seis años, hasta la muerte del actor en 1980.
Y en el medio apareció Un mundo de veinte asientos, la telenovela que quedó unida para siempre a la figura de Claudio Levrino. El actor interpretaba a Juan Arregui, un colectivero convertido en galán popular, un hombre común al que el público podía imaginar manejando por cualquier avenida de Buenos Aires. La ficción recogía algo muy argentino: el romance viajando entre pasajeros, boletos, paradas y discusiones cotidianas. Nada de mansiones turcas ni empresarios que desayunaban mirando el Bósforo. Acá había volante grande, uniforme, monedero y una ciudad que subía y bajaba del colectivo cargando sus propios dramas.
Pero la historia tenía un antecedente. Según recuerda Cristina en el material consultado, Un mundo de veinte asientos ya había contado con una versión anterior, protagonizada por Dora Baret y Sergio Renán, en la que ella había participado siendo muy joven y Arturo Puig interpretaba a su hermano. Cuando años después llegó la remake encabezada por Claudio Levrino y Gabriela Gili, Cristina quiso interpretar nuevamente el rol femenino central, pero los productores consideraron que el público no se interesaría por ver a un matrimonio real convertido en pareja romántica dentro de la novela. La televisión, siempre tan moderna para algunas cosas y tan cavernícola para otras, decidió que una pareja casada no tenía suficiente misterio.
La producción terminó siendo un fenómeno. Levrino se convirtió en el colectivero más famoso del país y el título quedó clavado en el imaginario nacional. Aquel “mundo” de veinte asientos era una Argentina en miniatura. Subían el enamorado, la señora desconfiada, el vecino metido, el laburante, el que llevaba un paquete enorme y el que tocaba el timbre cuando el coche ya había pasado la parada. Como decía Minguito, había que respetar al que laburaba, y Juan Arregui era precisamente eso: un trabajador convertido en héroe romántico sin dejar de parecer un tipo de la calle.
Claudio Levrino tenía 35 años y se encontraba en un momento altísimo de popularidad cuando murió. La tragedia ocurrió durante la madrugada del 19 de enero de 1980, en la zona de Mar del Plata, después de una función teatral y cuando regresaba en automóvil junto a Cristina. Una pistola calibre .22 se disparó dentro del vehículo y la bala lo hirió mortalmente. El actor falleció poco después, dejando al espectáculo argentino paralizado.
Desde aquel día, la escena quedó envuelta en rumores. Cada tanto alguien volvió a contarla, cambiarla, exagerarla o introducir una sospecha nueva. Cristina quedó atada a ese episodio como si no hubiera hecho nada más en su vida. El material proporcionado para esta nota reproduce la explicación que ella habría sostenido judicialmente: Levrino tenía un arma que le habían regalado; Cristina le había pedido que se deshiciera de ella porque sus hijos la habían encontrado dentro del auto; durante el regreso, él habría quitado el cargador para demostrarle que estaba descargada y, en un gesto que creyó inofensivo, se la apoyó en la cabeza y disparó. Había quedado una bala en la recámara. Ella contó que no vio un fogonazo y que comprendió lo sucedido cuando observó sangre y él cayó sobre su hombro.
Conviene escribirlo con responsabilidad: esa es la versión atribuida a Cristina del Valle en el material consultado. La muerte fue informada históricamente como un accidente con un arma de fuego, aunque alrededor del episodio crecieron sospechas y teorías que nunca dejaron de perseguirla. Los datos disponibles coinciden en que el disparo ocurrió dentro del auto y que Cristina estaba junto a él, pero eso no convierte cada rumor repetido durante cuarenta años en una verdad.
La televisión argentina tiene una rara costumbre: a los hombres trágicos los convierte en leyenda y a las mujeres que estaban cerca les entrega un interrogatorio perpetuo. A Cristina le preguntaron durante décadas qué pasó esa noche. Se lo preguntaron de frente, de costado, con tono solemne, con música triste y con esa falsa delicadeza del periodista que dice “perdoname que vuelva sobre esto” y vuelve igual. Como si ella no hubiera tenido que criar hijos, trabajar, sostener una casa y despertarse cada mañana con la imagen del hombre que amaba muriendo a su lado.
