Por Gonzalo Guardia — Revista La Realidad
No es cuento: hay tipos que llegan a Buenos Aires como quien abre la puerta de casa después de un viaje largo y encuentran la luz prendida. Ramón Mazuela Falchetti —Moncho para los que le dicen de una— aterrizó acá hace tres años y se quedó. Trajo la disciplina de las tablas chilenas, la furia de las historias que le dolieron de chico y la costumbre de armar compañías con lo puesto. Hoy dirige, actúa, produce y hace circular piezas que, pocas veces, te dejan indiferente. Lleva más de cuatro décadas subido a las tablas como creador —según sus cuentas y las crónicas, son más de 40 montajes entre obras largas y cortas— y una lista de títulos que suena a catálogo de obsesiones: Hiroshima mon amour, Con Pecados Concebidas, Daniel, La duda razonable, Sustancias, Atrapada, Casi cielo, Santo prepucio y muchas más. Su paso por Chile y su llegada a Buenos Aires no fueron anecdóticos: trajeron un cruce de geografías que hoy late en cada función.
La tapa de esta edición no la hicimos al voleo: la fotografía de portada es del gran Carlos Santos, un referente en retratos actorales en Santiago que supo capturar esa mezcla extraña entre desgarro y glamour que tiene Moncho. Dos nombres que se miran de frente: Moncho y la cámara de Santos, una dupla que pide marquesina.
Si el teatro fuese tango, Moncho sería de esos bailes que terminan en abrazo largo: feroz en el arranque, sentimental en la caída. Acá te dejamos la entrevista completa —sin maquillaje— que nos dio en una charla larga, con esas frases verduleras y poéticas que sólo se consiguen cuando alguien habla de lo que le duele y le gusta a la vez.
—¿Cómo fue tu llegada a Buenos Aires y en qué momento decidiste quedarte acá —qué te atrapó de esta ciudad que no te soltó?
La verdad que Buenos Aires me ha recibido siempre muy bien, con los brazos abiertos. He llegado a conocer todo el círculo teatral del under, del independiente y del comercial. Todo es muy, muy generoso, incluyéndome siempre en los proyectos, desde los actores hasta los productores. Siempre he sentido que han sido muy generosos conmigo desde el principio, sin conocerme, sin haber hecho ninguna obra acá, llegando un poco a probar suerte. Y la verdad, me ha funcionado muy bien en todo sentido: desde estar en un teatro de barrio hasta un gran teatro en Corrientes como el Teatro Buenos Aires. Esa fue una muy buena llegada, y con eso también te estimula a seguir tirando semillitas por acá.
—¿Qué diferencias encontrás a nivel cultural, teatral y de producción entre Chile y la capital porteña que te hayan hecho replantear tu forma de trabajar?
La diferencia entre la cultura teatral y la producción entre Chile y Buenos Aires es tremenda. Argentina siempre ha ido unos pasos más adelante que Chile en cultura, sobre todo en teatro, en performance, en improvisación, en clown, en teatro callejero. La verdad, acá la diferencia es notoria.
De hecho, la mayoría de las personas que hacemos teatro en Chile tenemos a Buenos Aires como un referente muy grande. Siempre uno quiere venir a aprender. Vienen muchos estudiantes y actores ya formados a tomar cursos acá, para empaparse de lo que se lleva, porque creo que de acá sale mucho material para el mundo. Muchos dicen que viene de otros países, pero para mí, desde Buenos Aires es donde realmente sale todo lo nuevo.
—Al aterrizar en el circuito teatral argentino, ¿qué puertas se te abrieron, cuáles se te cerraron y cómo lo manejaste?
Las puertas que se me cerraron… creo que no. No hubo puertas que se cerraran, porque siempre he tratado de ubicarme en el lugar que me corresponde, sin pasar por encima de nadie, sin sobrepasar límites ni dimensionar más de lo que puedo hacer. Siempre con respeto hacia la cultura argentina.
—Cuando pensaste tu proyecto personal —ser actor, director, gestor— ¿cómo se construyó esa visión antes de venir a vivir acá hace tres años?
