Hay nombres que no se borran. No porque hayan estado de moda, sino porque supieron atravesar épocas. Pamela Brik es uno de esos casos. De la Argentina noventosa, donde la tele mandaba, las revistas eran oráculo y la fama venía con luces fuertes y contratos flojitos, a este presente donde el streaming es territorio libre y la risa vuelve a ser revolución.
Pamela fue Playmate en mayo de 1992, sí. Pero también fue mucho más que unas fotos en la revista. Fue ganadora del concurso “Nueve semanas y media” en Hacelo por mí, en el prograna que conducia Mario Pergolini en el viejo y querido Canal 9 de Alejandro Romay donde ya entendían que la tele podía ser provocación, juego y espejo social. Fue escenario, fue danza, fue show. Y sigue siéndolo.
Porque como ella misma dice —y ahí está la clave—: “Vemos la lucecita roja y empieza el show”. Hay artistas que nacen con eso. No se aprende. Se trae.
Pamela no reniega del paso del tiempo. Al contrario: lo abraza. “Sigo cumpliendo años, pero mi esencia es la misma”, dice, con una seguridad que no se compra ni se entrena. El cuerpo cambia, sí. Pero la actitud no. Y eso en una industria que suele descartar mujeres como si fueran revistas viejas, es casi un acto político.
Bailarina desde chica, formada en danza jazz, árabe, teatro, educación física —sí, profe recibida a los 24 y embarazada de ocho meses, como para que quede claro que la vida real nunca espera— Pamela siempre tuvo un cable a tierra: el arte. Paró, armó familia, volvió. Porque volver también es una forma de resistencia.
La Revista Playboy, fama y contratos cortos, de aquella experiencia icónica queda una anécdota que pinta de cuerpo entero los ’90: firmó por cinco años, le sacaron más de cien fotos… y terminaron haciendo cinco revistas más y una edición plateada. Negocio redondo para otros. Aprendizaje profundo para ella.
Pero lejos del resentimiento, Pamela habla desde el amor. “Yo siempre amé la tele y ahora amo el streaming”. No hay nostalgia paralizante. Hay memoria activa.
Como decía Moria —y Pamela lo cita sin vueltas—: “Nunca voy a dejar lo que me hace bien al alma”. Punto.
Hoy Pamela Brik brilla en “Censurados”, el programa que conduce Stephy Ayala, creadora de la cumbia rosa, artista con energía de escenario y corazón de equipo. Pamela no duda: “Stephy es un ángel que mi papá mandó del cielo”. Y en esa frase hay gratitud, pero también visión: los proyectos crecen cuando hay química humana, no solo rating.
El streaming, dice Pamela, es nuevo, desafiante, pero hermoso. Porque hay grupo, porque hay risa, porque hay gente que se siente identificada. “La idea es pasarla bien, que el público se ría, y seguir aprendiendo”. En tiempos de solemnidad forzada, divertir también es un mensaje.
Pamela se define sin vueltas: “Yo me considero una showwoman”. Y ahí no hay pose, hay biografía. Desde Sofovich, Lucho Avilés, desfiles, publicidades, hasta hoy, donde el vivo manda y la espontaneidad no se edita.
Tiene claro quién es, qué muestra y qué se guarda. Y eso, en esta época de sobreexposición, es sabiduría pura. No necesita explicar nada. Es.
Cuando habla de lo que viene, Pamela no duda: “Dentro de diez años voy a seguir siendo Pamela Brik. Amo el arte, la danza, el teatro… y esta vez no voy a parar”. No es promesa marketinera. Es declaración de principios.
Agradece a Stephy, a Marilel Producciones, al equipo, al grupo humano. Porque nadie llega solo. Y porque, como decía Cerati, “mañana es mejor”, pero solo si se construye con otros.
Pamela Brik es eso: memoria viva de una época y presencia activa en otra. No quedó atrapada en una tapa ni en una anécdota. Supo transformarse sin traicionarse. Y en un medio que suele devorar rápido, eso no es poco.
El futuro la encuentra como siempre: con la lucecita roja encendida, el cuerpo listo para el show y el alma en su lugar.
Y cuando eso pasa, no hay algoritmo que falle.
REVISTA – LA REALIDAD SITIO OFICIAL!




