TUCUMÁN: EL ARMADO QUE CRECE EN SILENCIO Y YA PONE NERVIOSO AL PODER
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En Tucumán empezó a pasar algo que en la política argentina suele poner nervioso hasta al más canchero: gente organizándose por afuera de los apellidos de siempre. Sin actos multitudinarios, sin carteles gigantes en las rutas y sin el cotillón berreta de campaña que aparece cada dos años como los mosquitos en verano. Acá la cosa viene distinta. Más silenciosa. Más territorial. Más de hormiga. Y justamente por eso, más peligrosa para algunos.
Mientras muchos dirigentes siguen atrapados en la rosca eterna del cargo, la selfie y el “yo tengo llegada”, empezó a crecer un armado que mezcla clubes de barrio, iglesias evangélicas, ONG y asociaciones civiles en una provincia donde la política tradicional hace rato juega de memoria… y a veces también de taquito corto. Porque como decía el Coco Basile: “cuando está todo muy tranquilo, desconfío”. Y en Tucumán, varios ya empezaron a desconfiar.
Bajo el nombre de Consolidación Argentina, empieza a tomar forma un armado que ya genera murmullos en los cafés donde se habla bajito y se negocia fuerte. Un esquema coordinado por Fabián Deacon, que poco a poco empezó a sonar en esos pasillos donde nadie grita, pero todos escuchan. Porque en política, como decía el General Perón, “el pueblo marchará con los dirigentes a la cabeza… o con la cabeza de los dirigentes”. Y en Tucumán varios empezaron a mirar de reojo este fenómeno que avanza sin pedir permiso.
Lo curioso no es solamente el crecimiento. Lo verdaderamente llamativo es la mezcla. Porque acá no estamos hablando del típico armado de punteros con pechera y trafic blanca. Acá aparecen clubes de barrio, iglesias evangélicas, ONG, asociaciones civiles y fundaciones. Todo bajo una lógica territorial aceitada que empieza a hacer ruido.
Y ojo, porque el club de barrio en Argentina no es cualquier cosa. El club es el corazón del vecindario. Es donde el pibe aprende a gambetear, donde el jubilado se toma el cafecito, donde la madre hace rifas y donde el barrio se abraza cuando las papas queman. Ahí donde el Estado muchas veces llega tarde… llega el club. Y eso en Tucumán lo entendieron perfecto.
Las iglesias, mientras tanto, aportan algo todavía más pesado: organización, estructura y disciplina. Algo que la política muchas veces perdió entre egos, internas y operaciones de cuarta. Porque mientras algunos dirigentes siguen discutiendo cargos como si estuvieran repartiendo figuritas del Mundial 78, otros están construyendo presencia territorial de verdad.
Y ahí aparece el dato que empieza a inquietar. Este armado no parece improvisado. No nació de un berrinche electoral ni de una candidatura de apuro. Acá hay laburo previo, tejido fino, construcción silenciosa. Como decía la vieja frase futbolera: “partido que no se juega, partido que se pierde”. Y da la sensación de que algunos recién ahora se dieron cuenta de que el partido ya empezó hace rato.
En el oficialismo tucumano ya lo miran con atención. Nadie quiere admitirlo públicamente, claro. En política primero se minimiza, después se ataca y recién al final se reconoce. Manual viejo como el país mismo. Pero los comentarios existen. Y crecen.
En paralelo, otro nombre empezó a aparecer orbitando alrededor de este esquema: Dante Gebel. Un personaje con llegada, volumen y una construcción propia que trasciende lo religioso. Y junto a él también empiezan a sonar figuras nacionales como Juan Pablo Brey y Eugenio Casielles, lo que le da al armado un perfume de proyecto más grande.
Y como pasa siempre en Argentina, cuando la política empieza a moverse… los empresarios afinan el olfato. Porque el empresariado podrá hacerse el distraído, pero jamás llega tarde al lugar donde cree que puede haber poder. Ya trascendió que algunos comenzaron a pedir contactos, acercamientos y puentes para entrar en conversación con referentes del espacio. Traducido al idioma nacional: nadie quiere quedarse afuera por si esto despega.
Lo más interesante es que todo esto ocurre lejos de los grandes flashes. Sin panelistas gritándose en la tele. Sin cadenas de WhatsApp llenas de humo. Mientras la política tradicional sigue muchas veces atrapada en la lógica del escándalo permanente, este esquema parece apostar al territorio puro y duro. A la vieja escuela. A mirar a la gente a la cara.
Y en una Argentina cansada de dirigentes que aparecen solo en campaña, eso puede pesar más de lo que algunos imaginan.
Porque como decía el Nano Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Y la verdad es que cuando los clubes, las iglesias y las organizaciones sociales empiezan a ocupar lugares que antes eran de la política… algo está cambiando.
Tucumán hoy parece ser apenas el comienzo de una historia que todavía se escribe en borrador. Pero en este país ya aprendimos que los movimientos más peligrosos no son los que hacen más ruido.
Son los que avanzan callados. Como la humedad. Como el dólar. O como esos jugadores que no tocan mucho la pelota… pero cuando la agarran, te liquidan el partido.