Creo que siempre fue lo único, o una de las cosas que mejor sabía hacer en la vida. Desde el colegio, desde muy pequeño, actuaba siempre con la visión de un director.
De hecho, uno de los maestros que tuve en Chile me dijo desde el principio, cuando estudiaba teatro: “ojo, porque te estás inclinando más a la dirección”.
Y así fue. Por una necesidad de formar una compañía cuando salimos de la escuela, había que dirigir una obra que me encantó, inspirada en una película de Almodóvar. No teníamos quién la dirigiera, y cuando empecé a ver todo eso dije: “soy yo el que la tiene que dirigir”.
Esa fue la primera obra que dirigí: Con pecados concebidas, de Rosario Valenzuela, inspirada en Entre tinieblas de Pedro Almodóvar.
Y así también fue con la primera obra que llegué a Buenos Aires, con la cual no pude mantener el mismo nombre, porque Con pecados concebidas fue una serie muy famosa en los 90, donde actuaba Moria Kazán y otras actrices, así que por derechos tuve que cambiarle el título. Le puse Falsos hábitos, que hasta hace poco seguí presentando en el Teatro de Buenos Aires.
—¿Qué aprendizaje traés de Chile que hoy cubre un lugar importante en tu trabajo acá y qué descubriste en Argentina que te sigue sorprendiendo?
La disciplina. La disciplina es un aprendizaje que traigo desde Chile, desde las clases y desde el mismo rubro teatral.
Y acá, en Argentina, me sigue sorprendiendo la curiosidad. Me doy cuenta de que esa curiosidad está siempre presente: las ganas de descubrir, de construir algo nuevo. Sin esa curiosidad, no hay creación.
—¿Qué rol ocupa la transformación en tu trabajo como director y como actor —ese deseo profundo de “dejar de ser vos” y al mismo tiempo “representarte a vos mismo”?
Ser director, dentro de los que somos directores de teatro, también implica construir un personaje.
Hay que marcar una diferencia, un respeto —sin ser agresivo ni faltar el respeto— pero sí sostener un lugar. El director es el primer espectador, por lo tanto, tiene que tener la credibilidad de todo el elenco; si no, no funcionaría.
Y desde la parte actoral, se trata de entregarse 100% a dejar de ser vos, pero construyendo desde vos mismo. Confiar en el que te dirige y tener la voluntad de hacerlo. Creo que actuar, al final, es un acto enorme de voluntad.
—Cuando dirigís una obra, ¿cómo elegís de dónde arrancás —texto, actores, espacio, idea visual— y qué es lo que nunca cambiás?
Lo primero que me tiene que atraer es el texto. Si el texto no me engancha o no provoca algo en mí, no lo quiero dirigir.
Después de eso, empieza en mi cabeza una imaginación constante: dónde hacerlo, con qué elenco, qué prototipo físico tiene cada personaje… todo eso se va construyendo una vez que el texto ya está aprobado en mi cabeza.
Y lo que nunca cambiaría es justamente eso: si una letra no me engancha, si no me provoca, no la puedo dirigir. Es un gusto que no podría modificar.
—¿Cómo manejás el momento de la audición o el casting: qué buscás, qué elegís descartar al instante?
Cuando hago una audición o un casting, busco que el actor o la actriz sepa manejar bien lo que se está pidiendo.
Vuelvo a la voluntad: la voluntad que tenga ese actor para entender el lenguaje que vamos a usar para contar la historia.
La mayoría de las veces trabajo desde el realismo, entonces tiene que tener tino, comprensión de lo que se está haciendo.
Puede ser una muy buena actriz o el prototipo físico que imaginaba, pero me puede sorprender y volar la cabeza si viene con una buena idea, un personaje trabajado y seguridad. Eso puede hacer que quede en el proyecto.
—¿La tensión entre lo autoral y lo comercial te estimula o te amarga, y cómo la sorteás en cada montaje?
Me estimula. Me gusta construir desde cero, desde la nada, sin recursos, y ver cómo igual el montaje sale adelante.
La mayoría de las veces en mi vida lo hice así, sin mucha escenografía, dejando que todo pase por la imaginación, por esa creación que viene de la infancia.
