ESPAÑA CHOCÓ CONTRA CABO VERDE Y EL MUNDIAL YA TIENE SU PRIMER BATACAZO

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Hay noches que quedan grabadas por las hazañas. Y hay otras que quedan marcadas por los cachetazos de realidad. España llegó al Mundial 2026 caminando como quien entra a una fiesta sabiendo que es el invitado estrella. Campeón de Europa, finalista de la Nations League, treinta partidos sin perder y una camada de pibes que en la previa parecía capaz de derribar cualquier muralla. Pero enfrente apareció Cabo Verde, el debutante, el recién llegado, el que supuestamente venía a sacar fotos y cambiar camisetas. Y terminó convirtiéndose en el invitado que se comió todos los canapés y dejó a los dueños de casa mirando el techo.

El 0 a 0 fue mucho más que un empate. Fue un golpe al ego español. Porque una cosa es empatar con una potencia y otra muy distinta es quedar atrapado en la telaraña de una selección que está jugando el primer Mundial de su historia.

Como decía el inolvidable «Mostaza» Merlo: «Paso a paso». Bueno, parece que algunos en España ya estaban pensando en la final antes de jugar el primer partido.

La Roja tuvo la pelota, tuvo los nombres, tuvo los flashes y tuvo las cámaras. Pero Cabo Verde tuvo algo que en los Mundiales vale oro: hambre. Hambre de hacer historia. Hambre de demostrar que no llegó por casualidad. Hambre de decirle al mundo que los cuentos de hadas todavía existen.

Y mientras los españoles tocaban para los costados buscando una inspiración que nunca apareció, Vozinha se transformó en una mezcla de Gatti, Fillol y Dibu Martínez. Atajó todo lo que le tiraron y hasta lo que parecía imposible.

Lamine Yamal, una de las grandes joyas del fútbol mundial, terminó mirando al cielo como preguntándole a los dioses del fútbol qué estaba pasando. Una imagen que resume perfectamente la tarde española.

Porque una cosa es tener la posesión y otra es saber qué hacer con ella.

En Argentina conocemos muy bien esas historias. Equipos que llegan inflados por la prensa europea, con estadísticas perfectas y candidatos por decreto. Después rueda la pelota y aparece un rival que no leyó los diarios.

Y Cabo Verde no leyó absolutamente nada.

Los «Tiburones Azules» jugaron con el corazón en la mano. Corrieron cada pelota como si fuera la última. Metieron, presionaron y defendieron como si estuvieran cuidando una fortuna.

España terminó chocando contra una pared africana que parecía no tener grietas.

Ahora empiezan las cuentas. Las famosas calculadoras mundialistas. Esas que aparecen más rápido que los analistas de café.

Porque el empate dejó abierto el Grupo H y ya hay quienes empiezan a mirar de reojo el cuadro de eliminación directa.

Y atención con esto.

Si España sigue dejando puntos por el camino y termina segunda de su grupo, podría empezar a cruzarse con monstruos mucho antes de lo imaginado. Entre ellos aparece un nombre que a cualquier español le provoca una mezcla de respeto y preocupación: Argentina.

Sí, la Argentina.

La misma selección que cuando huele sangre suele transformarse en una máquina competitiva. La misma que tiene una relación especial con los Mundiales. La misma que, como diría Bilardo, sabe que «al campeón no le preguntan cómo ganó».

Falta muchísimo. Claro que sí.

Pero en los Mundiales las señales aparecen temprano.

Y la primera señal para España no fue precisamente alentadora.

Porque cuando todos esperaban una goleada apareció un empate.

Cuando todos esperaban una exhibición apareció una actuación gris.

Y cuando todos hablaban de la potencia española, el que terminó llevándose los aplausos fue Cabo Verde.

Como decía el viejo dicho futbolero: «Los partidos hay que jugarlos».

España llegó como favorita.

Cabo Verde llegó como invitado.

Noventa minutos después, el que salió festejando fue el invitado.

Y el Mundial, que siempre tiene espacio para una sorpresa más, acaba de encontrar a su primera gran rebelión. Cabo Verde todavía no ganó ningún partido. Pero ya consiguió algo mucho más importante: que todo el planeta fútbol empiece a hablar de ellos. Y eso, para una selección que está viviendo su primer Mundial, vale casi tanto como una victoria.

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