NICO VÁZQUEZ, PERSONALIDAD DESTACADA: DEL PIBE QUE SOÑABA CON ACTUAR AL “ROCKY” DE LA CALLE CORRIENTES

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Hay reconocimientos que sirven para decorar una repisa, sacarse la foto protocolar y después terminar juntando polvo al lado de alguna estatuilla. Y hay otros que, cuando uno mira un poquito para atrás, funcionan casi como una película completa. En el caso de Nicolás Vázquez, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires acaba de ponerle nombre institucional a algo que el público viene diciendo desde hace años: el tipo se ganó un lugar propio en la cultura popular argentina. El actor, director y productor fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, una distinción impulsada mediante el expediente 2823-D-2025 por los legisladores Sebastián Nagata, Sandra Rey y Guillermo Suárez. El homenaje se realizó en el Salón Dorado de la Legislatura y reunió a familiares, amigos y figuras de peso del espectáculo.

Y vaya si hubo nombres alrededor. El acto estuvo encabezado por Sebastián Nagata, mientras que Gustavo Yankelevich y Benjamín Rojas fueron dos de los encargados de ponerle palabras al recorrido de Nico. También estuvieron Adrián Suar, Dai Fernández y otros afectos del actor. Hubo además música, porque si algo faltaba era que el Salón Dorado terminara pareciendo una función de Corrientes: Benjamín Amadeo interpretó “Para Siempre” y Germán Tripel hizo una versión de “Eye of the Tiger”, la canción inseparable del universo Rocky. Digamos que diplomita y canapé hubiera quedado medio escaso para semejante homenaje.

Vázquez, visiblemente emocionado, definió la distinción como “un honor inmenso”, pero eligió correr el foco de sí mismo y ponerlo sobre quienes lo acompañaron durante el camino. Habló de su familia, de sus amigos, de los momentos buenos y, especialmente, de los difíciles. También dejó una frase que probablemente explique bastante mejor su carrera que cualquier currículum: “Los sueños no se cumplen solos. Se trabajan. Y se trabajan en equipo”. Y agregó que el talento puede abrir una puerta, pero que son la disciplina, el compromiso, la humildad y el amor por lo que uno hace los que permiten seguir entrando todos los días.

No parece casual que Gustavo Yankelevich haya sido uno de los protagonistas del homenaje. El histórico productor lo definió como alguien “diferente”, con pasión, garra, talento y una particular capacidad para detectar un éxito. También destacó su liderazgo, su generosidad y algo que en este negocio, donde las palmaditas suelen durar hasta que baja el rating, no es poca cosa: su agradecimiento hacia quienes trabajan con él.

Porque para entender por qué Nicolás Vázquez llega hasta acá hay que rebobinar bastante la cinta. Su carrera profesional comenzó en televisión en 1997 con RRDT, aquella ficción futbolera protagonizada por Carlos Calvo, China Zorrilla y un elenco enorme que todavía pertenece a esa época en la que una tira podía reunir medio seleccionado de actores argentinos sin necesidad de anunciarlo como “evento”. Después aparecieron Mi familia es un dibujo, Verano del 98, Trillizos, dijo la partera y distintas participaciones hasta que llegó uno de esos programas que cambian definitivamente el lugar de un actor en el imaginario popular: Son amores. Allí empezó a convertirse en uno de los rostros reconocibles de la televisión masiva.

Después vinieron Los pensionados, su primer gran protagónico en ¿Quién es el jefe?, y más tarde títulos como Alma Pirata, Casi Ángeles, Los Únicos y Mis amigos de siempre. Para toda una generación, Nico quedó ligado para siempre a aquel universo de Cris Morena que convirtió a Casi Ángeles en mucho más que una tira juvenil. Y acá aparece una de esas cosas curiosas del oficio: algunos actores sobreviven a un éxito y pasan años intentando escapar de él; otros consiguen sumarlo al equipaje sin quedar encerrados adentro. Vázquez hizo lo segundo. No renegó de lo popular, pero siguió buscando otros escenarios.

Y si en televisión tuvo la cara conocida, en el teatro terminó construyendo su verdadero territorio. Ahí aparecieron Mutando, Rumores, Sinvergüenzas, El otro lado de la cama, Una semana nada más, Tootsie y finalmente Rocky. Ya no solamente como actor. También como director, productor y hombre capaz de poner una producción gigantesca sobre sus hombros. Es decir, pasó de esperar que sonara el teléfono a ser uno de los tipos que decide qué espectáculo va a levantar el telón. Una diferencia bastante más grande de lo que parece.

Con Tootsie, en 2023 y 2024, volvió a demostrar que podía transformarse por completo sobre un escenario. Aquella producción se convirtió en uno de los fenómenos de la calle Corrientes y Vázquez obtuvo reconocimientos por su trabajo, entre ellos el Martín Fierro de Teatro como actor comercial por esa interpretación.

Pero después llegó Rocky. Y ahí la historia empezó a tener algo de círculo perfecto. Vázquez llevaba años hablando de su admiración por el personaje creado por Sylvester Stallone. Para él no era simplemente la película del boxeador que corre por las escaleras de Filadelfia mientras todos escuchamos mentalmente la musiquita. Rocky representaba otra cosa: seguir de pie después del golpe. Él mismo lo explicó recientemente al definir al personaje como una historia de resiliencia en la que cualquiera puede reconocerse.