Lo que me amarga, o más bien me sorprende, es ver espectáculos con tremenda producción y textos muy débiles, con actores que no logran sostenerlos.
No es culpa de nadie, quizá del que los contrató, pero me llama la atención cómo con tanto recurso a veces se hace algo tan básico.
—¿Qué necesita Argentina (y el teatro argentino) para no retroceder y mantenerse en movimiento y qué rol podés cumplir vos en eso?
Yo creo que los argentinos y la ciudad, como te decía antes, la tienen tan clara con la cultura, con las obras, con el teatro, que yo no soy absolutamente nadie para decir qué es lo que tienen que hacer ellos para mantenerse en movimiento.
El rol que puedo cumplir yo es seguir aprendiendo de acá, de la ciudad, de lo que pasa. 100% eso: seguir escuchando, seguir aprendiendo en esta ciudad. Creo que eso es algo muy importante.
—¿Cómo es la experiencia de conducir Esto es un Montón en D Stream y qué le aporta a tu mirada como creador de teatro?
Para mí esto comienza desde la curiosidad también, de poder crear un conversatorio desde un punto de vista más relajado del arte, incluyendo todos los espectáculos que están en Argentina y en Chile.
De hecho tengo un auspiciador que es de Chile, entonces mostramos espectáculos que pasan allá y acá, e invito a todos —independientes o comerciales— a tener su espacio para mostrar lo que están haciendo y poder difundirlo.
Siempre tenemos distintos invitados y la verdad me encanta, me encanta cómo se va manejando y los invitados que hemos tenido.
Creo que mi mirada ahí aporta en que yo no soy periodista, y trato de hablar desde la más grande honestidad de un espectador.
—¿Te preocupa que la pantalla digital termine desplazando la sala —y cómo hacés para que la experiencia teatral mantenga su potencia en una era que “consume” rápido?
No, la verdad la pantalla digital no me asusta. Al contrario, creo que es una herramienta que todos podemos usar y mezclar con lo vivo.
Pero el teatro es el teatro, y el teatro jamás ha sido reemplazado. Podrá reemplazar a un actor en una película o en un cortometraje, pero la presencia en el escenario —la carne humana, los sentimientos, las emociones traspasadas a un espectador que está ahí, sentado, con la voluntad de escuchar y sentir— eso lo crea el teatro.
Ese contacto directo no lo va a reemplazar ninguna pantalla, ni la inteligencia artificial, ni nada digital. Eso no va a pasar.
Sí podemos compartir escenario con algo digital, que ya lo hemos hecho, y está bueno también. Pero teatro es teatro, y por lo tanto no me da miedo.
Moncho arriba de la escena digital como quien sale al pasto con las botas puestas: además de su trabajo en el teatro, está conduciendo su propio programa-streaming llamado Esto es un Montón, que sale por el canal D Stream de Cristián Iuale. Esta experiencia lo tiene exaltado y feliz: “es otra forma de contar, de encontrarse, de hacer palco con el público que ya no está solo en la butaca sino también en la pantalla”, dice con brillo en los ojos. Es la extensión de su teatro, pero también una apuesta a que la conversación, la creación y el encuentro sigan en varios frentes.
En esta ciudad que tiene memoria y mala leche, donde te hablan de frente y te aplauden con el bolsillo —como diría cualquiera que haya hecho cola en una boletería de Corrientes— Moncho llegó, plantó bandera y puso en el mapa un teatro que no pide permiso: trabaja, aprende y enseña. Es de esos directores que no hipotecan la emoción por la puesta en escena brillante ni se arrodillan ante la moda del momento. Tiene oficio, obsesión y una costumbre sana de no dar nada por sentado.
Ojalá que Buenos Aires siga siendo ese faro donde los que vienen a aprender puedan acampar un rato, que el teatro siga siendo lugar de encuentro y que la foto de Carlos Santos siga mostrando las caras de la gente que apuesta. A Moncho le auguramos funciones largas, colegas que lo desafíen y salas que lo esperen de vuelta. Y si hay que bancarse una función con la garganta hecha trapo, que sea por una obra que valga la pena. Así, nomás: de frente y con una butaca ocupada.
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