Después de Levrino vino el silencio sentimental. Cristina contó que estaba cerrada al amor, convencida de que no quería volver a exponerse a semejante dolor. Pero la vida, que a veces tiene menos sutileza que un productor de televisión, le puso delante a Rubén Green. El actor se convirtió en su compañero durante aproximadamente dos décadas, desde comienzos de los años ochenta hasta su muerte en 2003.
Rubén Green fue un hombre querido dentro del ambiente, recordado por sus compañeros por su humildad y su calidez. Cristina encontró con él una segunda oportunidad, aunque ella misma afirmó que al principio se negaba a enamorarse. Según el relato incluido en el archivo, Green quería tener hijos y ella, que ya era madre, no deseaba volver a empezar. Sin embargo, Cristina quedó embarazada y sufrió un aborto espontáneo. Era una niña, según contó posteriormente. Una pérdida íntima que durante años permaneció fuera del relato público.
La historia con Green también terminó atravesada por la tragedia. Un cáncer de pulmón avanzó rápidamente y el actor murió en 2003. Cristina recordó que seis meses antes, cuando todavía no conocían la enfermedad, él le había pedido que, si alguna vez le ocurría algo, volviera a casarse. Ella lo tomó como una ocurrencia absurda. Después llegó el diagnóstico y todo ocurrió con una velocidad brutal. Tras su muerte, Cristina aseguró que había “bajado la persiana” del amor.
Como si la vida estuviera ensañada en probar su resistencia, también atravesó la muerte de su hermana María Marta y un grave accidente doméstico de su hijo Federico, a quien un petardo le explotó en una mano y debió someterse a varias operaciones reconstructivas. Cristina definió esos episodios como algunos de los momentos más duros de su vida y dijo que logró sostenerse gracias a la familia.
Sin embargo, cuando se habla de ella, no todo puede quedar tapado por el dolor. Sería otra injusticia. Cristina del Valle fue una actriz popular, elegante, versátil y especialmente dotada para la comedia. Tuvo la inteligencia de no intentar ser graciosa todo el tiempo. Hacía algo más difícil: sostenía la seriedad mientras el disparate ocurría alrededor. Eso fue fundamental en El groncho y la dama, el sketch de Matrimonios y algo más en el que compartía escena con Hugo Arana.
Allí interpretaba a una mujer refinada, de clase alta, enfrentada al personaje rústico, desubicado y verborrágico de Arana. La gracia surgía del choque de mundos. Él avanzaba como un colectivo sin frenos; ella intentaba conservar la dignidad mientras todo se desmoronaba. Era un duelo de lenguaje, modales y prejuicios. El sketch alcanzó tal popularidad que en 1988 se transformó en un programa propio.
En esas escenas aparecía una Argentina que hoy sería discutida, analizada, recortada y sometida a un comité de expertos antes de salir al aire. Pero también aparecía el talento de dos actores extraordinarios. Hugo Arana convertía al groncho en una topadora verbal. Cristina hacía de la incomodidad un arte. Una mirada suya alcanzaba para que el público entendiera que aquella mujer quería desaparecer por debajo de la alfombra persa.
La propia actriz contó que todavía hoy la gente la cruza y le agradece las risas provocadas por aquellas repeticiones. Ella reconoce que el cable mantuvo vivos personajes que, de otro modo, quizás habrían quedado guardados en una lata. Esa es la paradoja de la televisión: en un momento te archiva y, décadas después, te devuelve a la pantalla de madrugada para que una generación nueva descubra lo que sus padres veían mientras cenaban.
También fue recordada por Diablito de barrio, junto a Juan Carlos Calabró, Marcos Zucker y Lorena Paola. Allí interpretó a Alejandra y volvió a mostrar esa capacidad de moverse entre la ternura y la comedia familiar. Su carrera no dependió de un solo éxito, aunque la memoria televisiva, siempre cómoda y medio haragana, tienda a encerrar a cada artista en dos o tres títulos.
Cristina pertenece a una generación de actores que trabajaba en teatro, televisión y cine sin ponerse cartelitos. Podían hacer Chéjov, una comedia de boulevard, una novela de la tarde y un sketch popular. No necesitaban explicar que estaban “explorando nuevos registros”. Iban, estudiaban la letra, marcaban la escena y actuaban. Como decía Alberto Olmedo, “éramos tan pobres”, pero había actores capaces de llenar una pantalla con una ceja.
