Hay personajes en la historia criminal argentina que quedaron tatuados en la memoria colectiva como si el país fuera un álbum de figuritas oscuras. Yiya Murano, “La Envenenadora de Monserrat”, no necesita presentación: basta decir su nombre y automáticamente alguien suelta un “mirá lo que te vengo a contar”, otro recuerda Women’s Murderers, y alguno, más exagerado, te tira un “esa mina te sirve un té y vos salís horizontal”. Argentina es así: cuando un caso policial calienta los noticieros, queda pegado para siempre en el ADN del barrio, como cuando todos los viejos te dicen “yo lo veía venir… si lo sabré yo”.
Pero una cosa es el mito, el chimento, la reconstrucción televisiva; y otra muy distinta es escuchar la voz del hijo. Sí, el hijo de Yiya. El pibe que creció entre silencios raros, billeteras sospechosamente abultadas, joyas que nadie sabía de dónde venían, y el murmullo de los vecinos que te miraban como se mira a alguien que vive en la “casa embrujada” del barrio.
Andrés Amores, destacado periodista de Diucko Digital columnista de el programa conducido por El Chino D’angelo y El Turco Naim «Una cosa de locos» de Loop TV Multimedios es de esos que preguntan bajito pero clavan donde duele, lo llamó a Martín Murano. Y lo que salió de esa charla telefónica es una mezcla de confesión, memoria rota y un tipo que sobrevivió—literal y emocionalmente—mucho más de lo que cualquiera podría imaginar.
Para entender lo que viene, retomemos al monstruo original: Yiya, la mujer sofisticada, perfumada, que te convidaba un té como si estuvieses en una merienda de la revista Para Ti, pero detrás tenía el alma afilada como cuchillo tramontina. Se la investigó, se la condenó por homicidio reiterado y robo, quedó inmortalizada en libros, obras de teatro, series y hasta cafés que no querías aceptar si los servía ella. El país la convirtió en una especie de “villana premium”: elegante, peligrosa y con prensa. Una Viuda Negra versión criolla, pero con pretensiones de dama de sociedad.
Ahora bien: ¿qué pasa del otro lado del espejo? ¿Cómo se vive siendo el hijo de alguien así? Ahí entra Martín, que arranca contando el principio del fin como quien te describe un accidente del que todavía huele el humo.
“Golpearon la puerta y se la llevaron detenida.”
Así, sin anestesia. Sin explicación previa. Y él, un pibe, viendo cómo su mundo cambiaba de canal sin control remoto. Lo más argentino de todo: te enterás por terceros, por periodistas, por los que “vinieron a hacer una nota y terminaron informándonos a nosotros”. Clásico: “acá te enterás por los medios antes que por tu vieja”.
En esa casa se respiraba algo raro, pero nadie quería decirlo en voz alta. Esas familias donde todo huele a perfume caro y a secreto podrido. Martín recuerda las cosas que se veían pero no se decían: la guita que aparecía de golpe, las alhajas que no tenían lógica, las pulseras de oro, los famosos “soles” peruanos, y un silencio espeso como sopa de hospital. Sabían que la tía Yiya andaba en “negocios turbios”, pero lo mencionaban como quien dice “tu tío juega al truco por guita”: negación profesional.
Y lo más fuerte: Martín revela que no era su madre biológica. Que le “dio amor”—ponele—pero que era tan responsable de su vida como de ese año en el que él empezó a ser “quien soy ahora”. Un tipo que se describe como “lo que ves… que no es ejemplo de nada, pero acá estoy”.
La infancia, claro, fue un infierno con ventanas. El bullying arrancó en el nivel más argentino del bullying: el verbal. “Eh, hacete un cafecito… pero sin veneno, eh”. Después empezó lo físico, y Martin, cansado de ser piñata, aprendió artes marciales. Tanto que terminó siendo “instructor” y devolviendo más golpes de los que recibió. Y lo dice con vergüenza, no con orgullo. Porque cuando vivís con un estigma así, cada piña es una forma de decir “yo no soy lo que ustedes creen”.
El hijo de Yiya Murano creció en una casa que él mismo describe como “la Familia Addams”, donde él era “lo más opa”, porque no era parte del linaje oscuro. Un pibe adoptado emocionalmente por un monstruo. Imaginate las comparaciones, los chistes, el murmullo de pasillo: “mirá que si te invita a tomar algo, vos decí que no…”. Eso no se olvida más.
Cuando hablan de la representación de Yiya en la ficción —desde El Musical hasta las Mujeres Asesinas— Martín no la caretea. Dice, con franqueza quirúrgica, que a Nacha Guevara “le vendieron una imagen” y que la actriz se la compró. Y después viene la anécdota literaria con Karina K, la del musical, que la agarró del brazo y le dijo: “me sacudió lo tuyo”. A veces, ver representada a tu madre criminal en un escenario es más fuerte que recordar los hechos reales.
Pero Martín también cuenta que no todo fue sobrevivir a Yiya. También sobrevivió a la muerte. Literal. Tuvo un accidente tremendo en Córdoba, quedó sin signos vitales casi media hora, siete fracturas, pronóstico reservado. “No tengo vida como los gatos… soy como los gatos”, tira. Y ahí se te eriza la nuca, porque entendés que este tipo se acostumbró al borde del abismo como otros se acostumbran al colectivo 60.
Después, cuando le preguntan por la política —porque en Argentina jamás falta un periodista que mete política en medio de cualquier crimen— Martín esquiva, responde lo justo, pero deja claro que su vida va por otro lado. Está terminando un libro, La Envenenadora de Monserrat, donde cuenta lo que nadie contó. Y quiere hacer una serie, pero una verdadera. No la glamorosa, no la Dama del Veneno chic. La verdadera Yiya: la tóxica, la manipuladora, la del té asesino y la sonrisa de porcelana.
Netflix ya grabó un documental donde él participa como narrador. Y ahí sí, dice, se entiende qué pasó con el dinero, qué pasó con las estafas, qué pasó con todo eso que la historia oficial dejó a la sombra.
En Argentina, los muertos no descansan… y los casos policiales, menos.
Veredicto de El Archivologo
Escucharlo a Martín Murano es como abrir la puerta de un placard que el país decidió no tocar más. Y adentro hay olor a otro tiempo, a billetes viejos, a té cargado, a una mujer que se convirtió en leyenda negra sin quererlo pero con perfección quirúrgica. Y lo más impresionante no es la criminal: es el hijo. Un tipo que sobrevivió a Yiya, a los prejuicios, a un accidente mortal y al peso de un apellido que en cualquier barrio genera el mismo silencio que cuando alguien dice “ojo, que este sabe cosas”.
Argentina, país generoso: ni en la muerte te librás del mito. Y con Yiya Murano, la historia todavía no bajó la persiana.
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