Hay una edad en la vida donde uno deja de correr atrás del colectivo… y empieza a elegir si lo quiere tomar o no. Las citas después de los 40 son eso: menos apuro, más picardía, y un poquito de ese cinismo elegante que te da haber pasado por todo. Porque si a los 20 ibas a una cita pensando “se ha formado una pareja”, a los 40 vas con un “por sí o por no…” bien al estilo Sergio Massa, con la ceja levantada y el celular cargado por las dudas.
Y es que llegar a los 40 soltero no es un fracaso, viejo. Eso es un verso que quedó de otra época, como esos consejos de revista donde te decían que a los 30 ya tenías que tener casa, perro y familia tipo. Hoy la cosa es distinta. Como decía Raúl Alfonsín: “Con la democracia se come, se educa y se cura”… bueno, con la soltería después de los 40 se viaja, se aprende y se elige mejor, que no es poco.
Porque si algo te da la vida a esta altura es cancha. Ya no te comés cualquier verso. Ya sabés cuando alguien viene con chamuyo barato. Es como diría Diego Maradona: “La pelota no se mancha”… pero algunos historiales amorosos, mamita… ahí sí hubo barro. Y sin embargo, acá estás, de pie, como diciendo “yo no soy un ejemplo, soy un sobreviviente”. Y eso, querido lector, cotiza más que un BMW en Puerto Madero.
La segunda vuelta en el amor, dicen, es mejor. Y tiene lógica. La primera fue aprendizaje, prueba y error, un poco de ilusión y otro poco de cachetazos emocionales. La segunda… la segunda es con libreto en mano. Es entrar a la cancha sabiendo que “si no se puede ganar, hay que tratar de no perder”. Más Bilardo que Disney. Más realidad que fantasía.
Y ni hablar de la confianza. A los 40 ya no estás para caretear. Sabés quién sos, qué querés y qué no te bancás ni en pedo. Eso es oro. Como decía Juan Domingo Perón: “La única verdad es la realidad”. Y la realidad es que ya no te mueve el piso cualquiera. Ya no te seduce el verso del galán de turno porque, como gritaba el gran Ricardo Fort: “Billetera mata galán”… pero ojo, porque después de los 40, ni la billetera alcanza si no hay cabeza y corazón.
También pasa algo clave: las prioridades. A los 20 te importaba si era lindo, alto, fachero. A los 40 te importa si sabe escuchar, si no es un tóxico, si no te hace perder el tiempo. Porque ya lo entendiste: “el que depositó dólares, recibirá dólares”… o sea, lo que invertís emocionalmente, querés que vuelva. Gracias Eduardo Duhalde por la metáfora involuntaria.
Y ahí entra otro punto: menos vueltas, menos boludeo. A esta altura, si alguien no te cierra, no insistís. No estás para perder seis meses en una novela turca. Como diría Lionel Messi: “¿Qué mirás, bobo? Andá pa’ allá”. Directo, sin anestesia. Porque el tiempo vale oro y ya no estás para hacer de psicólogo gratuito ni para bancarte escenas dignas de reality berreta.
¿Y los hijos? Para muchos, lejos de ser un problema, son un plus. Porque criar pibes no es para cualquiera. Eso habla de responsabilidad, de entrega, de saber bancar los trapos. Y en el amor, eso suma. Es como en el fútbol: “ganar no es lo más importante, es lo único”… pero formar equipo, eso sí que es clave.
También hay algo hermoso en esta etapa: la fe. Sí, aunque suene cursi. Porque seguir saliendo, seguir conociendo gente, seguir apostando al amor después de varias caídas… es un acto de fe. Es decir “ayúdenme a salir del infierno”, pero aplicado al corazón. Y salir, se sale. Siempre se sale.
Además, baja la presión. Ya no estás en esa carrera ridícula de “me tengo que casar ya”. Nadie te corre. Nadie te mide. Si pinta, pinta. Y si no… como dijo Mauricio Macri: “Veníamos bien, pero pasaron cosas”. Y listo, a otra cosa mariposa.
Y ojo con esto: a los 40, muchas veces volvés a vos. Con más tiempo, más claridad, más ganas de disfrutar. Porque entendiste algo fundamental: “todo gira en torno a vos”. No desde el ego, sino desde el amor propio. Porque si vos estás bien, lo demás fluye. Y si no… “no hay plata”, como tiró Javier Milei, pero en versión emocional.
Así que sí, tener citas después de los 40 no solo está bien… está mejor. Es más auténtico, más real, más vos. Es dejar de correr detrás del amor y empezar a invitarlo a tu mesa, con un vino, sin apuro, sin caretas.
Porque al final del día, como gritó Julio Strassera en otro contexto pero que aplica perfecto: “¡Nunca más!”. Nunca más a conformarse, nunca más a perder el tiempo, nunca más a olvidarte de vos.
Y si alguien te dice que ya estás grande para enamorarte… miralo fijo, sonreí y pensá: “Síganme, no los voy a defraudar”, versión Carlos Menem… pero en el amor, maestro. Porque si te gusta el durazno… bancate la pelusa.
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