EMILIO CIVIT: EL HOMBRE QUE MARCÓ A MENDOZA Y DEJÓ UN LEGADO QUE NO SE BORRA
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Hay historias que no se cuentan… se sienten. Y la de Emilio Civit, hermano, es de esas que te agarran del cuello sin avisar y te dicen bajito: “sentate, que esto no es joda”.
Porque claro… hoy uno pasa por Mendoza, ve una avenida, un parque, una obra, y capaz tira un “ah, mirá qué lindo”… pero no lo entenderías. No entenderías que atrás de todo eso hubo un tipo que jugó en las grandes ligas cuando el país todavía estaba armándose a los codazos, con barro hasta las rodillas y futuro incierto.
Emilio Civit no fue un político más. Fue de esos que cuando hablaban, “se picó”. Y no porque buscara quilombo gratis, no… sino porque tenía claro algo que hoy parece ciencia ficción: sin libertad de conciencia no hay nada. Ni educación, ni país, ni dignidad. Y en pleno debate de la Ley 1420, cuando muchos dudaban, él salió a bancarla como quien dice “¡atajate esta!” y que pase lo que tenga que pasar.
Nació en una Mendoza rota, sacudida por el terremoto del 61. Creció viendo cómo todo se venía abajo… y ahí nomás entendió que la vida no te espera. Que o construís o te pasan por arriba. “Paso a paso”, diría Mostaza, pero con una convicción que no era verso.
Estudió, se formó, volvió… y no volvió a mirar desde afuera. Se metió. Jugó. Decidió. Y cuando le tocó ser gobernador y después ministro, no vino con promesas de esas que después quedan en “me anotó un amigo”. No. Hizo. Ferrocarriles, hospitales, agua potable, escuelas… cosas que todavía hoy siguen ahí, firmes, como diciendo “acá alguien laburó en serio”.
Y ojo, que tampoco era un santo de estampita. Era un tipo de poder, de rosca, de decisiones pesadas. De esos que sabían que “es todo un tema” gobernar un país que recién aprendía a caminar. Pero en el fondo, había algo que lo diferenciaba: creía. Creía en un país que podía ser más.
Su final… bueno, ahí la cosa cambia. Porque cuando se fue, Mendoza se quedó en silencio. Literal. Comercios cerrados, calles mudas… como si la provincia entera dijera “no me dejes solo”. Y es que cuando se van los que dejaron huella, queda ese vacío raro que no se explica.
Y acá es donde la historia pega el giro que emociona.
Porque en la imagen de esta nota hay un pibe, parado, sosteniendo el cuadro de Emilio. No es casualidad. Es Gian Civit, su sobrino nieto. Y ahí, hermano, pasa algo hermoso: la sangre no es agua.
Gian no es político. Es músico, productor, compositor… de esos que laburan en silencio pero hacen magia. Hoy es el cerebro técnico de Loop TV, el que está atrás de todo para que salga impecable. Un distinto. Un tipo que entendió que el legado no es repetir… es reinventar.
Y vos lo ves con ese cuadro en la mano, en plena Mendoza, y decís: “La pelota no se mancha”. Porque el apellido sigue, pero no desde la nostalgia… desde la creación.
Así que sí, capaz alguno diga “bueno, un político más”. Pero no. Este no.
Este fue de los que cuando se fue, dejó todo en orden… o al menos, lo intentó. Y eso, en este país, ya es un montón.
El veredicto del Archivólogo: Emilio Civit no fue verso ni casualidad… fue cabeza, coraje y decisiones en un país que se armaba sobre la marcha. Dejó obra, dejó marca y dejó un camino. Y Gian, desde otro lugar, agarra esa posta y la lleva a su manera, sin copiar, sin repetir. Porque hay apellidos que no pesan… empujan. Y cuando el legado es de verdad, no se ensucia: se respeta, se labura y se hace crecer.