En 2024, Cristina contó que seguía sintiéndose agradecida por el cariño del público y que, a pesar de todo lo sufrido, se consideraba una mujer bendecida. También habló de sus hijos, sus nietos y su vida presente, más tranquila, lejos del ritmo de otros tiempos.
El material aportado indica que vive en Villa Urquiza, acompañada por sus perros, que estudió astrología y que todavía conserva el deseo de volver a trabajar si aparece una propuesta interesante en teatro o televisión. La actriz reconoce que la falta de ficción nacional vuelve todo más difícil, especialmente para intérpretes mayores, pero no da por terminada su carrera.
Y ahí está quizás la definición más precisa de Cristina del Valle: una mujer que nunca terminó de retirarse porque el público tampoco terminó de despedirla. Puede no aparecer cada noche en la pantalla, pero sigue presente en los recuerdos. En el televisor de tubo de una abuela, en una repetición encontrada de madrugada, en una escena compartida por redes o en la voz de alguien que dice: “¿Te acordás del Groncho y la Dama?”.
Claro que nos acordamos.
También nos acordamos de Claudio Levrino al volante de aquel colectivo imaginario. De su sonrisa limpia. De esa novela donde el amor viajaba sentado junto a la ventanilla. Y nos acordamos de una época en la que una ficción podía convertir a un chofer en galán nacional sin cambiarle el uniforme ni inventarle una fortuna escondida.
Un mundo de veinte asientos fue más que una novela. Fue una postal. Una ciudad en movimiento, una historia de amor y un protagonista que quedó congelado para siempre en la juventud. Claudio Levrino murió a los 35 años, cuando todavía parecía tener una vida entera por delante. Cristina debió seguir caminando con esa ausencia, criando a sus hijos y escuchando durante décadas versiones sobre la peor noche de su vida.
Como diría Roberto Galán: “Hay que besarse más”. Cristina besó, amó, perdió y volvió a amar. Y cuando la vida le cobró peaje una y otra vez, siguió avanzando. Tal vez porque sabía que no había otra salida. Porque el dolor puede quedarse sentado al lado de uno, pero no siempre tiene derecho a manejar.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
Cristina del Valle fue mucho más que la esposa de Claudio Levrino, mucho más que la viuda de una tragedia y mucho más que la dama elegante enfrentada al groncho de Hugo Arana. Fue y sigue siendo una actriz enorme, de esas que entendían el oficio antes de que el oficio tuviera representantes de prensa, métricas y seguidores comprados.
Pero el país la obligó durante décadas a regresar a aquel auto. A explicar el arma, la guantera, el cargador y la bala que quedó en la recámara. Como si repetir el dolor pudiera modificar el final. Como si una mujer tuviera que defender eternamente su derecho a haber sobrevivido.
Claudio Levrino quedó joven para siempre. Sonriendo, enamorando y manejando aquel colectivo de ficción. Cristina, en cambio, tuvo que envejecer a la vista de todos, atravesar nuevos amores, nuevas pérdidas y esa crueldad tan argentina de creer que una actriz retirada vive rodeada de lujos, cuando muchas veces lo único que conserva es una carpeta con fotos, algunos premios y el cariño de la gente.
Ella misma lo dijo: la fama es puro cuento, porque hoy estás y mañana no estás.
Pero la memoria no funciona igual.
La fama pasa. El rating se evapora. Los canales cambian de logo y los productores que se creían emperadores terminan convertidos en un nombre perdido en los créditos. Los artistas verdaderos quedan.
Cristina del Valle quedó.
Quedó en Nino, en Diablito de barrio, en Matrimonios y algo más, en El groncho y la dama, en el teatro y en el recuerdo de quienes todavía saben que actuar no es ponerse delante de una cámara y esperar que ocurra un milagro.
Y quedó también sentada simbólicamente en aquel colectivo de veinte asientos, junto al hombre que amó y perdió demasiado pronto.
El recorrido fue largo, accidentado y lleno de paradas que nunca pidió. Pero Cristina siguió viajando.
Porque algunas mujeres no necesitan que la vida les dé revancha.
Ellas mismas se convierten en la revancha.
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