La producción argentina tampoco nació de tocar dos timbres y preguntar “¿nos prestan Rocky?”. Vázquez y Gustavo Yankelevich iniciaron las negociaciones para conseguir los derechos de una versión teatral no musical, distinta a la montada anteriormente en Broadway. Junto con Mariano Demaría y Fernando Masllorens trabajaron durante meses sobre la adaptación, mientras la producción debía resolver una maquinaria escénica enorme. El proyecto terminó contando incluso con la aprobación del entorno de Sylvester Stallone, que pidió material de la puesta argentina después de conocer la repercusión que estaba logrando.

El resultado fue un fenómeno. La versión argentina de Rocky, protagonizada y codirigida por Vázquez en el Teatro Lola Membrives, consiguió temporadas con localidades agotadas. En su segunda etapa llegó a una marca extraordinaria: 101 mil espectadores en 101 funciones, según datos publicados durante el reconocimiento que recibió la obra. Y el detrás de escena tampoco es precisamente una cooperativa de siete personas armando decorados después de cenar: alrededor de 90 trabajadores participan de la maquinaria técnica y artística que sostiene cada función.

Como si faltara algún trofeo arriba de la mesa, Rocky fue declarada de Interés Cultural por la propia Legislatura porteña en mayo de 2026. La producción también arrasó en los Premios ACE, donde consiguió ocho galardones, incluido el ACE de Oro, consolidándose como una de las producciones más reconocidas de la temporada teatral. Es decir que en cuestión de meses primero fue distinguida la obra y después el hombre que la empujó desde el sueño hasta el escenario.

Pero sería bastante cómodo explicar la relación entre Vázquez y Rocky solamente como una elección artística. La vida también lo puso frente a golpes que no figuraban en ningún libreto. En diciembre de 2016 murió inesperadamente su hermano menor, Santiago Vázquez, a los 27 años, durante un viaje a Punta Cana. La causa fue una miocardiopatía hipertrófica que derivó en muerte súbita. Nicolás habló muchas veces de aquel dolor, de la terapia y del largo proceso de aprender a convivir con una ausencia imposible de acomodar.

Y probablemente por eso el paralelismo con Rocky, aunque pueda sonar demasiado cinematográfico, termina resultando inevitable. No porque la vida sea una película, lamentablemente suele venir bastante peor escrita, sino porque Vázquez convirtió buena parte de sus golpes en combustible para seguir trabajando. Él mismo dijo que, de no haber atravesado lo que atravesó, difícilmente podría pararse hoy sobre el escenario de la manera en que lo hace.

Hay una frase de Tato Bores que quedó flotando para siempre en nuestra memoria televisiva: “Vermouth con papas fritas y… good show”. Y quizás acá venga como anillo al dedo. Porque Nicolás pertenece a esa generación que todavía entendió que el espectáculo argentino se construía mezclando televisión popular, teatro comercial, oficio, exposición y escenario. No apareció de un reel hace tres jueves. Tiene casi treinta años de carrera. Pasó por las tiras de Pol-ka, por Cris Morena, por comedias, musicales, producción y dirección. Y cuando pudo quedarse cómodo en el personaje del actor querido por todos, decidió subir la apuesta.

También hay algo bastante porteño en esta distinción. Buenos Aires es una ciudad que tiene la extraña costumbre de quejarse del tránsito de Corrientes mientras presume de tener una de las avenidas teatrales más importantes del mundo. Nos encanta decir “el teatro está muerto” mientras después hacemos una cola de media cuadra para entrar al Lola Membrives. Somos así. Material de estudio. Y Vázquez terminó convirtiéndose justamente en uno de los nombres que mantiene encendida esa marquesina.

Lo más interesante del homenaje tal vez haya ocurrido cuando el propio Nico aclaró que no veía la distinción como un punto de llegada sino como un compromiso para seguir emocionando e inspirando. Porque a los 49 años y con una trayectoria que ya justificaría perfectamente sentarse a mirar los laureles, parece bastante evidente que Vázquez todavía se comporta como el tipo que tiene algo que demostrar en la próxima función.

Y en el teatro eso se nota. Porque la marquesina puede mentir, la promoción puede exagerar y una alfombra roja puede convertir cualquier cosa en “el acontecimiento del año”. Pero cuando se apagan las luces y se abre el telón, quedás vos contra el público. Ahí no hay filtro de Instagram que te salve.

EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO

Hay algo de Rocky Balboa en esta historia, claro que sí. Pero no porque Nicolás Vázquez se ponga los guantes todas las noches ni porque suene Eye of the Tiger cada vez que entra a una habitación. Hay algo de Rocky porque su carrera está hecha de rounds.

El pibe que arrancó haciendo papeles pequeños en televisión. El que después descubrió la popularidad. El que se volvió protagonista. El que encontró en el teatro otra casa. El que dirigió, produjo, se equivocó, volvió a empezar, atravesó pérdidas personales devastadoras y siguió caminando.

Ahora la Ciudad de Buenos Aires lo declaró Personalidad Destacada de la Cultura.

Está bien.

Pero el verdadero diploma se lo entregó hace rato otro jurado bastante más bravo: la gente.

La misma que compró una entrada para verlo en El otro lado de la cama. La que llenó Una semana nada más. La que descubrió a Dorita en Tootsie. La que hoy se para para aplaudir a Rocky.

Como diría el propio Balboa, traducido al idioma de Corrientes y Callao: no se trata solamente de pegar fuerte. Se trata de aguantar el golpe y seguir avanzando.

Y Nicolás Vázquez, después de casi treinta años de profesión, sigue ahí.

Arriba del escenario.

Con las luces encendidas.

Y todavía pidiendo otro round.

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