Cuando el verano empieza a asomar y el cuerpo pide mar, calma y un poco de magia natural, hay quienes no lo dudan y salen a buscar ese rincón que todavía no está quemado por el turismo masivo. Así fue como las Viajeras, Victoria Vanella y Silvana González, llegaron a Tamandaré, ese paraíso escondido del norte de Brasil que parece una piscina natural gigante y que, una vez que lo pisás, ya no te suelta más.
Tamandaré, en el estado de Pernambuco, les ofreció exactamente lo que venían buscando: playas de arena blanca, agua tibia y cristalina, y una paz difícil de encontrar en destinos más conocidos. “(Acá el tiempo corre distinto, nadie te apura, nadie te corre)”, cuenta Victoria, todavía con la piel salada y el mate mentalmente apoyado frente al mar. Y no exagera: el ritmo del lugar invita a bajar un cambio apenas llegás.
Las famosas piscinas naturales fueron uno de los grandes flechazos del viaje. Arrecifes que frenan el mar y forman verdaderos espejos de agua transparente, ideales para nadar sin olas y pasar horas flotando. “(Es como meterte en una pileta natural en medio del océano, pero sin cloro y con peces alrededor)”, dice Silvana, todavía sorprendida por los colores del agua, que parecen sacados de una postal caribeña.
La cercanía con destinos más populares como Porto de Galinhas o Maragogi les permitió recorrer, pero siempre volviendo a ese refugio tranquilo que encontraron en Tamandaré. “(Vas a lugares llenos de gente y cuando volvés acá sentís alivio, como si el cuerpo respirara de nuevo)”, coinciden. Y ahí está la clave: Tamandaré no compite, se diferencia.
Entre caminatas eternas por la orilla, comidas simples frente al mar y atardeceres que no necesitan filtro, las Viajeras se dieron el lujo de vivir la playa sin reloj. “(No hay mucho para hacer y eso es lo mejor que tiene)”, suelta Victoria, con esa frase que resume todo un modo de viajar.
Praia dos Carneiros fue otro de los puntos que las dejó sin palabras. Arrecifes, aguas calmas y una estética que parece diseñada para quedarse mirando. “(Es de esas playas que te obligan a frenar, sentarte y agradecer estar ahí)”, dice Silvana, mientras recuerda el sonido del agua mansa y el sol bajando lento.
Lejos del ruido, de las multitudes y de la ansiedad, Tamandaré se convirtió para ellas en una experiencia más que en un destino. “(No es un lugar para ir corriendo, es un lugar para quedarse)”, resumen casi como un mantra. Y quizás ahí esté el secreto de este rincón brasileño que todavía se mantiene bajo perfil: no busca ser tendencia, busca ser vivido.
Las Viajeras ya lo saben. Y ahora que volvieron, el recuerdo de esa piscina natural gigante sigue flotando en la memoria, como el agua tibia de Tamandaré que, una vez que te envuelve, no se olvida más. 🌴
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